En la segunda ola feminista que se desarrolla entre los años 60 y 70 —y su resaca hasta fin de siglo— las mujeres asaltaron literalmente la ciencia ficción. Autoras como Russ, Le Guin, Tiptree, Elgin, Charnas, Tepper, Butler, Bradley, cambiaron radicalmente las claves y los tópicos del género. Y lo hicieron desde un feminismo radicalmente explícito. Otras autoras, como Wilhelm, escribieron desde un feminismo implícito, no doctrinal.
Pero hubo autoras, en plena primavera de la ciencia ficción escrita por mujeres feministas, cuya adscripción es más ambigua, no podría decir que decididamente antifeministas, pero sí todavía marcadas por una feminidad propia de los años 50. Entre otras me gustaría recuperar la figura de Anne McCaffrey (1926-2011) que tuvo una gran influencia en las últimas décadas del siglo XX a menudo situada en una especie de “feminismo de transición”.

Anne McCaffrey: vida y trayectoria
Anne Inez McCaffrey nació en 1926 en Cambridge, Massachusetts y estudió en instituciones como Radcliffe College, donde se graduó en Lenguas y Literaturas Eslavas. Tras vivir en Estados Unidos y Alemania, se instaló definitivamente en Irlanda en 1970, atraída por un clima cultural favorable a los artistas y ventajas fiscales que le permitieron dedicarse por completo a la escritura.
Su carrera literaria se extendió desde 1965 hasta 2011, año de su fallecimiento en el condado de Wicklow a los 85 años. Fue una figura pionera: la primera mujer en ganar un Premio Hugo (1968) y también la primera en obtener un Premio Nébula (1969) por sus novelas cortas ambientadas en el mundo de Pern. En 2005 recibió el título de Gran Maestra de la SFWA, uno de los reconocimientos más prestigiosos del género.
Los jinetes de dragones de Pern
McCaffrey fue una autora extraordinariamente prolífica. Es conocida en especial por su monumental ciclo Los jinetes de dragones de Pern. Se trata de una serie que combina ciencia ficción y fantasía en un mundo donde los humanos conviven con dragones telepáticos para sobrevivir a una amenaza planetaria cíclica: las “Hebras”. La saga comenzó con El vuelo del dragón (1968), La búsqueda del dragón (1971) y El dragón blanco (1978) y llegó a incluir hasta 16 novelas y un buen número de relatos.

Los dragones de Pern fueron creados mediante manipulación genética de lagartijas nativas, conocidas como » fire-lizards», ampliando su tamaño y dotándolos de telepatía para proteger a los primeros colonos humanos del planeta de las “Hebras” —un hongo espacial devorador de materia orgánica que aparece en ciclos planetarios regulares—.
Los dragones resultan ser unas criaturas encantadoras, muy especiales: son criaturas voladoras, telepáticas, con capacidad de viajar en el tiempo. Se unen de por vida telepáticamente con sus jinetes, y sus colores determinan su tamaño y habilidades, siendo las doradas (reinas) los más grandes y los de bronce los machos dominantes.
El Weyr es el hogar y centro de operaciones de los dragones y sus jinetes. Suelen ser formaciones geológicas naturales, como calderas de volcanes extintos, con cuevas talladas para albergar a los dragones y sus instalaciones de apoyo. Cada Weyr está liderado por una «Weyrwoman» (que monta a la reina dragona) y un «Weyrleader”.
La serie —mitad fantasía mitad ciencia ficción— es extraordinariamente entretenida, plagada de aventuras y cada novela se lee de un tirón.


Michael Weltan
La feminista de la transición y el esencialismo biológico
McCaffrey escribía para un mercado de ciencia ficción que —aún habiéndose desplegado la segunda ola feminista— todavía era mayoritariamente masculino y muy tradicional. Da la impresión de que, en ese contexto —avance del feminismo, pero un mercado aún masculino y tradicional—, su estrategia fue introducir mujeres fuertes dentro de estructuras que los lectores no percibieran como amenazantes. El problema es que, al hacerlo, a menudo reforzaba los mismos estereotipos que parecía querer romper.
Es verdad que su mérito fue sacar a la mujer del papel de damisela en apuros para convertirla en protagonista. Lessa, en El vuelo del dragón, es un ejemplo perfecto de voluntad y ambición. Sin embargo, el precio de la independencia es alto, porque sus heroínas tienen que ser «más hombres que los hombres» para ser respetadas, o terminan aceptando jerarquías patriarcales una vez que encuentran el amor.
Esta visión no fue exclusiva de Pern; ya en sus relatos cortos, como en A Womanly Talent (1969), McCaffrey dejaba claro su ideario: (Lajos, el héroe, acude a Ruth para que le consuele tras un fracaso): “Ruth transfirió su atención a la musculosa espalda de él. Amaba su figura, la amplia y doble llanura de sus omoplatos…. Rápidamente reprimió una llama de deseo. No era momento de introducir el sexo en la angustia personal del hombre. Y ella sabía que aquella intensa hambre sexual que él despertaba nacía del ansia del hijo que su semilla podría depositar en ella (…) La mujer había de asumir más deberes de los que pesaban sobre ella en tiempos antiguos. Ahora los sofistas llamaban a estas virtudes femeninas, mantenimiento, reparación y sustitución, en vez de cocina y cuidado del hogar, o cuidado y procreación de los hijos. Pero los títulos no alteraban los deberes ni aplacaban los deseos inaplacables. Y en realidad, los hombres, aunque siguiesen explorando tierras extrañas, aún continuaban defendiendo sus hogares y sus familias”.
Ese párrafo es, evidentemente, un ejemplo expreso y un tanto incómodo de las tensiones que habitan la obra de Anne McCaffrey. Es obvio que el texto destila un esencialismo biológico muy rígido y una visión de los roles de género que parece más cercana a la mística de la feminidad de los años 50 que a la liberación de los 70: como se ve el placer femenino está justificado sólo por la maternidad o subordinado a la «angustia personal del hombre». En definitiva, lo de siempre: la mujer como espacio de cuidados y ‘reposo del guerrero’, una idea que la ciencia ficción de vanguardia ya estaba intentando demoler. En esos momentos autoras como Ursula K. Le Guin o Joanna Russ estaban cuestionando la construcción social del género, en cambio, McCaffrey parecía decir: «Las mujeres pueden ser poderosas, pero su realización sigue radicando en el cuidado y la procreación».

Jerarquía cromática y determinismo
En la serie de Pern, McCaffrey traslada la jerarquía de género humana directamente a la biología de los dragones, creando un sistema donde la «naturaleza» justifica la desigualdad.
McCaffrey construye una sociedad donde la biología de los dragones determina la jerarquía social de sus jinetes. Las dragonas doradas (reinas) son las únicas capaces de reproducirse, y por ello sus jinetes —siempre mujeres— ocupan posiciones de poder como “Weyrwomen”. Los dragones bronce, machos dominantes, fecundan a las reinas durante los vuelos de apareamiento, y sus jinetes —siempre hombres— se convierten automáticamente en líderes del Weyr. Las dragonas verdes, hembras estériles por el uso de piedra de fuego (el mineral que mastican para escupir llamas), quedan relegadas a un estatus inferior. Y sus jinetes siempre hombres, a menudo situados como homosexuales
Este sistema cromático reproduce un determinismo biológico rígido: el poder femenino depende de la capacidad reproductiva del animal que montan, mientras que el liderazgo masculino se legitima a través del dominio sexual del dragón. La estructura social del Weyr no cuestiona la desigualdad: la naturaliza.

Los vuelos de apareamiento: consentimiento y control
El punto más problemático de Pern aparece en los vuelos de apareamiento. Cuando los dragones entran en celo, sus jinetes quedan arrastrados por el vínculo telepático y pierden el control sobre sus propios cuerpos. McCaffrey lo presenta como una “unión mística”, pero en la práctica implica que el consentimiento humano queda anulado por la biología del animal. La sexualidad se convierte en un acto impuesto, ritualizado y socialmente aceptado.
Este mecanismo narrativo reproduce un patrón profundamente conservador: la naturaleza justifica la pérdida de autonomía femenina. Lessa, por ejemplo, no elige a F’lar; es Ramoth quien elige a Mnementh, y la política del Weyr queda subordinada a esa cópula. La escena en la que F’lar sacude físicamente a Lessa para “enseñarle” cómo debe comportarse una Dama de Weyr —justificada en el texto como una forma de “despertar su potencial” frente a la crisis de las “Hebras”— encaja en la lógica de la fierecilla domada: la mujer poderosa necesita la mano firme del hombre para canalizar su fuerza.

El resultado es una paradoja inquietante: McCaffrey coloca a las mujeres en el centro de la acción, pero las somete a un determinismo biológico que legitima la dominación masculina.
Un punto interesante es que McCaffrey justifica este determinismo biológico como una regresión necesaria por la supervivencia (la amenaza de las “Hebras”). La sociedad de Pern se vuelve feudal y patriarcal porque, supuestamente, «no hay tiempo» para la igualdad cuando hay que sobrevivir. Esto es lo que hace que su obra sea tan controvertida: ¿estaba McCaffrey criticando lo fácil que es perder derechos, o estaba usando la ciencia ficción para validar que, en situaciones extremas, los roles de género «naturales» son los que funcionan?
A modo de conclusión
Leer hoy Los jinetes de Pern es asistir a un duelo fascinante entre la ambición y el atavismo. Sus heroínas conquistaron los cielos a lomos de dragones, rompiendo el techo de cristal de una literatura que las quería como simples trofeos. Sin embargo, McCaffrey nunca llegó a romper las cadenas de la biología: para ella, el poder de la mujer seguía emanando del útero, y su libertad terminaba donde empezaba el ‘hambre de semilla’.
Sus mujeres vuelan, sí, pero vuelan dentro de un cielo delimitado por la reproducción y el deseo masculino. McCaffrey amplió el espacio de la mujer en la aventura, pero no cuestionó las reglas que determinaban quién manda y quién cuida. Les dio las alas, pero las obligó a usarlas para vigilar el nido.

Hoy podemos admirar sus dragones, pero ya no necesitamos comprar su manual de supervivencia patriarcal. Porque el futuro —el de verdad— será feminista o no será, y desde luego no vendrá dictado por la biología ni por la tradición, sino por la capacidad de imaginar mundos donde la libertad no dependa del color del dragón que montamos.
