Mujer, feminismo, ciencia ficción

Cuando pensamos en la irrupción de la segunda ola feminista en la ciencia ficción, solemos acudir a nombres como Tiptree, Le Guin, Tepper, Bradley, Butler o Atwood. Pero hubo otras autoras que, pese a su relevancia, apenas han sido leídas en España. Entre ellas destaca Kate Wilhelm (1928‑2018), figura central tanto en la renovación del género como en la formación de nuevas generaciones de escritores.

Katie Gertrude Meredith nació el 8 de junio de 1928 en Toledo, Ohio. Cursó la secundaria en Louisville, Kentucky, y se casó con Joseph Wilhelm en 1947; tuvieron dos hijos. Se divorciaron en 1962 y, un año después, se casó con el influyente escritor y editor Damon Knight. Vivieron juntos en Oregón hasta la muerte de él en 2002, y ella permaneció allí hasta su fallecimiento en 2018.

Kate Wilhelm 1977

Además de su obra literaria, Wilhelm fue una maestra decisiva en la profesionalización del género. Participó desde sus inicios en la creación del Clarion Writers’ Workshop, el programa de formación para escritores de ciencia ficción y fantasía más prestigioso de Estados Unidos. Fundado en 1968 por Robin Scott Wilson e inspirado en el Milford Writers’ Workshop —que ya dirigían Wilhelm y Knight—, Clarion adaptó el sistema de crítica entre pares para convertirlo en un método de enseñanza para autores noveles. Wilhelm relató esta historia y las lecciones aprendidas en Storyteller (2005), libro que ganó el Premio Hugo a Mejor Libro de No Ficción en 2006.

Publicó más de cuarenta novelas, decenas de relatos y varias colecciones, ganó dos premios Hugo y tres premios Nébula, ingresó en el Salón de la Fama de la Ciencia Ficción en 2003 y recibió en 2009 el Premio Solsticio por su influencia en la ficción especulativa. Desde 2016, el galardón lleva su nombre: Premio Kate Wilhelm Solstice.

Ante este historial, resulta sorprendente que en España solo se hayan publicado tres ediciones de Where Late the Sweet Birds Sang y una novela de misterio (Casa inteligente, 1989). La novela que nos ocupa apareció primero en Bruguera (1979), con el título original en inglés; luego en Bibliopolis (2009), ya como La estación del crepúsculo; y este mismo año ha sido recuperada por Alamut, devolviéndola por fin a la circulación[i]. Esta reedición justifica, en buena medida, volver a hablar de ella.

El título original, Where Late the Sweet Birds Sang, está tomado de un soneto de Shakespeare. La novela parte de un escenario apocalíptico: tras una guerra devastadora, la vida en la Tierra se ve amenazada por plagas, polución y radiación que afectan tanto a animales como a humanos. Algunas familias deciden unirse en un valle aislado para enfrentar la crisis, agrupando médicos, científicos y técnicos con el fin de asegurar la supervivencia.

Pero la contaminación provoca una crisis de fertilidad que no logran revertir. Ante la inminente extinción, la colonia desarrolla un proceso de clonación —primero de animales, luego de los propios miembros del grupo— como último recurso.

El éxito del experimento multiplica el número de clones hasta superar a los humanos supervivientes. Y entonces emerge una consecuencia inesperada: los clones no solo comparten una inteligencia elevada, sino también una forma silenciosa de comunicación que los convierte en una comunidad profundamente entrelazada, casi una mente colectiva. Pronto empiezan a considerar que los humanos que los crearon representan un error evolutivo.

A partir de ahí, Wilhelm despliega una reflexión sobre la otredad, la creatividad y la fragilidad de la individualidad humana. Estamos ante una de las primeras grandes novelas sobre clonación y, como señaló Steve Redwood en Literatura Prospectiva, una obra maestra del tema.

La narración se organiza en tres secciones que recuerdan a un fix‑up, aunque Wilhelm concibió la obra como una novela unitaria. Cada parte marca el cierre de una fase y el inicio de otra, con nuevos personajes y nuevas generaciones de humanos y clones, lo que permite observar la evolución de sus capacidades, tensiones y límites.

1ª parte: Donde solían cantar los dulces pájaros

Las familias se agrupan para crear un enclave autosuficiente mientras la fertilidad de humanos y animales desciende de forma alarmante. Es entonces cuando, pese a la oposición de algunos, se inicia la clonación humana. Esta sección sigue a David y Celia, testigos de los desastres que impulsan la creación de los clones y de los peligros que ya se intuyen.

2ª parte: En el Shenandoah

Han pasado los años y las generaciones de clones se organizan según el patrón original del que proceden. No son “malos”: son inteligentes, aprenden con rapidez, se cuidan entre sí y se preocupan por las generaciones futuras. Reconocen que no son humanos, pero creen que su sociedad es superior.

Viven y trabajan en grupos cohesionados y preparan una expedición para explorar el valle del río Shenandoah. Ese alejamiento físico del grupo supone un cambio radical. Molly, una de las integrantes, empieza a desarrollar ideas y deseos propios. Su mera existencia hiere a los demás: en una familia de clones, si uno piensa distinto o sufre, todos sienten un dolor emocional —y a veces físico— que puede llevarlos al colapso. Por eso no pueden tolerar la diferencia: no por crueldad, sino porque la individualidad amenaza la estabilidad del grupo.

3ª parte: El punto de equilibrio

Mark, hijo de Molly —medio humano, medio clon—, ha crecido aislado durante un tiempo y ha recibido una educación directa de su madre. Vive en tensión constante entre su individualidad y una sociedad donde cada grupo funciona como una unidad, comunicándose de forma inmediata y considerando la diferencia como una aberración que debe ser eliminada.

Mark choca pronto con esa estructura social cuyos problemas sistémicos amenazan su propio futuro. Wilhelm conduce esta parte hacia un desenlace a menudo descrito como agridulce: Mark comprende que la supervivencia humana depende de preservar la individualidad —con su carga de soledad, riesgo y conflicto— frente a la aparente armonía del colectivo. Su decisión final apunta a un equilibrio precario entre comunidad y diferencia, pero también a la posibilidad de un renacimiento.

Como señala Carlo Frabetti en la presentación de la edición de Bruguera de 1979, es posible que Kate Wilhelm se inspirara en el memorable relato de Ursula K. Le Guin Nueve vidas (1969). En él, Le Guin describe la tragedia del único superviviente de un grupo de diez clones acostumbrados a vivir como un ente colectivo y, de repente, se encuentra obligado a adaptarse a la soledad de la individualidad.

Como Le Guin, Wilhelm no escribe realmente sobre clones —o no solo sobre clones—. Lo que plantea es el viejo debate recurrente en la ciencia ficción sobre cómo entendemos la diversidad, la diferencia y las fronteras del ser humano.

La diversidad es la riqueza intrínseca de la naturaleza, la herramienta fundamental del proceso evolutivo. Diversidad implica diferencia, fronteras difusas, personalidades singulares. Pero en las sociedades humanas la diferencia no tiene por qué traducirse en desigualdad ni en alteridad excluyente. La humanidad se construye en la tensión entre la individualidad diferenciada y la pertenencia a una comunidad de iguales sin la cual no hay vida humana posible.

En este punto aparece una lectura que algunos críticos han calificado de “reaccionaria”: la idea de que la novela opone individuo (bueno) y colectivo (malo). Pero esta interpretación, aunque posible, resulta reductora. Wilhelm no defiende al individuo contra la comunidad, sino la diversidad contra la homogeneidad. Su crítica no es al colectivo en sí, sino a cualquier estructura —biológica, tecnológica o social— que borre la diferencia y convierta la comunidad en uniformidad.

En la novela, cuando uno de los clones utiliza por primera vez la palabra “vosotros”, se abre la caja de los truenos de las identidades asesinas. Las diferencias entre clones y humanos originales se convierten en alteridad, y aquello que podría haberse resuelto mediante integración intercultural —como diríamos hoy— levanta muros y desencadena enfrentamientos. Ya no son una comunidad: son dos grupos que consideran que su modelo de sociedad es el mejor.

Para unos, la individualidad y la iniciativa han impulsado la expansión humana; para los otros, la unidad emocional y la sincronía de motivaciones prometen una sociedad ideal. Wilhelm nos interroga acerca de qué define realmente a un ser humano y qué es más inmanente: la vida comunitaria o la libertad individual.

Y cuando parece que la novela se inclina hacia un canto a la individualidad, la imaginación, la creatividad y la autonomía frente a un colectivismo autoritario, el final introduce una ambivalencia decisiva: ¿es posible la individualidad sin una comunidad humana que la sostenga?

La estación del crepúsculo es también un canto de regreso a la naturaleza. A través de sus descripciones precisas del entorno y de la interacción cotidiana con él —casi pastoriles, como señalaba Julián Díez—, Wilhelm advertía hace ya cincuenta años sobre los riesgos medioambientales y ecológicos que hoy nos resultan familiares. La novela se abre, de hecho, con un mundo devastado por la contaminación, la pérdida de biodiversidad y la infertilidad: un planeta que ha dejado de sostener la vida tal como la conocíamos.

Pero incluso en este plano, Wilhelm contrapone dos mundos: la frialdad despersonalizada de los clones y la delicada vitalidad del paisaje que los rodea. La naturaleza no es solo un escenario, sino un recordatorio constante de aquello que los clones no pueden reproducir: la diversidad, la imprevisibilidad, la vida que se abre paso sin plan previo. Frente a la uniformidad clónica, la naturaleza encarna la variación que hace posible la evolución.

El título original, Where Late the Sweet Birds Sang, sugiere un Edén perdido: un tiempo en que los pájaros —la humanidad natural— cantaban antes de que el mundo se volviera clónico y, por tanto, estéril. La novela funciona así como elegía y advertencia: la desaparición de los “dulces pájaros” no es solo la pérdida de un paisaje, sino la pérdida de aquello que hace posible la humanidad misma.

Aunque La estación del crepúsculo no es una novela feminista en el sentido programático que encontramos en autoras como Ursula K. Le Guin o Joanna Russ, su lectura desde una perspectiva de género revela una sensibilidad profundamente crítica hacia la instrumentalización del cuerpo femenino y hacia cualquier estructura que borre la autonomía de las mujeres.

En la novela, la clonación no es solo una solución tecnológica a la infertilidad: es también una forma de eliminar la sexualidad, la reproducción y, en última instancia, la agencia femenina. La maternidad desaparece como experiencia corporal y simbólica, sustituida por un proceso industrial que prescinde del cuerpo de las mujeres. En ese sentido, el mundo clónico es un mundo sin lo femenino entendido como principio de diversidad, de variación, de imprevisibilidad. La homogeneidad es, aquí, una forma de esterilidad.

Frente a ello, la figura de Molly adquiere un peso decisivo. Su embarazo no es un accidente narrativo, sino un acto de resistencia: una afirmación de autonomía frente a un sistema que busca controlar la reproducción y eliminar la diferencia. Molly encarna la subjetividad femenina que el orden clónico no puede tolerar: piensa por sí misma, siente por sí misma, desea por sí misma. Su mera existencia desestabiliza la lógica de la mente colectiva, que solo puede sostenerse si todos sus miembros son intercambiables.

En este punto, Wilhelm dialoga de forma silenciosa con Le Guin y Russ. Con Le Guin comparte la preocupación por la identidad, la alteridad y la fragilidad de los vínculos humanos; con Russ, la crítica a las estructuras que reducen a las mujeres a funciones reproductivas o sociales. Pero mientras Le Guin y Russ escriben desde una reflexión feminista explícita, Wilhelm lo hace desde la observación social y la psicología: su feminismo es implícito, no doctrinal. No denuncia: muestra. No proclama: deja que la trama revele las consecuencias de borrar la diferencia.

En La estación del crepúsculo, plantea, de forma sutil pero incisiva, una pregunta que está presente en buena parte del pensamiento feminista contemporáneo: ¿qué ocurre cuando la tecnología promete liberarnos del cuerpo, pero al hacerlo amenaza con borrar aquello que nos hace humanos?

Wilhelm no ofrece respuestas cerradas. Pero sugiere que la libertad —incluida la libertad de las mujeres— solo puede existir allí donde hay diversidad, conflicto, imaginación y diferencia. Allí donde, como en el título original, todavía cantan los dulces pájaros.

Cuando una novela aguanta cincuenta años y, al releerla, no solo sigue funcionando, sino que se expande, se complejiza y obliga a repensarla, es señal de que estábamos ante una obra mayor sin haberlo advertido del todo. La estación del crepúsculo tiene esa cualidad rara: parece una novela “pequeña”, casi íntima, y de pronto revela que está hablando de ecología, evolución, tecnología reproductiva, identidad, alteridad, comunidad, libertad, maternidad, poder y hasta de la fragilidad de la imaginación humana.

Todo eso en 1976. Cuando la clonación era todavía un concepto casi de ciencia ficción dura. Cuando el feminismo de segunda ola estaba redefiniendo el mundo. Cuando la ecología apenas empezaba a entrar en la conversación pública. Y Wilhelm lo hace sin levantar la voz, sin proclamas, sin manifiestos. Con una escritura limpia, engañosamente sencilla, casi quirúrgica.

Quizá por eso es un texto que parece abrirse del todo solo cuando se lee desde el futuro. Y hoy, con medio siglo de debates sobre biopolítica, reproducción asistida, crisis ecológica, identidades colectivas, feminismos múltiples y tecnologías que uniformizan, la novela resuena de un modo inesperado.

Alamut ha acertado al reeditarlo. Porque tal vez La estación del crepúsculo esté viviendo ahora su mejor momento de lectura: un tiempo en el que sus preguntas —sobre la diversidad, la diferencia y aquello que nos hace humanos— se han vuelto más urgentes que nunca.


[i] «Where Late the Sweet Birds Sang» fue publicado en España por Bruguera dentro de la colección Nova en 1979, con el título «Donde solían cantar los dulces pájaros», traducido por Beatriz Podestá. En 2009 Bibliópolis la reeditó con nuevo título «La estación del crepúsculo», y traducción a cargo de Manuel de los Reyes. En 2026 Alamut ha reeditado y actualizado la versión de Bibliópolis.


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