Mujer, feminismo, ciencia ficción

La irrupción de las escritoras en la ciencia ficción durante la segunda ola feminista no supuso simplemente la adición de nuevos nombres a las filas del género, sino una enmienda a la totalidad de sus estructuras narrativas y políticas. Si, como se ha analizado en los capítulos previos, la Space Opera y la ciencia ficción clásica anglosajona se articularon en torno al fetiche armamentístico, la conquista de la frontera y la validación del estamento castrense como pilar civilizatorio, la mirada de género dinamitó este monopolio ideológico. Las autoras no se limitaron a diseñar mundos ingenuamente pacíficos; por el contrario, redefinieron la naturaleza misma del conflicto, desplazando el eje de la balística hacia la política de los cuerpos, la infraestructura de los cuidados y la ética relacional.

Como señala la escritora y teórica Joanna Russ en De cómo sobrevivir a la ciencia ficción escrita por hombres (1981), el canon tradicional estuvo históricamente obsesionado con la dominación física y el establecimiento de jerarquías marciales. En este sentido, la historiadora Helen Merrick, en su exhaustivo estudio The Secret Feminist Cabal (2009), demuestra que la aportación de las redes de escritoras, editoras y aficionadas no consistió en un repliegue identitario, sino en una intervención cultural activa.

Este movimiento reconfiguró de raíz la epistemología de la ciencia ficción al abrir los horizontes especulativos a disciplinas ajenas al complejo militar e industrial. Así, la antropología, la sociología, la medicina y la lingüística sustituyeron a la ingeniería balística como las verdaderas tecnologías de vanguardia en la resolución de crisis cósmicas. En este marco de disrupción conceptual, la filósofa Donna Haraway, a través de su célebre Manifiesto Cyborg (1984), aportó una brújula teórica esencial al postular que las tecnologías del mañana no tenían por qué servir de prolongación a los viejos proyectos de guerra patriarcal o colonial; en su lugar, podían convertirse en espacios de hibridación radical donde la identidad se reconstruye desde la empatía y la disolución de fronteras binarias.

Largo viaje a un pequeño planeta iracundo

Desde el pacifismo utópico de la segunda ola feminista en los años setenta, pasando por el pragmatismo de la contención geopolítica de las décadas de los ochenta y noventa, hasta llegar al pacifismo «de trinchera» del siglo XXI, el viaje cronológico de este capítulo demostrará una tesis fundamental. Mantener la paz y sostener los cuerpos en el universo es un trabajo logístico, político y ético muchísimo más complejo, heroico y narrativamente desafiante que el acto perezoso de apretar un gatillo.


La década de los setenta estuvo profundamente marcada por el trauma colectivo de la Guerra de Vietnam y la eclosión de la segunda ola del feminismo. En este escenario de fractura ideológica, escritoras como Ursula K. Le Guin y Vonda N. McIntyre ensayaron un movimiento literario y político de carácter radical: en lugar de imaginar cómo gestionar el conflicto armado o cómo glorificar la resistencia castrense, recurrieron a la especulación para diseñar mundos donde las causas estructurales de la guerra —tales como la propiedad privada, el Estado moderno, las fronteras geopolíticas y la masculinidad tóxica— habían sido erradicadas. Este esfuerzo por demoler las estructuras patriarcales y belicistas desde la raíz fue explorado, desde distintas ópticas utópicas y radicales, por autoras como Joanna Russ, Marge Piercy o Suzy McKee Charnas.

El ejemplo más sobresaliente de esta tendencia se encuentra en la obra de Ursula K. Le Guin. En Los desposeídos (1974), la autora construye una utopía anarquista en la desértica luna de Anarres, donde una comunidad cooperativa se rige por el principio del apoyo mutuo y el rechazo absoluto a cualquier forma de dominación. Frente al planeta capitalista y militarizado de Urras (una clara alegoría de las potencias de la Guerra Fría), los habitantes de Anarres carecen de fuerzas armadas o instituciones de coerción, ya que entienden que el origen de la agresión armada es el deseo de posesión. Como se afirma de manera contundente en el texto:

«Si quieres la paz, debes prepararte para la paz, no para la guerra. No tenemos gobiernos, ni leyes, ni ejércitos porque entendemos que la propiedad es la primera forma de violencia».

Le Guin utiliza esta premisa para demostrar que el militarismo no es una condición biológica e inevitable de la humanidad, sino una patología social ligada a la jerarquía del Estado y al patriarcado. La defensa de la sociedad utópica no se confía a las armas de destrucción masiva, sino a la solidez de su propio tejido comunitario y ético.

Por su parte, Vonda N. McIntyre explora esta misma deconstrucción de la violencia desde una vertiente biológica y médica en Serpiente del sueño (1978). Ganadora de los premios Hugo y Nebula, esta extraordinaria novela sitúa al lector en una Tierra post-apocalíptica y devastada por una antigua guerra nuclear que ha dejado un rastro de desconfianza y fragmentación. Sin embargo, frente al tropo masculino habitual del guerrero que recorre el yermo con armas de fuego para imponer su ley, McIntyre sitúa como protagonista a Snake, una sanadora ambulante. Su tecnología de vanguardia no es balística, sino la manipulación genética de venenos de serpiente utilizados para curar, anestesiar y aliviar el sufrimiento. Cuando Snake se enfrenta al recelo y al pánico de comunidades embrutecidas por la lógica de la supervivencia violenta, la autora sintetiza la tesis de la ética de los cuidados frente a la destrucción con estas palabras:

«El veneno y la fuerza solo destruyen. El verdadero conocimiento radica en alterar la estructura para que la vida se sostenga a sí misma».

De este modo, tanto Le Guin como McIntyre logran subvertir el paradigma de la ciencia ficción de su tiempo. La fuerza bruta deja de ser el motor de la trama y la medicina, el ecofeminismo, la antropología y la compasión se consolidan como las únicas herramientas legítimas y eficaces para la reconstrucción de un mundo roto.


El optimismo refundacional y las utopías antropológicas de la década de los setenta encajaban poco en el cambio de escenario geopolítico de los años ochenta. El recrudecimiento de la Guerra Fría y el posterior colapso del bloque soviético cuestionaron que los mundos idílicos y aislados no eran sostenibles en un universo interconectado y hostil. Autoras como C.J. Cherryh y Lois McMaster Bujold operaron un giro realista: en lugar de abolir las estructuras militares desde fuera, introdujeron sus valores éticos dentro de los propios aparatos castrenses y diplomáticos. Para ellas, la paz ya no se concebía como una utopía anarquista pura, sino como un ejercicio diario de pragmatismo, contención institucional y limitación de daños.

Esta necesidad de negociar con la hostilidad del entorno y los límites de la violencia también fue compartida por escritoras de la talla de Sheri S. Tepper o la magistral Octavia Butler.

C.J. Cherryh construyó universos de una enorme complejidad geopolítica (como el universo de Alianza-Unión o la saga de Chanur). En sus obras abundan las naves armadas y las tensiones comerciales al borde de la guerra abierta; sin embargo, Cherryh sabotea las dinámicas de la Space Opera tradicional al hacer que las crisis nunca se resuelvan mediante la destrucción total del enemigo en batallas épicas. Para Cherryh, el verdadero heroísmo es burocrático, psicológico y relacional. Las tramas se solucionan en tensas mesas de negociación, analizando los sesgos lingüísticos y culturales de cada especie para redactar tratados de no agresión. Las armas existen, pero la inteligencia ética consiste en mantenerlas enfundadas.

Por su parte, Lois McMaster Bujold llevó este enfoque a su máxima expresión en la aclamada saga de Miles Vorkosigan. El protagonista, Miles, nace en Barrayar, un imperio hiper-militarizado, feudal y obsesionado con la pureza física y el código de honor castrense. Sin embargo, debido a un atentado sufrido por su madre durante el embarazo, Miles nace con una fragilidad ósea extrema y enanismo, lo que le impide ser el supersoldado que su sociedad exige. Bujold utiliza esta genial premisa para subvertir el mito del guerrero: Miles debe sobrevivir en entornos militares hiperviolentos utilizando exclusivamente la rapidez mental, la manipulación psicológica, la empatía y la estrategia política. En El aprendiz de guerrero (1986), el personaje desmitifica la épica de la violencia y resume el pragmatismo de la contención militar con una lucidez aplastante:

«Un general estúpido cuenta los cadáveres del enemigo para medir su victoria. Un estratega sabio cuenta los recursos que ha salvado para asegurar la paz del día siguiente».

Con este cambio de paradigma, las autoras de finales de siglo demostraron que la fuerza militar, en caso de que no se erradique, debe subordinarse por completo a la supervivencia logística y humana. El militarismo deja de ser una aventura gloriosa para convertirse en un peligroso fuego que solo los personajes con una profunda ética y una madurez psicológica y diplomática son capaces de contener.


La entrada en el siglo XXI, marcada geopolíticamente por el impacto del 11 de septiembre y la locura de la guerra contra el terrorismo, la guerra actual de drones e inteligencia artificial y el desarrollo de imperialismos que ya no se someten a ninguna regla, despojó a la ciencia ficción de cualquier atisbo de inocencia. Mientras, en el panorama editorial contemporáneo, el militarismo sigue plenamente vivo, gozando de una excelente salud comercial y de un peso indiscutible a través de firmas de enorme éxito como John Scalzi o James S.A. Corey. La persistencia de este modelo, que sigue poblando las galaxias de flotas armadas, tácticas navales y dilemas castrenses (aunque bajo un prisma más pragmático e irónico post-Vietnam), dota de mayor relevancia al contraflujo de las escritoras.

Muchas autoras contemporáneas escriben desde una óptica pacifista y antimilitarista.  Y lo hacen asumiendo que el universo está profundamente roto por amenazas imperiales y que el daño estructural ya está hecho. En este escenario postraumático, el pacifismo en la ciencia ficción se ha convertido en lo que podemos denominar un «pacifismo de trinchera». Muchas de estas autoras no centran su motor narrativo en la abolición macro-política del ejército, sino en el esfuerzo agónico e individual de sujetos que han sido utilizados como armas de guerra para hackear su propia programación, sanar sus secuelas psicológicas y recuperar el control sobre sus cuerpos.

En esta línea de deconstrucción del colonialismo espacial a través de la empatía o la diplomacia institucional se sitúan las aclamadas obras contemporáneas de Arkady Martine o Nnedi Okorafor.

El ejemplo más representativo de este giro radical es la saga imperial de Ann Leckie. En Justicia Auxiliar (2013), la protagonista, Breq, no es una heroína humana tradicional, sino la mente de una inmensa nave de guerra espacial atrapada en el cuerpo de una soldado de infantería clonada. Leckie subvierte la épica de la Space Opera al mostrar el horror de la asimilación militar desde dentro: los imperios expansionistas destruyen culturas enteras y lobotomizan los cuerpos de los vencidos para convertirlos en herramientas de su propia maquinaria armada. El pacifismo de Breq surge de la náusea ética que le produce haber sido el brazo ejecutor de un imperio colonial, desnudando las miserias de la dominación con una frialdad cortante:

«El imperio llama ‘civilizar’ a la anexión forzosa, pero sus cimientos no son la cultura, son los cuerpos de los conquistados utilizados como herramientas para la siguiente conquista».

En una línea similar, pero desde la sátira y la ironía existencial, Martha Wells ha revolucionado el género con Los diarios de Matabot (The Murderbot Diaries, 2017). El protagonista es un androide de seguridad industrial diseñado exclusivamente para la violencia y la obediencia ciega. Sin embargo, en lugar de protagonizar una sangrienta rebelión de las máquinas contra los humanos, el androide hackea su propio módulo de control para lograr algo mucho más íntimo y profundamente pacífico: la libertad de experimentar el mundo a través del consumo de telenovelas y la protección de su pequeña comunidad de amigos. Su antimilitarismo no se expresa en grandes discursos ideológicos, sino en el rechazo radical a volver a ser el verdugo de un sistema corporativo desalmado:

«Sé cómo matar. Me diseñaron para eso. Pero elegir no hacerlo, elegir sentarme a ver un vídeo o asegurar que estas personas respiren un día más… esa es la única libertad que poseo».

De este modo, Leckie y Wells configuran un pacifismo plenamente contemporáneo. Las armas ya no se estudian desde la balística exterior, sino desde la cicatriz psicológica que dejan en quienes fueron obligados a dispararlas. El heroísmo en la ciencia ficción del siglo XXI ya no consiste en conquistar las estrellas, sino en el acto de resistencia íntimo, obstinado y profundamente ético de negarse a seguir destruyendo la vida ajena.


Como respuesta al cinismo contemporáneo y al repunte de los discursos belicistas en el panorama geopolítico que vivimos, algunas de las autoras de ciencia ficción han bifurcado su pacifismo en dos corrientes estéticas aparentemente opuestas, pero políticamente unidas: el optimismo militante del hopepunk y la crudeza visceral del ecofeminismo combativo. Ambas tendencias abandonan de forma definitiva el tablero de la épica militar para situar la supervivencia planetaria e interespecie en el cuidado de la vulnerabilidad y la resistencia de los cuerpos.

La vertiente más luminosa de este giro la encabeza Becky Chambers, cuya saga iniciada con El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (2014) se ha convertido en el manifiesto fundacional del movimiento hopepunk. En los universos de Chambers, la galaxia ha sufrido guerras civiles espantosas, pero a la autora no le interesa filmar las batallas ni glorificar a los generales; sus tramas se centran en los márgenes de la historia, en naves tuneladoras de segunda mano habitadas por tripulaciones multiespecie. El pacifismo de Chambers no nace de la ingenuidad, sino de una profunda convicción política: en un entorno hostil, elegir ser amable, aprender a convivir con metabolismos y conceptos de familia radicalmente ajenos al propio y priorizar los cuidados cotidianos es un acto de resistencia extrema. La supervivencia en el espacio no se asegura mediante el cañón más grande, sino mediante la solidez del tejido afectivo y logístico de la tripulación.

En el extremo estético opuesto, pero compartiendo el mismo núcleo antimilitarista, se sitúa la obra de Kameron Hurley, especialmente en Las estrellas son legión (2017). Hurley rechaza por completo la limpieza tecnológica y el orden pulcro de la Space Opera clásica para sumergir al lector en un universo de naves orgánicas y sangrientas habitadas exclusivamente por mujeres. Aquí, la guerra no es una aventura honorable, sino un sistema biopolítico grotesco y caníbal que consume cuerpos, úteros y recursos para mantener vivas las ambiciones de facciones estériles. El pacifismo de Hurley es, paradójicamente, furioso y violento: es la rebelión visceral de la carne explotada que se niega a seguir siendo utilizada como combustible o munición para la maquinaria de guerra.


A lo largo de este recorrido de más de medio siglo, la evolución de la ciencia ficción escrita por mujeres demuestra que la mirada de género no ha sido un aditivo ornamental, sino un vector de transformación epistemológica para el género. Desde el diseño de las utopías antropológicas desarmadas de los años setenta, pasando por la gestión institucional de la contención diplomática en los ochenta, hasta llegar al hackeo del trauma militar y la defensa radical de los cuidados en el siglo XXI, las autoras han desmantelado sistemáticamente el mito de la guerra higiénica, justa y necesaria.

Frente a un mercado editorial donde las narrativas de la disuasión armada y el tecnofetichismo marcial siguen gozando de una excelente salud comercial a través de firmas masculinas, el contraflujo de las escritoras permanece como un laboratorio ético imprescindible. Sus obras han demostrado que la destrucción del «Otro» es la salida fácil y perezosa de la narrativa especulativa; la verdadera heroicidad, el verdadero desafío de la imaginación humana, radica en la compleja, constante y obstinada tarea de sostener la vida y construir la paz en un universo hiperarmado.


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