Mujer, feminismo, ciencia ficción

Mientras Heinlein publicaba su obra más rabiosamente militarista y la CF anglosajona se convertía en espejo de una sociedad atrapada en las dinámicas de la frontera estadounidense o del colonialismo del imperio británico ahora en decadencia, existían otras tradiciones literarias que abordaron el género desde perspectivas culturales diferentes.

En The Seven Beauties of Science Fiction (2008), el profesor de la Universidad de DePauw Istvan Csicsery-Ronay Jr., explica cómo la CF occidental suele sufrir de un «sesgo tecnocrático» (la creencia de que cualquier problema se soluciona con más tecnología o armas), algo que la CF no anglosajona tiende a deconstruir.

Nos referiremos a la tradición de la CF oriental, la latinoamericana y la del este europeo.


En Japón existe una fuerte tradición de CF asociada al derrumbe y al apocalipsis. Es evidente que esa tradición bebe de las consecuencias del trauma colectivo de la segunda guerra mundial, del terror absoluto de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y el pacifismo constitucional de la postguerra. En este derrumbe ficcional el poder militar y la tecnología juegan un papel esencial, pero como respuesta, incluso protección frente a la amenaza y el apocalipsis, y no como una forma de expansión, agresión o conquista.

Mientras que la CF anglosajona tiende a glorificar la épica expansiva o el poder castrense (como en Starship Troopers), la vertiente nipona es intrínsecamente crítica con los estamentos militares, aunque siente una profunda fascinación fetichista por su tecnología

Pero como vimos en el monográfico de dedicado a la CF japonesa, esta no sólo nace del derrumbe, sino que se asienta en los mitos nipones y en la persistencia de sensibilidades filosóficas, como la noción de la impermanencia (mujo). Frente al ansia anglosajona de conquista y permanencia imperial, el ‘mujo’ nipón impregna las obras de autores como Murakami u Ogawa de una aceptación del fin, donde la fuerza militar es inútil para frenar la decadencia inevitable de las cosas. Se trata de una filosofía de la inevitabilidad difícil de entender desde el activismo social.

En esta tradición alejada del militarismo extremo de la CF anglosajona encontramos a Haruki Murakami, Kazuo Ishiguro, Kōshun Takami y Project Itoh, queson algunos de los autores traducidos al español. Entre las autoras traducidas tienen particular interés Yōko Ogawa, Moto Hagio, Yukiko Motoya, Yoko Tawada y Hiyoko Kurisu.

La Ciencia Ficción China ha ido ocupando cada vez más un espacio en la literatura que se traduce en español. La producción de su autor más conocido, Liu Cixin, se sitúa frecuentemente en el militarismo, la estrategia extrema y el darwinismo social como herramientas indispensables para la supervivencia de la civilización. En su obra más famosa, La trilogía de los Tres Cuerpos, plantea un universo donde todas las civilizaciones actúan como cazadores armados en un bosque oscuro, dispuestas a destruir a otras por miedo a ser exterminadas. Esto justifica la militarización espacial extrema y la disuasión. La visión hiper-militarista y de darwinismo social de Liu Cixin se lee a menudo como un reflejo de la mentalidad geopolítica de la China contemporánea (una potencia que compite con EE. UU.)

Otros autores como Hao Jingfang y Chen Qiufan representan la antítesis del militarismo posicionándose firmemente en la corriente de la «ciencia ficción de la empatía» y la crítica social y ecológica. Mientras Liu Cixin prioriza la supervivencia del colectivo mediante la fuerza y la jerarquía, estos autores se enfocan en las consecuencias humanas de los sistemas económicos y el desarrollo tecnológico hiperacelerado.

Es importante señalar que el contexto político y el aparato de censura en China no solo vigilan la ciencia ficción, sino que la moldean activamente. Al ser un género enfocado en el futuro y el desarrollo tecnológico (dos pilares del orgullo nacional del Partido Comunista Chino), los autores han tenido que desarrollar estrategias creativas muy distintas para sobrevivir y publicar.

Una de las principales es la alegoría desplazada: al proyectar los conflictos armados o la vigilancia estatal en planetas distantes o futuros remotos, autores como Liu Cixin o Hao Jingfang logran sortear el veto oficial para debatir de forma indirecta sobre las tensiones geopolíticas reales entre las superpotencias actuales. Asimismo, frente a las exigencias estatales de épica y progreso marcial, la ‘ciencia ficción de la empatía’ de autores como Chen Qiufan funciona como una disidencia sutil.

Por su parte, en Corea del Sur, también existe una tradición literaria de Ciencia Ficción, si bien no se encuentra traducida al español. La autora Kim Bo‑Young y el autor Bae Myung‑Hoon exploran futuros donde la guerra es burocracia o absurdo


El filósofo argentino Pablo Capanna en su ensayo El sentido de la ciencia ficción (1966), es de los primeros en teorizar la especificidad de la ciencia ficción en español, destacando su carácter humanista, escéptico ante el progreso militar y volcado en las consecuencias sociopolíticas.

Ya hemos tenido ocasión de profundizar en la literatura distópica latinoamericana en la monografía Poética de la desesperanza. Según la periodista Emily Hart la nueva ficción especulativa latinoamericana “deja a un lado los campos de maíz y los rascacielos neoyorquinos y sitúan sus historias en la densa Amazonía, los escarpados paisajes montañosos andinos o en la inconfundible expansión urbana latinoamericana”. Por su parte la escritora Liliana Colanzi dice que “La sombra de la ciencia ficción anglosajona ha estado sobre nosotros durante mucho tiempo… pero estamos repensando lo que es ser latinoamericano”. Rodrigo Bastidas -editor de Vértigo- remata que “la actual explosión narrativa arroja una luz diferente sobre la región: es emancipadora y propone liberarse de las historias recicladas y los héroes extranjeros

Estas voces contemporáneas confirman que la imaginación especulativa latinoamericana hace tiempo que se alejó de la tutela de la ciencia ficción del norte y de su militarismo exacerbado, escribiendo una literatura asociada a sus raíces y sus fracturas históricas.

Quizás uno de los ejemplos más notables de ciencia ficción latinoamericana escrita desde una óptica pacifista sea el imprescindible comic El Eternauta (1957-1959) de Héctor Germán Oesterheld​ y el dibujante Francisco Solano López. En ella frente a la invasión el protagonista es el héroe colectivo, como parábola de la resistencia popular contra el opresor.

En el prólogo de El Eternauta se afirma que «El héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo de hombres… Nunca el héroe individual, el capataz de turno, el superhombre… que termina por imponerse a los demás». Es el reverso absoluto del individualismo militar de Heinlein. Aquí la paz y la supervivencia se defienden desde la solidaridad del barrio y el ciudadano común frente a una invasión tecnológica abrumadora, bajo la premisa de que nadie se salva solo.

De hecho, El Eternauta muestra el fracaso inmediato de las fuerzas armadas convencionales frente a la invasión; la verdadera resistencia no surge de la estrategia castrense, sino de un ‘ejército de retazos’ compuesto por civiles que improvisan trajes con herramientas domésticas. El valor no reside en la disciplina del cuartel, sino en el tejido social. En una trágica ironía histórica que sobredimensiona el carácter político de la obra, el propio Oesterheld y toda su familia directa serían secuestrados y desaparecidos en 1977 por la dictadura militar de su país, demostrando en la realidad el horror del militarismo cínico que su literatura intentó combatir.


La ciencia ficción rusa se ha forjado sobre una fuerte tradición utópica. Es lo que analizaba hace tiempo en la entrada del blog Raíces utópicas de la CF rusa, que lleva de la utopía de Chernyshevski ¿Qué hacer? (1862) a la de Nebulosa de Andrómeda (1958) de Ivan Efremov.

El filólogo yugoslavo Darko Suvin, es uno de los teóricos más importantes del género. Su obra más destacada es Metamorfósis de la Ciencia Ficción (1979). En ella acuñó el término «extrañamiento cognitivo« y analiza magistralmente cómo la ciencia ficción del bloque del Este usaba universos alternativos no para evadirse, sino como una herramienta de crítica política y filosófica contra el dogmatismo estatal.

Mientras los autores estadounidenses justificaban el militarismo por el miedo a la destrucción nuclear o la invasión exterior, en el bloque soviético (tras la muerte de Stalin) la CF retoma el camino del resurgir de la imaginación utópica. Mientras Heinlein en EE.UU. escribía la militarista Tropas del espacio, en Rusia se publicaba la Nebulosa de Andrómeda de Efremov, en la que la ciencia no es un arma de destrucción masiva, sino una disciplina humanística… al servicio del hombre nuevo. No hay flotas conquistadoras, hay comités científicos y unificación humana.

Es una obra fundamental que marcó el camino de la CF soviética de los años 60 y 70 que, frente al pesimismo de la distopía occidental, adoptó en general un tono esperanzado y optimista. A caballo de las tensiones de la realidad recalcitrante, limitados por la falta de libertad respecto a las instituciones políticas, pero sin abandonar del todo la rica tradición utópica rusa, muchos autores soviéticos supieron crear en los años 60 y 70 “otra” literatura de anticipación bastante alejada de los cánones y de los estereotipos militaristas de la CF norteamericana.

Que en la obra fundacional ¿Qué hacer?, el tema central de la utopía sea precisamente la emancipación de la mujer como símbolo de sociedad liberada. Y que, en La nebulosa de Andrómeda, las heroínas se sitúan en el centro de la novela, diferenciándose radicalmente de la CF norteamericana de la época (donde las mujeres eran meras espectadoras o rescatadas), nos abre la puerta a abordar en el siguiente capitulo como las autoras feministas han huido del militarismo como una peste.

Pero antes, no podemos dejar de comentar autores fundamentales de la CF del este ampliamente publicados en España. Por un lado, los hermanos Arkadi y Boris Strugatski que escriben desde una CF que es herramienta de disidencia política más o menos sutil.

En Picnic extraterrestre (1972) o Qué difícil es ser Dios (1964), los autores rusos muestran el peligro de la intervención militar y cultural, incluso cuando se hace con «buenas intenciones». En la última de estas obras, se dice «Donde triunfa la fuerza gris, siempre terminan marchando las camisas negras. Ningún ejército puede imponer la ilustración o la libertad a punta de bayoneta».

El autor polaco Stanisław Lem dedicó gran parte de su obra a demostrar que la tecnología militar es inútil frente a la inmensidad del cosmos. En Fiasco (1987), su última novela, narra textualmente un «fiasco» militar: una expedición humana hiperarmada intenta forzar el contacto con una civilización alienígena y termina destruyéndola por pura paranoia. En esta obra uno de los protagonistas señala: “Nuestra tecnología ha crecido más rápido que nuestra sabiduría. Llevamos armas a las estrellas porque somos incapaces de concebir el orden sin dominación, y llamamos ‘paz’ a la rendición del otro».

En su obra más conocida. Solaris (1961) la exploración militar espacial es solo un reflejo del egoísmo y la violencia humana autodestructiva: «No buscamos conquistar el cosmos, solo queremos extender la Tierra hasta las fronteras del universo… No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos».


El militarismo y el fetichismo armamentístico no son elementos intrínsecos ni obligatorios de la ciencia ficción, sino un sesgo cultural anglosajón inoculado por su posición histórica de superpotencia imperialista. Tal y como demuestra la riqueza literaria de las tradiciones eslavas, orientales y latinoamericanas, al descentrar el mapa y cambiar el foco geográfico, el género abandona la obsesión por la balística. En su lugar, la periferia literaria utiliza la especulación para explorar los límites de nuestro conocimiento, la riqueza de la empatía y la urgencia de defender la dignidad humana frente a las estructuras de opresión.

Al centrar la narrativa en los márgenes del sistema, el pacifismo de los autores contemporáneos muchas veces no se presenta como un discurso antibélico explícito, sino como una defensa de los cuidados, la preservación ecológica y la conexión humana frente a la deshumanización hipertecnológica e hipermilitarizada de la sociedad actual.


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