Mujer, feminismo, ciencia ficción

Si el imaginario militarista de la ciencia ficción se forjó en las pulps, la tecnociencia de la Segunda Guerra Mundial y la herencia colonial —como vimos en el capítulo anterior—, será en la Guerra Fría donde ese imaginario se convierta en doctrina ideológica explícita. Conviene aclararlo desde el principio: muchos de los autores que consolidaron la Edad de Oro, como Asimov, Clarke o el propio Heinlein, siguieron escribiendo durante este periodo. Pero mientras unos desarrollaron una ciencia ficción tecnocientífica o filosófica, otros —Heinlein, Pournelle, Niven y, de manera especialmente marcada, Poul Anderson— adoptaron el clima ideológico del momento y lo transformaron en un militarismo programático, alineado con el anticomunismo, la tecnoguerra y la defensa civilizatoria.

Aquí analizamos cómo la Guerra Fría intensificó el paradigma militarista hasta convertirlo en un marco narrativo dominante, y cómo ese marco empezó a resquebrajarse a partir de Vietnam.

Se puede rastrear la relación estrecha entre la literatura de CF estadounidense de mediados de siglo, con la militarización, el imperialismo y la política anticomunista de Estados Unidos. Peter Coke[[i]] sostiene que la ciencia ficción fue un reflejo y, a la vez, un instrumento de la ideología dominante en la época, especialmente la doctrina del anticomunismo mecanicista y la tecnoguerra.

Buena parte de la ciencia ficción estadounidense se enfocó en temas como el poder de la tecnología, la justificación de la violencia estatal, la glorificación del super-soldado y la superarma; todo ello desde una visión bipolar del mundo (capitalismo vs. comunismo).

Los alienígenas insectoides o monstruosos de la CF militar de los 50 no eran más que proyecciones del peligro del «bloque comunista», deshumanizado para justificar su exterminio y la expansión del complejo militar-industrial

H. Bruce Franklin[[ii]] argumenta en este sentido que la guerra de Vietnam no se puede entender sin la ciencia ficción pulp, ya que los líderes políticos norteamericanos crecieron leyendo sobre superarmas y aplicaron ese «tecno-fetichismo» en a la guerra real

Otros autores como Andrew Bacavich[[iii]] han estudiado cómo la sociedad estadounidense de posguerra asimiló el militarismo como una condición normal y necesaria para proteger su estilo de vida. Por su parte, David Seed[[iv]] analiza pormenorizadamente cómo el miedo a la bomba atómica y la paranoia comunista (macartismo) se infiltraron directamente en la literatura de la llamada Edad de Oro (1938–1950), dominada por Campbell, consolidó un modelo de CF donde la racionalidad tecnocientífica y la jerarquía militar eran pilares narrativos.

Una parte muy influyente de la CF estadounidense de posguerra adoptó un tono extremadamente conservador y militarista. Quizás el exponente más destacado de esta corriente llevada al extremo fue Tropas del espacio (1959) de Robert A. Heinlein. En ella Heinlein defiende la ciudadanía militar, el desprecio por la diplomacia y la gestión pacífica y el uso de la fuerza como único medio de abordar los conflictos. Por ejemplo, en esta obra se dice en un momento:

«La fuerza bruta ha arreglado más cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria es solo una ilusión de deseos piadosos. Los que olvidan esta verdad básica siempre lo pagan con sus vidas y sus libertades».

Jerry Pournelle y Larry Niven pueden encuadrarse perfectamente en la extrema derecha norteamericana, que ya es decir. En sus novelas glorificaban abiertamente la tecnocracia marcial, el colonialismo y el «super-soldado» y la «super-arma» como soluciones definitivas.

Pero quizá el caso más revelador sea el de Poul Anderson, cuya obra combina un darwinismo social explícito, un anticomunismo militante y una defensa sin matices del expansionismo humano. Anderson no solo reproduce la lógica imperial: la legitima como destino natural de la humanidad.

Este militarismo narrativo no surgía de la nada: era la culminación de un imaginario forjado en las pulps, reforzado por la tecnociencia bélica y legitimado por la retórica colonial del excepcionalismo estadounidense. Durante un tiempo pareció un bloque hegemónico, casi inamovible, pero la realidad histórica estaba a punto de desmentirlo: Vietnam abriría una grieta que ya no podría cerrarse

Fue precisamente la guerra de Vietnam la que terminó de romper el consenso ideológico del género respecto al militarismo y prepara a la literatura de género para la deconstrucción del trauma y la defensa de la búsqueda de la paz

Galaxy junio 1968

El manifiesto de la revista Galaxy publicado en junio de 1968 es quizás el exponente más destacado de las grietas que se estaban produciendo: El anuncio pagado a doble página en la revista Galaxy Science Fiction (junio de 1968) visualizó la división de la comunidad de escritores ante la intervención militar real. Firmaron más de 150 escritores aportando 250 dólares cada uno

El bando pro-guerra estuvo encabezada por Heinlein, Niven, Pournelle y Anderson, afirmando que «Los abajo firmantes creemos que Estados Unidos debe permanecer en Vietnam para cumplir con sus responsabilidades con el pueblo de ese país». Por su parte el bando anti-guerra, encabezado por Asimov, Dick, Bradbury o Ellison, declaraban explícitamente que «Nos oponemos a la participación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam».

Nunca antes la comunidad de escritores de ciencia ficción había hecho pública una división política tan explícita. El género dejaba de ser un refugio ideológico homogéneo. A partir de aquí, la CF ya no podrá sostener sin fisuras la épica militarista heredada de la Edad de Oro

El desastre de Vietnam provocó un trauma colectivo que se trasladó a la ficción especulativa, casi directamente. La idea de una ‘guerra limpia’, tecnológicamente precisa y moralmente justificada —tan presente en la CF de los 50— quedó destruida por las imágenes televisadas de Vietnam. Y frente a la tecnología heroica, algunos autores introducen el trauma psicológico (TEPT) y el absurdo burocrático como los verdaderos subproductos de la maquinaria militar. Entre muchas podríamos destacar la obra de Joe Haldeman o de Harry Harrison.

Harrison acude a la desmitificación burocrática y el humor absurdo en su serie Bill, el héroe galáctico (1965). Se trata de una crítica inmoderada a las novelas clásicas de CF y por otro también es una novela antibelicista, pues los militares son las verdaderas dianas con la que Harrison se recrea cuando escribe las aventuras de Bill.  En un momento Bill dice en la novela «El reclutador le había prometido aventura y gloria en las estrellas. Nadie le mencionó que su principal ocupación sería abrillantar los zapatos del sargento y que su armadura olería a sudor rancio durante tres años».

La sátira de Harrison convierte la tecnología de guerra en una trampa burocrática y desalmada que consume a sus propios ciudadanos, en lugar de protegerlos.

Haldeman por su parte escribe La guerra interminable en 1974 como una respuesta clara a Tropas del Espacio de Heinlein. La novela ganó el Hugo y el Nebula, señal de que el propio fandom estaba desplazándose hacia una sensibilidad crítica. El contraste con la visión de Heinlein no podía ser más evidente: donde Tropas del espacio glorificaba la disciplina y la eficacia, La guerra interminable mostraba la desorientación, el absurdo y la fractura emocional.

Describe una larga guerra interplanetaria con dos claves: la carrera armamentística de los contrincantes y las consecuencias relativistas de los viajes espaciales a velocidades cercanas a la luz. Haldeman utiliza la dilatación temporal de la física de la CF como la metáfora perfecta del aislamiento del soldado real que vuelve de Vietnam y descubre que su propio país le resulta un lugar alienígena.

Al final de la novela, cuando los soldados descubren que la guerra de siglos contra los taurinos se debió a un malentendido de comunicación, el protagonista reflexiona: «La guerra comenzó por un malentendido burocrático y continuó porque la maquinaria de guerra era incapaz de detenerse a sí misma».

Aquí la fuerza bruta, que era la solución heinleiniana, no arregla nada, solo se convierte en una máquina de destrucción de vidas sin fin, casi por inercia sistémica. Las guerras se saben más o menos como comienzan, pero nunca se sabe cómo ni cuándo acaban. La CF militarista había prometido orden, disciplina y eficacia. Vietnam reveló que, en la práctica, la maquinaria bélica era incapaz de detenerse incluso cuando la guerra había perdido todo sentido.


[i] Coke, Peter: “American Science Fiction Literature and the Vietnam War” (2021)

[ii] Franklin, H. Bruce: «The Vietnam War as American Science Fiction and Fantasy» (1990)

[iii] Bacevich, Andrew: The New American Militarism: How Americans Were Seduced by War (2005)

[iv] Seed, David: American Science Fiction and the Cold War (1999)


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