Mujer, feminismo, ciencia ficción

GRM Brainfuck: Una distopía actual que no te dejará mirar hacia otro lado

Hoy presentamos un libro ácido y embarazoso. GRM Brainfuck es una novela que funciona como un artefacto literario explosivo: una mezcla de sociedad distópica, crítica política y estética grotesca que busca incomodar, sacudir y, sobre todo, impedir que el lector mire hacia otro lado.

Sybille Berg (Weimar, 1968) es una figura literaria de enorme peso en el ámbito germano, con 18 libros y 32 obras de teatro, por los que ha recibido numerosos premios; pero en España sigue siendo prácticamente una desconocida. Dramaturga, novelista, ensayista, agitadora cultural, Berg escribe desde una posición política radical y desde una sensibilidad que mezcla lo grotesco, la sátira y la crítica social más descarnada. Se ha convertido en una figura icónica de la subcultura alternativa alemana y cuenta con una gran base de fans entre la comunidad LGBTQ+ y las escenas artísticas europeas. En 2024 se presentó a las elecciones europeas por el llamado Partido de la Sátira y fue elegida eurodiputada. GRM Brainfuck es, quizá, su artefacto más contundente.

El libro se sitúa en un Reino Unido degradado, pero lo que describe —la precariedad, la violencia aleatoria, la desigualdad obscena, la vigilancia total— no pertenece a un mañana hipotético: es el paisaje social contemporáneo llevado al extremo. Berg no inventa un infierno, exagera el que ya habitamos.

Escribe desde la suciedad: viviendas derruidas, cuerpos malnutridos, abuso cotidiano, nihilismo juvenil. No hay concesiones ni alivio. Cada capítulo es, como dice una reseña, “una parte de una autopsia”. Ese uso del grotesco no es gratuito: estudios críticos recientes interpretan la novela como una forma de escritura‑cyborg, donde lo grotesco y lo carnavalesco funcionan como resistencia contra el tecno‑patriarcado blanco y la lógica neoliberal.

La novela incorpora la estética del grime, ese híbrido entre hip‑hop y techno que funciona como banda sonora de la marginalidad británica. Berg lo usa como forma de protesta, como ritmo de supervivencia y como estructura narrativa: fragmentaria, sucia, sincopada.

Don, Hannah, Karen y Peter son el núcleo emocional del libro. Berg los convierte en testigos y víctimas de un sistema que los condena desde el nacimiento. La empatía hacia ellos es el mecanismo que hace que la lectura duela: cada golpe, cada degradación, cada pérdida se siente como una acusación directa al lector.

Los golpes son más dolorosos porque la novela es directamente brutal: no plantea una decadencia “natural”, sino una estrategia de poder. Las élites no solo toleran la miseria: la necesitan, la impulsan. La precariedad es un recurso político. La exclusión es una herramienta de control. La violencia estructural es rentable. En este paisaje se materializa sin filtros la privatización de los servicios públicos y su degradación continua y descarnada.

Duele también porque Berg muestra sin metáforas ni medias tintas el control tecnológico de la población como una extrapolación de lo que ya existe: vigilancia algorítmica, rastreo de datos, gamificación de la obediencia, sustitución de la política por la gestión digital. Una maquinaria que convierte a los ciudadanos en datos y a los datos en obediencia.

La sexualidad atraviesa la novela sin filtros y sin jerarquías: cuerpos no normativos, identidades no binarias, relaciones queer, prácticas que rompen cualquier expectativa tradicional. No es un gesto provocador, sino una forma de mostrar que, en un mundo degradado, la sexualidad también es un territorio de vulnerabilidad y de resistencia. Berg escribe desde una sensibilidad que la comunidad LGBTQ+ reconoce como propia: cuerpos que no encajan, deseos que no se ajustan, identidades que sobreviven a pesar del entorno. En GRM Brainfuck, la sexualidad no es un tema, es un síntoma: revela quién tiene poder, quién lo pierde y quién intenta conservar un espacio mínimo de libertad en medio del control y la precariedad.

La lectura de GRM Brainfuck deja una sensación incómoda: en el mundo que describe Berg no hay salida, no hay estrategia que funcione, no hay resquicio para la acción colectiva. No porque la gente no quiera organizarse, sino porque el sistema ya ha previsto y neutralizado cualquier intento. Las formas clásicas de resistencia están controladas, vigiladas o directamente absorbidas. Y lo más inquietante: una parte de la población acepta con alegría el chip, la renta, la gamificación de la obediencia. La despolitización no es un accidente, es un diseño.

Para quienes creemos en la organización, en la resistencia y en la transformación social, esta ausencia de horizonte es casi una agresión. La novela parece decir: “Aquí no hay nada que hacer”. Pero esa clausura no es un diagnóstico del presente, sino una advertencia sobre el futuro. Berg no afirma que la realidad actual sea irremediable; afirma que si seguimos por este camino, lo será.

La desesperanza del libro no es un destino, es un aviso. Y es precisamente desde esa incomodidad donde la lectura se vuelve política: no porque ofrezca soluciones, sino porque muestra con crudeza lo que ocurre cuando las soluciones desaparecen. En ese sentido, su brutalidad no paraliza; alerta.

Por eso este libro, tan áspero y tan difícil, puede servir para recordar por qué luchamos. No para encontrar estrategias dentro de sus páginas, sino para entender qué está en juego fuera de ellas. La novela niega la esperanza en su mundo, pero la devuelve en el nuestro: nos obliga a mirar de frente aquello que combatimos y aquello que no podemos permitir que avance.

Es quizás lo que hace Sibylle Berg en su última novela La bella vita. No la he leído pero va de utopía: En el mundo desolador y cruel de GRM, que carecía de esperanza alguna, un hackeo bancario termina por desencadenar la revolución pacífica que da lugar al mundo utópico del nuevo libro de la autora alemana. 


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