Mujer, feminismo, ciencia ficción

Autoras europeas en la torturada primera mitad del siglo XX

Cicely Hamilton hacia 1907

✨Cicely Hamilton (1872-1952) fue una escritora, dramaturga, actriz y activista feminista inglesa. Participó activamente en el movimiento sufragista y escribió obras con un fuerte enfoque feminista, social y político. Su trabajo abarca desde novelas hasta ensayos y guiones teatrales, destacando por su capacidad para entrelazar la crítica social con narrativas poderosas. Theodore Savage (1922) es su obra más reconocida de ciencia ficción, una novela pionera que anticipa los peligros de la guerra industrial y los efectos devastadores de un colapso civilizatorio absoluto.


Para entender Theodore Savage, es imprescindible profundizar en la estatura política de Hamilton antes de 1922. No fue una sufragista moderada; fue una ideóloga clave del feminismo británico:

La deconstrucción del matrimonio: En su ensayo más importante, Marriage as a Trade (1909), Hamilton argumentó que el matrimonio no era un destino natural biológico, sino una institución económica. Las mujeres eran educadas exclusivamente para el matrimonio porque era el único «oficio» que les permitía sobrevivir. Al privarlas de independencia financiera, el patriarcado las forzaba a intercambiar su cuerpo y su trabajo por seguridad.

El activismo a través del arte: Co-fundó en 1908 la Women Writers’ Suffrage League y la Actresses’ Franchise League. Escribió la famosísima obra de teatro How the Vote Was Won (1909) y la letra de The March of the Women, el himno oficial del movimiento sufragista militante (suffragettes).

La ruptura de la Gran Guerra: Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, Hamilton se unió al cuerpo de ambulancias y al hospital de campaña de las Scottish Women’s Hospitals en Royaumont, Francia. Ver los cuerpos destrozados y las ciudades arrasadas desafió las ideas dominantes de su época al cuestionar el supuesto avance del progreso y la tecnología. No solo eso; se convenció de que la ciencia y la tecnología en manos de los hombres conducían inevitablemente a la especie humana hacia el colapso y la barbarie. Theodore Savage es el resultado directo de ese trauma.


Publicada en 1922, Theodore Savage: A Story of the Past or the Future es una joya pionera de la ciencia ficción feminista y de la literatura del colapso civilizatorio.

La novela sigue a Theodore Savage, un burócrata del gobierno británico que vive una vida cómoda y libre de preocupaciones. Cree ciegamente en la permanencia de la civilización, articulada mundialmente en un Consejo Federal. Sin embargo, una guerra recibida en principio entre cánticos nacionalistas, pero inmediatamente devastadora, destruye los centros urbanos en cuestión de días a través de bombardeos intensivos e indiscriminados.

Se produce entonces un desplazamiento masivo de personas exhaustas y hambrientas. Tras un corto período como soldado, Theodore se convierte en un refugiado más que debe huir al campo profundo de Gran Bretaña. La destrucción es tan absoluta que la sociedad se colapsa por completo, obligando a los supervivientes a regresar a un estado de existencia primitivo.

Cicely Hamilton. Foto de Lena Connell. 1910

Hamilton fue profética y de una actualidad que estremece al anticipar el concepto de guerra total décadas antes de la Segunda Guerra Mundial, Hiroshima o el actual genocidio en Gaza. En la novela, el enemigo no busca meramente derrotar a un ejército en el frente, sino desatar el caos humanitario: «…el principio fundamental de la guerra moderna era el uso de la población civil enemiga como una fuerza destructiva auxiliar.»

Al destruir el suministro de alimentos, los transportes y las comunicaciones, el verdadero «enemigo» del civil pasa a ser su propio vecino hambriento. Hamilton describe descarnadamente cómo las autoridades militares cierran las fronteras fortificadas y dejan morir de hambre a los refugiados: «La boca inútil era el arma del enemigo; y la autoridad endureció su corazón por la fuerza contra el llanto de la boca inútil». La población civil es masacrada y, a la vez, utilizada como un vector de pánico para colapsar las estructuras remanentes del Estado.

A diferencia de la ciencia ficción de H.G. Wells, que a menudo veía la ciencia como una herramienta de progreso, Hamilton la describe como una fuerza inherentemente amenazadora cuando carece de controles morales. En la novela, el conocimiento científico no es una luz, sino la herramienta de la autoaniquilación humana.

Tras el colapso, los supervivientes imponen un tabú absoluto sobre cualquier máquina o libro. La ciencia es recordada como «la antigua magia que destruyó el mundo», y los ingenieros o médicos supervivientes son linchados. Nace así la historia cíclica que defiende Hamilton y de ahí el subtítulo de la obra —A Story of the Past or the Future—: el libro plantea que la humanidad ya ha alcanzado la cúspide tecnológica en el pasado y se ha destruido a sí misma múltiples veces. El mito de la «caída del hombre» o el «Edén» no es teología, es el vago recuerdo de una civilización industrial anterior que se borró a sí misma mediante el apocalipsis tecnológico.

Este es el núcleo donde el feminismo de Hamilton conecta con el colapso apocalíptico. En el nuevo mundo salvaje, las mujeres de clase media y alta urbana —que habían luchado por el voto, la educación y el refinamiento— se vuelven completamente desamparadas a ojos de la nueva sociedad brutal. Sin fábricas, leyes ni policía, el patriarcado más físico y violento regresa instantáneamente.

Hamilton lanza una advertencia devastadora sobre la desprotección de la mujer moderna, cuya aparente emancipación dependía enteramente de los servicios de la vida urbana: «Ella —torpe, sin recursos, superficial— era uno de los productos naturales e inevitables de una civilización mecánica; la cual, al ahorrarle molestias, la había atrofiado, interponiéndose entre la causa primaria y el efecto. El pan, para ella, era alimento comprado en un mostrador, no cultivado con esfuerzo en un campo…»

Hamilton está criticando la dependencia estructural impuesta a las mujeres por la modernidad. Y concluye que al derrumbarse esa modernidad de la que dependían, las mujeres pierden su voz, su individualidad y sus nombres, pasando a ser tratadas como propiedad valiosa solo por su capacidad de reproducirse y trabajar la tierra. Hamilton describe esto como una domesticación social y sexual forzada mediante la violencia. Las mujeres aceptan la sumisión absoluta y la pérdida de sus derechos ganados a cambio de protección contra las violaciones y el asesinato por parte de bandas itinerantes..

Hamilton realiza una deconstrucción brillante del nacimiento de las sociedades humanas, alejándose de visiones románticas:

Propiedad privada y excedente: El grupo de supervivientes en el que se integra Theodore no se une por altruismo o amor al prójimo. Se asientan en un territorio y lo primero que hacen es delimitarlo. En cuanto logran cosechar un pequeño excedente de grano, surge inmediatamente el miedo a que se lo roben, lo que consolida la propiedad y un sistema de trueque estrictamente vigilado. Hamilton lo ilustra con crudeza: «A lo largo de la larga amargura del invierno… todas las bocas hambrientas se esforzaban por mantener a raya a las demás bocas; […] ningún derecho de propiedad podía sostenerse contra el derecho de alguien más fuerte».

La fortificación y el miedo al «otro»: La tribu se cohesiona y se naturaliza exclusivamente a través del miedo al enemigo exterior. No hay un sentimiento de lealtad interna genuina; lo que mantiene a los hombres unidos y obedientes a las nuevas y brutales leyes comunitarias es el pánico a «las otras comunidades» o refugiados errantes. La identidad del grupo se construye definiendo al de fuera como un monstruo del que defenderse. Esta antropología del miedo y la propiedad refuerza, además, la reinstauración del patriarcado violento señalado en el apartado anterior.


Resulta inevitable trazar un puente directo entre Theodore Savage y otra obra fundacional de la literatura apocalíptica escrita por una mujer: El último hombre (1826) de Mary Shelley. Ambas autoras comparten un profundo escepticismo respecto a la perdurabilidad de los logros humanos y utilizan el fin del mundo para desnudarlos. Sin embargo, el destino que Hamilton diseña un siglo después es sustancialmente más desolador: mientras que la obra de Shelley contempla una devastación biológica (una plaga) que deja al último superviviente en una suerte de romántica soledad frente a una naturaleza intacta, Hamilton describe un colapso provocado enteramente por la mano del hombre, donde el fin es moral y de las estructuras sociales.

Es en esta pérdida irreversible de la ciencia donde la novela de Hamilton entabla un fascinante y sombrío diálogo anticipado con un clásico posterior del género: La tierra permanece (1949) de George R. Stewart. Ambas novelas comparten elementos antropológicos idénticos: el retorno forzoso a la barbarie, el olvido absoluto del conocimiento científico en el transcurso de una sola generación y la inevitable transformación de la vieja tecnología en mitos y magia rústica. En la novela de Stewart, las herramientas del pasado se sacralizan (como el icónico martillo de Ish, convertido en un tótem de reverencia); de igual manera, en la de Hamilton, las máquinas son temidas como antiguos demonios.

Sin embargo, el tono de ambos autores no podría ser más opuesto. La mirada de Stewart en 1949 es humanista, amable y enternecedora: la pérdida de la civilización se asume con una melancólica aceptación, y la nueva tribu mantiene una dignidad comunitaria donde la Tierra, al fin y al cabo, permanece. Hamilton, marcada por el horror inmediato de las trincheras de 1914, no concede esa tregua. En su obra no hay espacio para la ternura ni para el mito del buen salvaje; la pérdida del conocimiento científico arrastra consigo la pérdida de la empatía, el embrutecimiento moral y la reinstauración violenta de la esclavitud de la mujer. Si para Stewart el colapso es un nuevo y sereno comienzo para la Tierra, para Hamilton es una tragedia absoluta: la supervivencia biológica de la especie humana al precio de haber extraviado su propia humanidad.


En conjunto, Theodore Savage revela hasta qué punto Cicely Hamilton comprendió la fragilidad estructural de la modernidad y la vulnerabilidad política de sus conquistas. Su novela no solo anticipa el colapso tecnológico como destino posible de las sociedades industriales, sino que formula una advertencia feminista de enorme lucidez: los derechos conquistados por las mujeres pueden degradarse o incluso —como en la novela— desaparecer de forma súbita.

Hamilton desmonta así la ilusión de progreso lineal y expone que la barbarie no es un residuo del pasado, sino una posibilidad siempre latente en el presente. Recuperar su obra hoy significa devolver a la genealogía de la ciencia ficción y del feminismo una voz que vio con claridad aquello que el siglo XX confirmó con violencia: que la civilización es un pacto frágil y que su ruptura afecta primero —y más brutalmente— a quienes habían conquistado su lugar en ella más recientemente, las mujeres. Su voz tiene hoy plena actualidad, en un momento en que la posición de la mujer en el mundo está retrocediendo —como ha alertado el Informe Anual de ONU Mujeres— y sus derechos están siendo cuestionados y atacados en numerosos lugares del planeta.


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