Mujer, feminismo, ciencia ficción

Hay comparaciones que nacen de la experiencia del lector. Eso me ocurrió al leer la encantadora El último hombre blanco de Mohsin Hamid (n1971): a medida que avanzaba, regresaba una y otra vez a mi memoria La lluvia verde de Paul Tabori, (1908-1974) una novela publicada setenta y cinco años antes. Y que ya analizamos en este blog hace meses.

Paul Tabori – Mohsin Hamid

No porque ambas obras sean equivalentes, sino porque parten de un detonante narrativo casi idéntico: una mutación física masiva, inexplicable, exógena, que desestabiliza las identidades raciales.

Ese deja vu cognitivo es el origen de esta reseña. No se trata de forzar un paralelismo, sino de explorar cómo dos novelas tan distantes en época, estilo y sensibilidad plantean, en el fondo, la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando la identidad racial deja de ser estable?

Paul Tabori publica La lluvia verde en 1954, dentro de la tradición satírica británica que exagera para revelar el absurdo.

Mohsin Hamid escribe El último hombre blanco en 2022 desde una sensibilidad poscolonial y minimalista, donde lo político se filtra a través de lo afectivo.

Dos mundos distintos, dos tradiciones distintas, pero un mismo dispositivo narrativo: la metamorfosis corporal como transformación de identidades.

En ambas novelas, la metamorfosis es un fenómeno en principio inexplicable, que irrumpe sin aviso.

En La lluvia verde, la causa resulta ser humana pero absurda: unos científicos disparan un cohete con una sustancia que permita cultivas en sitios áridos. Pero la consecuencia es que tiñe la lluvia y vuelve verdes a millones de personas.

En El último hombre blanco, la causa es radicalmente inexplicable: Anders despierta con la piel oscurecida, y pronto descubre que el fenómeno se extiende sin origen, sin lógica, sin agente.

La diferencia es importante: Tabori imagina un experimento social involuntario, pero causado por humanos; Hamid imagina una metamorfosis sin origen, casi metafísica.

El origen es distinto pero las consecuencias similares: los seres humanos están cambiando de color y eso basta para que todo se tambalee

Aquí aparece la afinidad profunda entre ambas novelas.

Las dos comparten una intención antirracista clara: mostrar que la identidad racial es una ficción poderosa, sostenida por convenciones históricas más que por realidades biológicas.

Tabori ridiculiza el prejuicio mediante la sátira. Hamid lo desactiva mediante la ternura.

Ambos denuncian la arbitrariedad del racismo, pero desde registros distintos: Tabori, moralizante y humorístico; Hamid, afectivo y contemplativo.

La intención es compartida, pero el abordaje es claramente diferente.

Una de las sorpresas de esta lectura en paralelo es que ambos autores eluden los conflictos graves que inevitablemente habrían surgido si sucediera lo que plantean en la novela

Tabori los esquiva porque su sátira no busca realismo: quiere espejo deformante, no análisis sociológico.

Hamid, aunque deja ver algunos conflictos de soslayo, los desactiva casi solos y, en definitiva, también los esquiva porque su parábola quiere ternura: quiere imaginar un mundo donde el fin del privilegio racial se vive desde el duelo, no desde la violencia.

En ambos casos, la transformación masiva no desemboca en un conflicto abierto, sino en una especie de desorientación moral.

La novela de Hamid se sostiene en cuatro figuras entrañables: Anders, Oona y la madre de Oona y el padre de Andres. La metamorfosis racial se convierte en un proceso de cuidado, reconciliación y duelo.

El gesto más potente de Hamid es la muerte  y entierro del padre de Anders, que se convierte literalmente en El último hombre blanco.

No es solo una metáfora íntima: es también una metáfora natural. El fin del privilegio racial no llega con violencia, sino con un entierro. La desaparición de la identidad racial no es una revolución, sino un proceso orgánico: las diferencias raciales se disuelven porque la vida no las necesita. Hamid sugiere que el fin de la raza blanca -en cuanto identidad construida- no tiene por qué ser necesariamente un acto político, sino más bien un fenómeno natural, como la erosión de una montaña o la extinción de una costumbre.

Mohsin Hamid

La lectura de La lluvia verde ya señalaba la ausencia de perspectiva feminista: personajes femeninos arquetípicos, universalismo masculino, falta de interseccionalidad.

Hamid reproduce parte de esa ausencia, pero desde otro registro. Oona es un personaje entrañable y emocionalmente complejo, pero políticamente desactivado. La metamorfosis racial no se cruza con género, clase o sexualidad.

La novela no explora cómo la metamorfosis afectaría de manera distinta a mujeres y hombres, y ese silencio se nota más en 2022 que en 1954.

Tabori pertenece a la tradición satírica británica que usa la exageración para ridiculizar jerarquías. Hamid pertenece a la tradición poscolonial que usa la parábola para imaginar futuros posibles. Pero ambos comparten la misma intuición: la identidad racial es un teatro, y basta un gesto —una lluvia, un sueño— para que el decorado se derrumbe.

Eso sí, otras identidades (de género, de clase, de orientación sexual, de origen…) quedan oscurecidas en ambas novelas. Tiene cierta lógica en un texto escrito hace setenta y cinco años. La tiene menos en 2022, y menos aún en un autor tan sensible y tan atento a la decolonialidad.

El último hombre blanco es una novela breve, elegante y emocionalmente lúcida. Su fuerza está en la ternura; su límite, en la falta de fricción. Leída desde La lluvia verde, aparece como una versión contemporánea de la distopía amable: menos irónica, más introspectiva; menos grotesca, más emocional.

Ambas novelas plantean lo mismo: ¿qué ocurre cuando la identidad racial se diluye por la lluvia o por el sueño? La diferencia está en cómo lo cuentan: Tabori ríe para criticar; Hamid acaricia para imaginar.


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