1. Recuperar una novela perdida
¿Puede una novela de ciencia ficción escrita hace más de veinte años entender nuestro presente mejor que los análisis sociológicos actuales? A veces, el mercado editorial sepulta obras que, simplemente, llegaron antes de tiempo. Eso es exactamente lo que ocurrió con El Centro, la traducción de Maul que La Factoría de Ideas publicó en 2007.
Se trata de una novela extraña, híbrida, incómoda, que en España pasó casi inadvertida. Apenas dejó una estela de reseñas dispersas, entre ellas una que publicaba Santiago García Solans en 2008, que me sirve aquí como contrapunto.

En 2008, Solans describía El Centro como una novela “interesante, agradable para pasar un buen rato, sin excesivos alardes”. Hoy, releída casi veinte años después, esa valoración revela más sobre el momento cultural de entonces que sobre la obra.
Lo que entonces se leyó como una curiosidad con toques cyberpunk y un feminismo “bien entendido”, hoy revela una complejidad mucho mayor: una crítica feroz a la biopolítica, una exploración del deseo y la violencia, una anticipación inquietante de la cultura digital y una reflexión sobre la reproducción como campo de batalla político.
Recuperar El Centro es, en cierto modo, recuperar a Tricia Sullivan, su autora.
2. Tricia Sullivan: una autora fundamental que España ignoró
Tricia Sullivan nació en 1968 en Nueva Jersey. Su formación es tan híbrida como su obra. Estudió música y filosofía, y esa mezcla —sensibilidad corporal y pensamiento abstracto— atraviesa todas sus novelas. A principios de los noventa se trasladó al Reino Unido, donde se integró en una escena de ciencia ficción mucho más permeable a la experimentación que la estadounidense. Allí publicó una serie de obras que hoy se consideran fundamentales dentro de la ciencia ficción especulativa anglosajona, pero que nunca llegaron a España.
Antes de Maul (2003), Sullivan ya había escrito novelas que habrían encajado perfectamente en debates que aquí sí se estaban dando: Lethe (1995), sobre cambio climático e ingeniería genética; Someone to Watch Over Me (1997), sobre vigilancia y perplejidad mente/cuerpo. Dreaming in Smoke (1999), ganadora del Arthur C. Clarke Award, sobre inteligencia artificial y agencia femenina; Tras Maul, Lightborn (2011), sobre adolescencia y mutación; Occupy Me (2016), una obra inclasificable sobre activismo, metafísica y cuerpos transformados.





La obra de Sullivan está atravesada por preocupaciones feministas y socio-políticas muy claras: la explotación de los cuerpos, la violencia estructural, la reproducción como recurso político, la agencia en sistemas de vigilancia y control. Ha participado en debates sobre representación de género en la ciencia ficción y ha escrito sobre la invisibilidad de las autoras. Su compromiso feminista quizás no sea de pancarta, sino de pensamiento: usa la especulación para tensar las estructuras de poder.
En España, sin embargo, El Centro llegó como un libro aislado, sin conversación, sin comunidad crítica que la sostuviera. Quizá por eso se leyó como una novela “rara” cuando en realidad es una obra profundamente política.
3. El Zentro y el laboratorio: Dos historias, un mismo sistema biopolítico
La obra se estructura en capítulos alternos: dos historias aparentemente independientes que pronto revelan su vínculo. Sullivan no usa este montaje como simple recurso narrativo, sino como mecanismo crítico. Las dos líneas temporales y espaciales —el centro comercial y el laboratorio— son dos caras del mismo sistema biopolítico.

En el Zentro, adolescentes armados se enfrentan en una guerra performativa, casi ritual, donde la violencia se convierte en espectáculo. En el laboratorio, un equipo de mujeres experimenta con un clon masculino para intentar salvar a los pocos hombres supervivientes de una plaga que ha diezmado la población masculina. Ambas historias comparten una lógica de control, reproducción y vigilancia. Ambas muestran cómo los cuerpos —juveniles, femeninos, masculinos, clonados— son gestionados como recursos. De este modo, la violencia hiperconectada del centro comercial termina operando como el reflejo —o la simulación estética— de la brutalidad científica que ocurre dentro del laboratorio.
La alternancia no es un juego formal: es una forma de decir que la violencia juvenil y la violencia científica no son fenómenos aislados, sino expresiones distintas de un mismo sistema de poder.
4. Una pistola cargada: Deseo, incomodidad y la polémica escena inicial
Santiago Solans confiesa que estuvo a punto de abandonar el libro por la escena inicial, que describe como “semi porno” y “zafia”. Es una lectura reveladora: la incomodidad se interpretó como gratuidad. Pero Sullivan no busca erotismo fácil: busca incomodidad.
De la escena inicial, donde una adolescente se masturba con una pistola cargada, dice Xavier Riesco Riquelme en su reseña -también en 2008- que es “toda una declaración de principios sobre los contenidos de la novela: relaciones entre sexos, exploración de la violencia femenina, de la violencia masculina, de la sexualidad como artefacto cultural e imperativo biológico, deconstrucción feminista, construcción femenina, ironía sobre los arquetipos masculinos y la forma en la que las propias mujeres alientan esos arquetipos (una de las mejores partes de la novela)…”
5. Del centro comercial a TikTok: La gamificación de la violencia
La reseña de Solans en 2008 describe el Zentro como un espacio “con toques cyberpunk” y una “tibia crítica a la red de redes”. Es una lectura comprensible para la época, pero hoy resulta insuficiente. Lo que Sullivan construye en el Zentro es una anticipación inquietante de la cultura digital contemporánea: la gamificación de la violencia, la viralidad, la exposición pública, la performatividad del yo.

Esta genialidad ya se anticipa desde el propio título original de la obra, Maul. En inglés, el término funciona como un juego de palabras fonético: evoca a un mall (centro comercial), pero el verbo to maul significa literalmente «desgarrar» o «atacar brutalmente». Consumo y violencia salvaje unificados en una sola palabra.
Lo que en 2008 parecía exagerado —adolescentes que cuelgan vídeos sin control, anonimato, reputaciones destruidas en segundos— hoy es cotidiano. Sullivan anticipa dinámicas que hoy asociamos a TikTok, Twitch o la lógica del “contenido”: la vida convertida en espectáculo, la violencia como entretenimiento, la identidad como performance.
El Zentro no es solo un escenario de acción frenética: es una crítica a la estetización de la violencia y a la cultura del consumo como forma de subjetividad. Los adolescentes no solo se matan: se graban, se narran, se convierten en personajes. La violencia es un producto.
6. El laboratorio: Cuando el poder femenino no es emancipador
La segunda historia es la parte más especulativa de la novela, y también la más política. En ella un sujeto masculino, clon y además autista, en un mundo donde los hombres han sido casi erradicados por una serie de superinfecciones, se ve sometido a un experimento biológico en un laboratorio de mujeres para intentar encontrar un remedio a esa pandemia. La reseña de Solans concluye sobre esta parte: “¿Está justificado el dolor, la experimentación sobre un individuo si es en pos de encontrar la cura para la especie?”

Es una pregunta y una inquietud pertinente. Pero Sullivan propone además otros niveles. El laboratorio es un espacio de poder femenino, pero no emancipador. Es un lugar donde la reproducción se convierte en recurso político, donde los cuerpos masculinos son gestionados como bienes escasos y donde el clon es un sujeto sin derechos, creado para ser torturado, estudiado, explotado.
La novela plantea preguntas incómodas: ¿qué ocurre cuando la reproducción se convierte en un bien estratégico? ¿qué pasa cuando el poder científico se ejerce sin límites éticos? ¿cómo se articula la violencia cuando quienes la ejercen son mujeres en un sistema desesperado por perpetuarse?
7. Contra el «feminismo amable»: La incomodidad como herramienta política
Solans en su reseña entiende que Sullivan plantea un “feminismo bien entendido”, una expresión que hoy suena a feminismo amable, sin conflicto, sin aristas; un feminismo que la novela desarticula desde su primera página.
“No plantea una superioridad por parte de ellas en todos los campos…”. Exacto. Sullivan no idealiza a las mujeres: las muestra como sujetos complejos, capaces de crueldad, traición, violencia y deseo. La novela desmonta la idea de que basta con cambiar quién ocupa el poder para transformar el sistema. El laboratorio es un espacio de poder femenino, pero reproduce las mismas lógicas de explotación que cualquier estructura patriarcal.
Este feminismo incómodo es uno de los grandes valores de la novela: no ofrece respuestas fáciles, no construye utopías, no idealiza. Muestra cómo el poder puede corromper, independientemente del género. Y pese a ello —y esa es parte de la fertilidad de la novela— Sullivan dialoga con debates feministas sobre biotecnología, reproducción asistida, cuerpos vulnerables y ética del cuidado.
El Centro es una novela que se adelantó a su tiempo, y quizá por eso en España no supimos leerla. Hoy, sin embargo, su rareza la convierte en un artefacto especulativo valioso: una obra que merece ser recuperada, releída y situada en la tradición feminista y biopolítica de la ciencia ficción anglosajona.

Tricia Sullivan merece un lugar en la conversación sobre ciencia ficción feminista y especulativa. Y El Centro, con su mezcla de acción frenética, especulación biotecnológica y crítica social, es el punto de partida ideal para devolverla al mapa.
