Silkpunk: tecnologías que respiran, identidades que se rebelan
Hay géneros que nacen como estética y géneros que nacen como ruptura. El silkpunk pertenece a la segunda categoría. En 2015 el autor chino-estadounidense Ken Liu empieza a publicar su saga de la Dinastía del Diente de León —la tetralogía formada por La gracia de los reyes, El muro de las tormentas, El trono velado y Huesos que hablan—, y acuña un término —silkpunk— para englobar tanto su estética tecnológica como su enfoque literario.
El propio Ken Liu explica con detalle qué quiere decir con esa nueva palabreja que ha empezado a designar un nuevo subgénero de la ciencia ficción.
Cuando Ken Liu acuña el término, no está inventando un decorado asiático para un retrofuturismo amable: está proponiendo un cambio de paradigma tecnológico. Una forma de imaginar máquinas, cuerpos y energías que no obedecen la genealogía industrial occidental. La clave está en la primera parte de la palabra, el “silk”.
«El vocabulario del lenguaje tecnológico —dice— se basa en materiales de importancia histórica para los pueblos del este de Asia y las islas del Pacífico: bambú, conchas, coral, papel, seda, plumas, tendones, etc.». Y ello permite hacer uso de la «biomimética[i]: los dirigibles regulan su sustentación por analogía con las vejigas natatorias de los peces, y los submarinos se mueven como ballenas en el agua…».




Pero el silkpunk no es sólo una estética: es al tiempo una crítica. Una forma de decir que la modernidad no es propiedad de Europa, que la tecnología no tiene por qué reproducir la lógica imperial, que el futuro puede construirse con fibras, tejidos y lenguajes que no caben en la ingeniería victoriana, como hace el steampunk. Liu recupera valores expulsados por la modernidad industrial: la organicidad, la flexibilidad, la comunidad como red, la tecnología como extensión del cuerpo.
Y sobre todo recupera algo que el steampunk y otros punks que pretenden definir nuevos subgéneros de la ciencia ficción nunca tuvieron: el propio punk. «Tal como yo lo uso —dice Liu—, es funcional; de hecho, es más importante que la parte silk». Porque lo que él hace es recuperar el espíritu original del punk asociado al ciberpunk que materializara William Gibson en Neuromante: el anti, la disidencia, la búsqueda de identidades no domesticadas.
Así, «las novelas silkpunk tratan sobre la rebelión, la resistencia, la reapropiación y la revitalización de la tradición, así como el desafío a la autoridad, pilares estéticos clave del movimiento punk».
2. Neon Yang y el Tensorado: cuando el silkpunk se convierte en historia de cuerpos que se rebelan
Neon Yang (Singapur, 1982) irrumpe en la ciencia ficción con una propuesta que lleva el silkpunk a un territorio más radical. Si en Ken Liu el silkpunk es una crítica a la genealogía tecnológica occidental —y al colonialismo y racismo de los propios EE.UU.—, en Yang se convierte en un territorio donde la tecnología se entrelaza con la experiencia del cuerpo y la identidad. Su Saga del Tensorado —la tetralogía formada por Las mareas negras del cielo, Los hilos rojos de la fortuna, El descenso de los monstruos y El ascenso de lo divino— no utiliza el silkpunk como estética ni como sistema filosófico, sino como marco de autodefinición. La tecnología no es un decorado: es una forma de vida. La energía no es un recurso: es la gramática que organiza la vida en el Tensorado. Es una negociación permanente que atraviesa cada gesto, cada ritual y cada conflicto de sus personajes.




2.1. Un mundo donde la energía define la vida y el género no está marcado
El Tensorado es un imperio que controla el Remanso (Slack en la versión inglesa), una fuerza que combina energía, tiempo y materia, y que atraviesa cada forma de vida. A través de la remancia —un arte que mezcla ritual, sensibilidad y conocimiento— los personajes pueden manipularlo. El Remanso permite mover objetos, alterar el clima, sanar heridas o destruir ciudades. Es un flujo omnipresente, casi espiritual, pero administrada por el Estado como si fuera un recurso burocrático. Quien domina el Remanso domina el mundo.
En este universo, nadie nace con un género asignado. La infancia es un espacio de indeterminación, y más adelante cada persona elige su género, pero también puede optar por definirse de adulto como no binario. Es verdad que la elección se convierte en un ritual público y que existen presiones políticas. Pero es sin duda un hallazgo liberador que rompe con el dogma de que todos nacemos marcados y obligados por un género. Se trata de un acierto muy significativo de esta novela que dialoga perfectamente con La mano izquierda de la oscuridad de Úrsula K. Le Guin.
La Saga del Tensorado, a este respecto, nos depara otra agradable sorpresa. Es uno de los pocos libros traducidos al castellano que puedes leer en lenguaje no binario directo. Es de justicia citar la labor titánica que ello ha supuesto para le traductore, Carla Bataller, como ella explica perfectamente en el posfacio del 4º libro.

2.2. Una obra repleta de diversidad plasmada en distintas perspectivas vivificantes
La saga se abre con dos personajes que encarnan desde el inicio esa tensión entre cuerpo, poder y destino: les gemeles Mokoya y Akeha, hijes de la dictadora del Tensorado, la Protectora. Nacen con un don extraordinario —las visiones proféticas de Mokoya y la sensibilidad política de Akeha— y, para saldar una deuda, la Protectora los entrega al Monasterio. Allí pasan su infancia y adolescencia, rodeados de rituales, estudios y el aprendizaje de la remancia, la manipulación del Remanso que estructura la vida en el Tensorado
La primera novelita se centra en Akeha, que descubre que la única forma de existir es desobedecer. Gracias a Rider —un enigmático y atractivo personaje— Akeha descubre que puede vivir como persona no binaria, incluso de adulte.
La historia avanza siguiendo sus vidas, sus elecciones y sus rupturas. El segundo librito se centra en Mokoya, que ha sufrido una tragedia inenarrable al perder a su hija y quedar ella gravemente herida, y ahora lucha por controlar su don de profeta para que no sea usado como arma por el Protectorado.
Yang nos sorprende abandonando a los dos protagonistas en la tercera novelita para describirnos una investigación sobre los horrores de los experimentos del Protectorado. Y lo hace cambiando de registro a través de las cartas de la refrescante tensora disidente Chuwan Sariman.
La última novela opera un nuevo giro narrativo. A través del monólogo beodo de Lady Han, nos explica cómo llegó a convertirse Sanao Hekate —que acaba de morir— en la cruel y despiadada Protectora que conocemos. Seguiremos las historias de amor y venganza de Lady Han, conoceremos la historia de les maquinistes y cómo ella misma se transformó en una de elles porque su amor, Sanao, la privó de su capacidad de elegir.
2.3. El Remanso: energía del poder, lenguaje de resistencia
En manos de Yang, el silkpunk deja de ser una estética tecnológica para convertirse en una política del cuerpo. El Remanso es, ante todo, una energía administrada por el Estado: una fuerza que permite sostener infraestructuras, rituales, jerarquías y formas de control. Pero esa misma energía, cuando pasa por el cuerpo, puede también desviarse, reescribirse, convertirse en fuga. La remancia no es solo una técnica imperial: es también una forma de desafiar el orden que pretende fijar quién eres.
Por eso los personajes del Tensorado no buscan estabilidad. Buscan fricción, transformación, ruptura. La fluidez —que en Ken Liu era un valor estético— se vuelve aquí una forma de supervivencia y también de combate. Todo puede cambiar: el cuerpo, el género, la lealtad, la magia. La identidad no es un destino, sino una serie de decisiones tomadas en medio del conflicto.

Y esa resistencia no es pasiva. Es íntima, sí, porque nace del cuerpo y del deseo; pero es también épica, porque se enfrenta a un poder que controla la energía, la tradición y el futuro. Mokoya, Akeha y quienes se rebelan contra el Tensorado no solo cuestionan el sistema: lo desafían, lo tensan, lo ponen en peligro. La remancia se convierte en arma, en refugio, en herramienta de insurrección. Resistir implica actuar, arriesgar, romper vínculos, desafiar rituales, enfrentarse a la Protectora y a todo lo que ella representa.
La saga está llena de conspiraciones, batallas, criaturas mágicas y secretos imperiales, pero su núcleo es íntimo: cómo se vive cuando el poder quiere decidir por ti. Cada transformación de Mokoya, cada ruptura de Akeha, cada gesto de quienes se rebelan contra el Tensorado es una forma de decir que el cuerpo no es un territorio que pueda ser administrado. La épica no está solo en las grandes escenas de acción, sino en la persistencia de quienes se niegan a ser definidos por el Estado.
El silkpunk, en Yang, es el espacio donde esa lucha se vuelve posible: una tecnología viva que permite imaginar cuerpos que no obedecen, energías que no se dejan canalizar y futuros que no están escritos, porque aún están por imaginarse.
3. El silkpunk como disidencia codificada
El Tensorado es un régimen que clasifica, ordena, canaliza. Sus tecnologías son sofisticadas, pero su objetivo es simple: controlar quién eres. Frente a eso, los personajes de Yang encarnan la disidencia como motor narrativo. No buscan estabilidad, sino fricción. No buscan pertenecer, sino transformarse. La mutabilidad —que en Liu era un valor estético— se convierte en Yang en una estructura política: todo fluye, todo puede cambiar, todo puede ser reescrito. La identidad es un proceso, no una categoría.
El silkpunk de Yang recupera y reconfigura valores que la modernidad industrial expulsó: la tecnología orgánica, la fluidez estructural, la comunidad en red, la autodeterminación ritual, la memoria cultural como ingeniería. Pero añade algo decisivo: la disidencia como forma de vida. En el Tensorado, resistir no es un acto heroico: es una forma de existir. La ficción no es un refugio: es un laboratorio donde se ensayan identidades que no pueden ser domesticadas.
Quizá por eso el silkpunk funciona tan bien como metáfora de nuestro presente. No porque nos ofrezca un futuro alternativo, sino porque nos recuerda que la tecnología siempre es política, que los cuerpos siempre son territorios en disputa, que la identidad siempre es una negociación entre deseo y poder. Y que imaginar tecnologías que respiran es, en el fondo, imaginar sujetos que respiran también.
El silkpunk no es bambú y seda. Es disidencia codificada. Es la posibilidad de que el futuro no se parezca al pasado que nos impusieron.
[i] La biomimética estudia los diseños, procesos y mecanismos de la naturaleza para inspirarse y resolver problemas humanos de manera sostenible. Su premisa es simple: millones de años de evolución han perfeccionado soluciones eficientes y respetuosas con el medio ambiente. Emulando sistemas biológicos, se pretende que la tecnología humana sea más eficiente, multifuncional y respetuosa con los ciclos naturales, aportando directamente a la sostenibilidad y a la reducción de residuos.
