Mujer, feminismo, ciencia ficción

La historia de la ciencia ficción suele olvidar nombres que fueron cruciales para expandir los límites del género. En España, el nombre de Suzette Haden Elgin (1936-2015) es apenas conocido. Aparte de unos pocos relatos dispersos en antologías, solo se publicaron aquí su obra fundamental, Lengua materna, y su continuación, La Rosa de Judas, quedando inédita la tercera parte de la trilogía, Earthsong.

Pero Elgin no fue una autora más: fue una militante feminista que llevó el género a un territorio político y lingüístico inédito. Nos dejó una de las definiciones más potentes del género de la ciencia ficción desde esa óptica:

«La ciencia ficción es el único género de la literatura en el que es posible que una escritora explore la pregunta de qué sería este mundo si pudiese deshacerse de [X], donde [X] puede ser cualquiera de los hechos del mundo real que limitan y oprimen a las mujeres»[i].

Desde ese punto de partida, ya en los años 80, dialogó con uno de los debates más encendidos de nuestro presente: la disputa por el lenguaje como espacio de poder. Elgin no se conformó con escribir ciencia ficción feminista. Intentó algo más arriesgado: crear una lengua que corrigiera las cegueras del patriarcado.

Nacida en Misuri, en los años 60 compaginaba la crianza de cinco hijos con una sólida carrera académica: fue la primera estudiante en su universidad en presentar dos tesis doctorales simultáneas (inglés y navajo). Empezó a escribir ciencia ficción por una razón tan terrenal como pagarse los estudios, pero pronto convirtió el género en su laboratorio político feminista.

Su obra más conocida —la única traducida en España— es la citada trilogía de Lengua materna (Native Tongue); pero su producción narrativa exploró mundos donde la comunicación y el poder siempre estaban en conflicto:

Saga de Coyote Jones: Una serie de novelas (como The Seventh Man o At the Seventh Level) donde un investigador con poderes psíquicos viaja a planetas con estructuras sociales y lingüísticas complejas.

Trilogía de Ozark: Donde mezcla la fantasía y la ciencia ficción, reflejando su amor por la cultura de las montañas donde vivió y donde fundó el Ozark Center for Language Studies.

Poesía y comunidad: Fundó la Science Fiction Poetry Association en 1978, defendiendo que la sensibilidad artística y la técnica debían ir de la mano.

Todo ello dibuja un perfil coherente: una autora para la que el lenguaje nunca es neutro, sino el lugar donde se decide quién cuenta y quién queda fuera del relato.

Publicada en 1984, en Lengua materna Elgin plasma su idea de que la revolución feminista debe empezar por el lenguaje. La novela imagina un siglo XXII donde las mujeres han perdido todos sus derechos: no pueden poseer bienes, no votan, no tienen ninguna autonomía. La sociedad ha involucionado hacia un patriarcado absoluto. Esa atmósfera opresiva anticipa en un año la que describiría Margaret Atwood en El cuento de la criada. Como en la obra de Atwood, este libro de Elgin pone de manifiesto de forma premonitoria la facilidad con que podrían desaparecer nuestros derechos y lo mucho que nos falta aún por mejorar.

La trilogía Lengua Materna

En este futuro, sin embargo, el comercio interplanetario ha convertido la interpretación de lenguas alienígenas en un bien estratégico. Las «Líneas» o dinastías de lingüistas son los nuevos amos del poder. Desde recién nacidos, los hijos e hijas de estas líneas son sometidos a una interfaz con seres de otros mundos para que el lenguaje alienígena se convierta en su verdadera lengua materna y puedan interaccionar para el comercio interplanetario.

Es una de las pocas áreas donde las mujeres desempeñan un papel importante, siempre supeditadas a las líneas o linajes que controlan los hombres. La protagonista, Nazareth Chornyak, pertenece a ese mundo de élite, pero su cuerpo y su mente están al servicio de un sistema que no controla.

Mientras tanto, en las Casas Estériles está sucediendo algo que los hombres no controlan. No son clandestinas: son instituciones oficiales donde se recluye a mujeres consideradas inútiles para la reproducción o para las Líneas. Espacios de desecho. Pero es precisamente ahí, en el margen más profundo del sistema, donde surge la grieta: las mujeres comienzan a construir un lenguaje propio, el Láadan, como forma de comunidad y resistencia.

Elgin describe con precisión cómo el lenguaje alienígena, el humano y el Láadan compiten por definir la realidad de las mujeres. Y cómo la comunidad y una hermosa sororidad se convierte en el motor de la resistencia. La novela plantea una idea novedosa en el feminismo y en la ciencia ficción de entonces: la revolución no empieza cuando se alzan las armas, sino cuando se altera la gramática que sostiene la dominación.

Antes que novelista, Elgin fue lingüista. Y esa faceta la trasladó a la ficción. Pero no se quedó ahí. Su compromiso la llevó a un terreno casi inexplorado: la creación de una lengua: el Láadan. Una lengua de las mujeres que pretendía asignarle palabras al mapa de sus percepciones que el lenguaje común dejaba en el limbo. No fue solo un recurso para sus novelas de la trilogía Lengua Materna; Elgin llegó a publicar un diccionario y una guía gramatical (A First Dictionary and Grammar of Láadan) con la intención de que las mujeres tuvieran una herramienta en la vida real para nombrar su propia percepción del mundo. Un proyecto que nacía de su posición académica: una lengua es un trampolín desde el que se puede transformar la sociedad.

El núcleo intelectual de esta posición se basaba en la hipótesis lingüística de Sapir-Whorf. Básicamente, esta hipótesis sostiene que el idioma que hablamos determina nuestra forma de pensar, percibir y conceptualizar el mundo, sugiriendo que hablantes de diferentes lenguas viven en «realidades» distintas. Este determinismo hoy está ampliamente cuestionado en lingüística.

Pero, aunque podría haber optado por una versión más débil de la hipótesis —la que sugiere que el lenguaje influye en el pensamiento y facilita ciertas formas de procesar la información, pero no limita la capacidad cognitiva—, Elgin se lanzó de cabeza a la versión fuerte: si no tienes una palabra para un concepto, ese concepto es «invisible» para tu mente y, por tanto, no puedes cambiar tu realidad.

Esta idea ha sido un filón para la ciencia ficción. Jack Vance, por ejemplo, llevó la hipótesis al extremo en Los lenguajes de Pao (1958), mostrando cómo se puede «programar» a una población simplemente cambiándoles la gramática. Pero mientras Vance lo usaba como un experimento de ingeniería social casi tiránica, Elgin lo usa como una herramienta de emancipación. Su planteamiento era radical: si el lenguaje que usamos es androcéntrico y está diseñado por hombres, las mujeres viven en una realidad que no les pertenece porque no pueden ni siquiera nombrarla.

Algunos ejemplos que ella misma propone lo ilustran mejor: “¿Qué palabra podría expresar cuando una siente, como si fuera propio, el dolor, la alegría o la furia de otra persona? ¿Cómo describir la acción de comer de más cuando no se tiene control sobre nada en la vida excepto la comida, como una forma de gratificación desesperada? ¿Cómo nombrar ese temor tan frecuente a un evento supuestamente festivo que, en realidad, es una carga pesada y una ocasión temida?

A pesar de su empeño, Elgin terminó sus días decepcionada con la recepción de su proyecto lingüístico. Le dolía que lenguas inventadas como el Klingon de Star Trek se convirtieran en fenómenos de masas mientras que el Láadan permanecía en la sombra. En una entrevista que le hizo en 2007 la crítica Jenna Glatzer afirmaba:

«Native Tongue fue un experimento mental con un plazo de diez años. Mi hipótesis era que, si creaba un idioma diseñado específicamente para proporcionar un mecanismo más adecuado para expresar las percepciones de las mujeres, estas (a) lo adoptarían y comenzarían a usarlo, o (b) aceptarían la idea, pero no el idioma, dirían: «¡Elgin, lo has entendido todo mal!» y crearían otro » idioma femenino» para reemplazarlo. Pasaron los diez años y ninguna de las dos cosas sucedió […]

El idioma klingon, tan «masculino» como se pueda imaginar, ha tenido un impacto tremendo en la cultura popular […]; nada parecido ocurrió con el Láadan. Por lo tanto, mi hipótesis resultó inválida, y la conclusión que extraigo de ello es que, de hecho, las mujeres no consideran que los idiomas humanos sean inadecuados para la comunicación» [ii] [iii]

Elgin no hablaba español, pero su proyecto concretado en el Láadan toca de lleno tres debates actuales en España:

1. El masculino genérico como mecanismo de invisibilización

Elgin parte de la idea de que la lengua heredada refleja la mirada del grupo dominante. En España, el debate sobre el masculino genérico (“los ciudadanos”, “los alumnos”, “los escritores”) es exactamente eso: ¿qué realidades quedan fuera cuando el masculino se presenta como neutro?

2. La disputa entre “cambiar la lengua” vs “cambiar la sociedad”

En España, este debate está vivo. ¿El cambio de la forma de usar el lenguaje —desdoblamientos (“todas y todos”), el femenino como genérico— ayuda a cambiar la realidad de la opresión femenina? ¿O hay que transformar las estructuras sociales que perpetúan la desigualdad para que el lenguaje cambie después? ¿O ambas cosas deben transitar simultáneamente retroalimentándose mutuamente?
Elgin se posiciona radicalmente: primero la lengua, luego la realidad.

3. El esencialismo lingüístico

Elgin propone una lengua “para mujeres”. En España, el feminismo actual discute precisamente lo contrario: ¿existe una experiencia femenina universal que pueda codificarse lingüísticamente? Elgin es visionaria, pero también hija de un feminismo de los 70 en el que a veces asomaban posiciones esencialistas..

Elgin fracasó en su intento de crear una lengua emancipadora como ella misma reconoció amargamente. Pero su fracaso ilumina el terreno donde seguimos luchando. Porque el fracaso del Láadan no invalida la pregunta que lo originó. En España, donde el debate sobre el lenguaje inclusivo sigue polarizando a la sociedad, la obra de Elgin nos recuerda que las lenguas nunca son neutrales y que disputar las palabras es disputar el poder.


[i] Un buen ejemplo de su pensamiento es el artículo “Por qué una mujer no es como un físico” (1982), donde reflexiona sobre mujeres, ciencia ficción, realidad y lenguaje. Lola Robles lo recuperó en su blog.

[ii] Ver Interview With Suzette Haden Elgin by Jenna Glatzer.2007

[iii] Existe incluso un blog dedicado exclusivamente al lenguaje Láadan: https://laadanlanguage.com/


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