Mujer, feminismo, ciencia ficción

La primera vez que leí El muro lo hice casi sin respirar. Es una de esas novelas que te atrapan desde la primera página y te obligan a seguir, no por tensión argumental, sino por una especie de gravedad interior.

Mi impresión inicial fue la de estar ante una novela profundamente feminista y, al mismo tiempo, un canto a la naturaleza como espacio de reparación. Esa lectura me acompañó durante años. Sin embargo, al volver a la obra para escribir esta reseña, me encontré con un paisaje interpretativo abrumador: lecturas contradictorias, debates sobre la intención de Haushofer, análisis biográficos que complican la figura de la autora.

Lejos de invalidar mi primera lectura, esa complejidad me obligó a afinarla. Y quizá por eso El muro sigue siendo una novela tan viva: porque no se deja reducir a una sola clave.

Marlen Haushofer

Su autora, Marlen Haushofer (1920–1970), vivió una vida marcada por la dificultad de encontrar un espacio propio para escribir. Entre las obligaciones domésticas, la falta de reconocimiento y una sensación persistente de insuficiencia, su biografía está atravesada por la tensión entre la creación literaria y las convenciones sociales de su época. No explica El muro, pero sí ilumina el trasfondo desde el que la novela adquiere su fuerza. Volveré sobre ello más adelante.

Aislamiento, naturaleza y libertad: el núcleo temático de El muro

La novela no comienza con un salto a un mundo extraño, sino con una situación cotidiana: la protagonista —de la que nunca sabremos su nombre— acompaña a una pareja amiga a una cabaña de montaña. Un día ellos salen a hacer un recado y no regresan. Al ir a buscarlos, descubre que una pared invisible la separa del resto del mundo. Ese punto de partida, tan concreto como inexplicable, es fundamental: el aislamiento no es una elección sino un hecho abrupto que corta de raíz su vida anterior.

Fuera del muro el mundo exterior está detenido, como congelado en un instante. Personas y animales aparecen inmóviles, petrificados en medio de sus actividades. No hay violencia visible, ni destrucción, ni explicación. Solo una quietud absoluta. Ese “congelamiento” del mundo funciona como una especie de muerte sin drama, una desaparición silenciosa de la humanidad.

A partir de ese momento, el muro se convierte en un dispositivo narrativo que suspende todas las obligaciones sociales que definían su vida. Desaparecen las expectativas familiares, la mirada ajena, la necesidad de cumplir. La soledad no aparece como castigo, sino como una forma inesperada de libertad. La protagonista no intenta derribar el muro ni buscar a otros supervivientes: aprende a vivir fuera de la sociedad.

En ese proceso, la naturaleza adquiere un papel central. No es un decorado ni un entorno hostil, sino un espacio de relación. La protagonista observa, cuida, interpreta y se adapta. Su vínculo con los animales —el perro, la vaca, la gata— es práctico y afectivo a la vez. La naturaleza se convierte en un lugar donde la vida se ordena de otra manera, sin jerarquías humanas ni roles impuestos.

Esa armonía, sin embargo, no es idílica ni permanente. Hacia el final de la novela aparece otro ser humano, un hombre cuya presencia es inexplicable y cuya violencia destruye en segundos el frágil equilibrio que la protagonista había construido. La mujer se ve obligada a matarlo. Ese acto no la devuelve al mundo humano: lo confirma como un lugar del que ya está fuera.

El muro es una reflexión sobre lo que queda de una persona cuando se despoja de todo lo que la sociedad espera de ella. Y la respuesta que ofrece la novela no es desesperada, sino sorprendentemente serena: queda la capacidad de observar, de cuidar, de resistir y de encontrar un lugar propio en el mundo natural.

Como escribió Doris Lessing, captando con precisión la esencia de esta experiencia:
La pared es una novela maravillosa. No es frecuente que se pueda decir que solo una mujer podría haber escrito este libro, pero las mujeres en particular comprenderán la devoción amorosa de la heroína por los detalles para hacer una vida sostenible; cada día es sentido como una victoria contra todo lo que nos quiere socavar y destruir. Es tan absorbente como Robinson Crusoe”.

Una lectura desde la ciencia ficción y el feminismo

La etiqueta de “novela feminista” se ha aplicado con frecuencia a El muro. Sin embargo, la propia biografía de Haushofer —marcada por la resignación, la dependencia y la dificultad para reclamar un espacio propio— complica cualquier lectura lineal. Precisamente por eso, la pregunta no es si la autora era feminista, sino qué tipo de subjetividad femenina construye la novela.

Lo primero que llama la atención es que la protagonista no se define por su rol social. Al contrario que la propia autora no es madre, ni esposa, ni cuidadora de nadie más que de los animales que la acompañan. El muro elimina de un golpe todas las expectativas que la sociedad proyecta sobre una mujer adulta. Y en ese vacío, lejos de derrumbarse, la protagonista encuentra una forma de vida que no está mediada por el género. Su identidad se vuelve móvil, casi neutra, como si la desaparición del mundo humano le permitiera despojarse de una capa que nunca le perteneció del todo.

Este desplazamiento coincide con una de las líneas más interesantes de la ciencia ficción feminista: la exploración de mundos donde la identidad de género deja de ser un destino. En ese sentido, la novela contiene momentos de una lucidez sorprendente, como este pasaje: «Me había vuelto muy delgada… La feminidad de mis cuarenta se había desvanecido, con los rizos, la ligera papada y las caderas redondeadas. Al mismo tiempo, perdí la conciencia de ser mujer. Mi cuerpo, más inteligente que yo, se había adaptado y había reducido al mínimo las incomodidades de mi feminidad. Podía olvidar fácilmente que era mujer. A veces era una niña recogiendo fresas, luego un joven serrando leña, o, cuando me sentaba en el banco con Pearl [la gata] sobre mis delgadas rodillas y contemplaba la puesta de sol, un ser muy viejo y sin sexo»

Simone Frieling [[i]], en su reseña biográfica de la autora, sostiene que “la mujer sin nombre no tiene género, es simplemente humana y, precisamente por eso, es libre”. A partir de esa afirmación concluye que una lectura feminista sería descabellada. Sin embargo, esa neutralidad del cuerpo —ese despojamiento del género— puede leerse justo al revés: como una intuición radical sobre lo que ocurre cuando desaparecen las estructuras que organizan la vida de las mujeres. Es una intuición que nos permite leer El muro como una obra que anticipa algunas de las preguntas que se formula el feminismo contemporáneo: ¿Qué queda de una mujer cuando se despoja de los roles que la definen? ¿Qué formas de libertad son posibles fuera de la estructura social? ¿Puede la naturaleza ser un espacio de reparación frente a un mundo que exige demasiado?

Como señala Alba González [[ii]]: “El texto cuenta con una interesante mirada introspectiva. La mujer ahonda en las vicisitudes de su vida anterior mostrando, con cierta timidez, la total dedicación que supuso la crianza de sus hijas y el cuidado de su marido. Ella misma afirma lo vacía que se sentía, el malestar que ocupaba su estómago. Ese rol de cuidadoras, con sus deberes y ocupaciones, ha sido impuesto por una sociedad patriarcal. Haushofer lo pone de manifiesto para señalar la asfixia que suponía –y todavía supone- para tantas mujeres su propio hogar”.

La biografía como contrapunto: lo que Haushofer no pudo vivir

La escritora austríaca Marlen Haushofer (1920-1970) vivió tiempos difíciles. Tenía diecisiete años cuando Austria fue anexionada por el Tercer Reich, diecinueve cuando estalló la II Guerra Mundial y veinticinco cuando terminó. Cuando murió faltaban tres semanas por su cincuenta cumpleaños

La vida de Marlen Haushofer estuvo marcada por una tensión constante entre la escritura y las convenciones sociales. No vivió una existencia trágica en el sentido clásico, pero sí una vida estrecha, llena de renuncias silenciosas. Escribía en la mesa de la cocina, a ratos robados, sin un espacio propio y sin el reconocimiento de quienes la rodeaban. Su marido y sus hijos consideraban la literatura un “hobby” que la distraía de sus obligaciones. Ella misma dudaba de su derecho a escribir, como si la creación fuera un lujo que no terminaba de merecer.

Ese trasfondo no explica El muro —que se publicó en 1963— pero sí ilumina su potencia. La protagonista de la novela vive lo que Haushofer no vivió: un espacio y un tiempo propios, una vida no definida por las demandas ajenas y una relación con la naturaleza que no es evasión sino plenitud.

La biografía pesimista de su autora no reduce la novela: la amplifica. Nos recuerda que la libertad que la protagonista encuentra al otro lado del muro no es una fantasía escapista, sino una forma de pensar lo que significa tener un espacio propio en un mundo que rara vez se lo concede a las mujeres.

Por qué El muro sigue siendo una novela necesaria

Más de sesenta años después de su publicación, El muro continúa siendo una novela sorprendentemente actual. No solo por su premisa —una mujer aislada en un mundo que se ha detenido—, sino por la forma en que convierte esa situación en una reflexión sobre la libertad, la identidad y la relación con la naturaleza.

La protagonista descubre que, al otro lado del muro, la vida se reduce a lo esencial: cultivar, cuidar, observar, resistir. No es una utopía, pero tampoco es una distopía. Es un espacio donde la existencia se vuelve concreta, donde cada gesto tiene peso, donde la supervivencia no es heroica sino cotidiana. Esa atención al detalle, a los ritmos naturales, a la fragilidad de la vida, conecta la novela con preocupaciones contemporáneas que van desde el ecofeminismo hasta la crítica del productivismo.

En el ámbito de la ciencia ficción feminista, El muro ocupa un lugar singular. No imagina sociedades alternativas ni futuros posibles, pero sí propone un experimento radical: una mujer viviendo fuera de las estructuras que la definen. Y ese experimento, sin necesidad de proclamas, cuestiona la naturalidad de esos roles. La novela no ofrece soluciones ni modelos, pero sí una experiencia que desestabiliza lo dado y abre un espacio para pensar otras formas de vida.


[i] Simone Frieling «Die undurchdringliche Wand der Konvention Marlen Haushofers Not, keinen Raum für sich und ihr Schreiben zu finden» (en alemán)

[ii] Alba González: “LA PARED. Ecofeminismo y el desvanecimiento de la humanidad”. https://lacronosfera.com/la-pared-ecofeminismo-desvanecimiento-humanidad/


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