Mujer, feminismo, ciencia ficción

Autoras europeas en la torturada primera mitad del siglo XX

La historia de la literatura está llena de silencios impuestos, pero el caso de Hermynia Zur Mühlen (1883-1951) es especialmente sangriento. Nacida en el seno de la alta aristocracia vienesa y rodeada de los lujos de la corte imperial, acabó convirtiéndose en una de las voces más combativas del socialismo centroeuropeo. Hoy, gracias al esfuerzo de recuperación de la Biblioteca de la Fundación Wüstenrot en su colección «Mujeres Autoras del Siglo XX», esta escritora indomable sale del rincón del olvido al que fue condenada por su triple condición de mujer, militante de izquierdas y exiliada.


Hermynia Zur Mühlen

La vida de Hermynia fue una constante ruptura de cadenas. Tras lograr divorciarse de un terrateniente báltico cuyo estilo de vida feudal le resultaba insoportable, renunció por completo a sus privilegios de clase. Su giro hacia el socialismo tuvo un carácter muy peculiar: combinaba una profunda empatía por la pobreza, el proletariado y los verdaderamente marginados con una visión idealizada y utópica de la felicidad humana.

En 1919 se afilió al Partido Comunista de Alemania (KPD) en Frankfurt, iniciando una prolífica carrera como narradora y traductora (fue, de hecho, la introductora oficial de Upton Sinclair en Europa). Su pluma no era un adorno; era un arma de agitación social. Su compromiso fue tan radical que, en febrero de 1926, el Tribunal Supremo de Leipzig la acusó de alta traición debido al impacto de su relato Schupomann Karl Müller (1924), donde narraba la conversión ideológica de un policía que decide negarse a reprimir a sus propios hermanos de clase.


Entre 1921 y 1930, Zur Mühlen revolucionó la literatura infantil escribiendo 29 cuentos de hadas artísticos (Kunstmärchen). Viniendo de una autora de mentalidad comunista, podría parecer extraño que trabajara con un género tradicionalmente asociado a la evasión. Sin embargo, Hermynia se dio cuenta de que el folclore popular educaba en la sumisión, por lo que decidió subvertirlo.

En colecciones míticas como Was Peterchens Freunde erzählen (1921) —ilustrada por artistas de la vanguardia como George Grosz y John Heartfield—, los animales, las plantas y los objetos cotidianos toman la palabra para transmitir la idea de que un mundo diferente es posible. A través de la magia, lograba que los niños comprendieran conceptos tan complejos como la explotación económica y la solidaridad obrera. Como bien señala la autora germana Ulrike Draesner:

«Las escritoras han concebido la forma de abordar las formas literarias establecidas de una manera verdaderamente innovadora, abriendo el cuento de hadas a una utopía para combinar su perspectiva con una visión diferente de las plantas, la responsabilidad vegetal y los animales».

A finales de la década de 1920, su producción dio un giro fundamental. Con obras como Der Muezzin (1927) o su último relato fantástico, Die rote Fahne (1930), Hermynia orientó sus cuentos de hadas hacia la concienciación de personas adultas. Estas piezas tardías adquirieron un marcado carácter internacionalista y una crudeza alegórica mucho mayor; ya no buscaba solo educar a las nuevas generaciones, sino espolear la resistencia y legitimar la rebelión armada de los oprimidos frente al avance del fascismo.


Para esquivar los prejuicios editoriales y comerciales de la época, Hermynia cultivó la novela policiaca bajo el pseudónimo americano Lawrence H. Desberry. Lejos de escribir intrigas burguesas para pasar el rato, utilizó el género para introducir debates geopolíticos de una clarividencia asombrosa.

Su mayor hito en este campo fue Der blaue Strahl (El rayo azul, 1922), una obra ambientada en Londres que hibrida la novela de detectives con la ciencia ficción utópica. La trama arranca con el doble asesinato de un millonario sin escrúpulos, Henry Cardiff, y un comisario de policía corrupto llamado Lock. El culpable es el director del laboratorio de la empresa: un inventor irlandés llamado John Hay (o John McKennan). Sus motivos son puramente patrióticos: Cardiff, también irlandés, había traicionado a sus propios camaradas en 1916 durante el Alzamiento de Pascua en Dublín.

Como en la mayoría de sus obras, el énfasis recae en la defensa de la liberación de un país frente a los opresores imperialistas, reflejado con crudeza en el texto:

«Llegaron los años oscuros para Irlanda… El pueblo inglés, las masas, desconocen lo que allí ocurrió. Los irlandeses fueron tratados como animales salvajes; la crueldad de nuestros opresores no conoció límites. Varios de nosotros decidimos volar el Castillo de Dublín. Eso habría sido una venganza por algunos de los nuestros y, al mismo tiempo, una advertencia para los verdugos».

El motor de la intriga es una máquina capaz de proyectar rayos de la muerte, inventada por Hay para apoyar la independencia de su patria. Sin embargo, cuando el millonario intenta vender el invento al gobierno británico durante la Primera Guerra Mundial, el inventor comprende con horror que su avance tecnológico será utilizado como un arma de destrucción masiva en el campo de batalla europeo. Zur Mühlen desata aquí una potentísima crítica antibélica y anticapitalista, advirtiendo sobre el peligro de que la ciencia caiga en manos de los poderosos. Así lo concluye el propio Hay antes de su dramático acto final, en el que decide inmolarse junto a su máquina y destruir todos los planos:

«El poder que debía servir a la humanidad ahora se usaría para el asesinato en masa; el poder milagroso que Dios había puesto en mis manos masacraría a gente inocente en el frente… Mi mano, que había sido destinada a liberar a la humanidad, a construir un mundo mejor, ahora traería la muerte a millones. Tenía que actuar…».


Los años treinta trajeron consigo un cierto desencanto político —reflejado en su progresiva distancia del dogmatismo del KPD hacia un socialismo más humanista en novelas como Reise durch ein Leben (1933)— y una persecución total. Al declararse enemiga frontal del nacionalsocialismo, su célebre novela antinazi Unsere Töchter, die Nazinen (1935) fue requisada y prohibida fulminantemente por la Gestapo.

Su huida a través de cinco países la llevó finalmente a Inglaterra, donde el destino le reservaba la última crueldad de la historia. Hermynia murió en 1951, enferma, en la más absoluta pobreza física y desposeída de su estatus. Tras su muerte, su archivo personal y su legado literario terminaron tirados a la basura, tratados literalmente como desechos por las autoridades locales. Reseñar hoy a la «Condesa Roja» es un acto de justicia poética. Hermynia Zur Mühlen demostró que la literatura popular, las novelas de quiosco y los cuentos de hadas no tenían por qué ser alienantes; podían poseer una factura estética impecable, una imaginación desbordante y, al mismo tiempo, el filo de una bayoneta. Afortunadamente, iniciativas actuales como la de la Fundación Wüstenrot nos permiten rescatarla, por fin, del olvido.


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