Mujer, feminismo, ciencia ficción

Cuando El Eternauta comenzó a publicarse en 1957, la ciencia ficción latinoamericana no funcionaba aún como un género editorial autónomo ni consolidado, a pesar de contar con antecedentes ilustres. Existían experimentos vanguardistas, las tempranas ficciones científicas del siglo XIX y obras maestras aisladas como La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares, pero estas obras solían leerse desde la clave del fantástico o la alta literatura, sin articular una tradición popular e identitaria en los quioscos comparable al de los pulps norteamericanos. En ese contexto de dispersión la historieta de Héctor Germán Oesterheld dibujada por Francisco Solano López irrumpió como un artefacto extraño, una epopeya apocalíptica, urbana y profundamente política que convertía a Buenos Aires en el epicentro de una invasión extraterrestre.

Héctor Germán Oesterheld

No era solo el primer gran cómic de ciencia ficción en español, sino que constituía una enmienda a la totalidad de los códigos del género en el mismo momento en que la ciencia ficción anglosajona se militarizaba bajo la sombra de la Guerra Fría. Mientras Robert A. Heinlein escribía Starship Troopers para exaltar la disciplina castrense, el utilitarismo bélico y el heroísmo individual, Oesterheld imaginaba exactamente lo opuesto. En su obra, la resistencia es civil, improvisada y comunitaria, demostrando que el heroísmo no nace del uniforme ni de la jerarquía, sino de la fuerza del tejido social.

La biografía de Oesterheld es el motor invisible de la obra y resulta indispensable para comprender su alcance. Nacido en Buenos Aires en 1919, su formación académica como geólogo dejó una marca sutil pero decisiva en la trama a través de un riguroso sentido de la lógica científica. El comportamiento físico de la nevada mortal, el aislamiento de la zona y la coherencia técnica detrás de los trajes de aislamiento no son recursos mágicos, sino soluciones pensadas desde una mente analítica. A este trasfondo científico se sumaba su vocación de escritor humanista, dotado de una enorme capacidad para construir personajes complejos, dilemas morales y una profunda empatía por el ciudadano común.

Ese humanismo viró hacia la militancia radical en los años setenta al unirse a la organización Montoneros. El abismo ideológico entre la primera y la segunda parte de la obra ilustra perfectamente esta evolución. Mientras que el relato original de 1957 propone una resistencia comunitaria, horizontal y defensiva, El Eternauta II —escrito en 1976 desde la clandestinidad— muta en un manifiesto de guerra de guerrillas. En esta secuela, Juan Salvo abandona al ciudadano común para convertirse en un líder vanguardista e implacable, capaz de subordinar las vidas individuales al éxito de la causa. Lejos de ser un giro caprichoso, este endurecimiento de la obra refleja la dolorosa encrucijada de una época: responde a una visión —hoy anacrónica, pero entonces ampliamente compartida por las izquierdas globales— que dictaba que el cambio social y la supervivencia ante la violencia sistemática del Estado solo eran posibles mediante la lucha armada.

En 1977, Oesterheld fue secuestrado y desaparecido por la dictadura militar, un destino trágico que sufrieron también sus cuatro hijas. Esta realidad histórica convierte a “El Eternauta” en una profecía de terror donde las fuerzas invisibles que secuestran, torturan mediante intermediarios y borran poblaciones enteras anticiparon el horror que vendría. Por ello, la relectura política posterior no es un capricho ideológico de los críticos, sino una dolorosa necesidad histórica.

El prólogo de la obra plantea un giro conceptual absoluto al afirmar que el verdadero protagonista de la historia es un héroe colectivo, un grupo de hombres. Esta premisa introduce una ruptura radical frente a la tradición hegemónica de la ciencia ficción anglosajona de los años cincuenta. En la narrativa estadounidense, la invasión extraterrestre funciona casi siempre como un campo de instrucción y crecimiento para el individuo excepcional; es el escenario ideal donde el científico brillante, el piloto de caza o el militar audaz templan su carácter y demuestran su valía individual frente al caos. Oesterheld dinamita esta convención mediante cuatro inversiones absolutas que redefinen por completo la épica del género

En primer lugar, desplaza al individuo para situar en el centro a un grupo humano horizontal donde Juan Salvo es un eslabón narrativo y no un salvador providencial. En segundo lugar, traslada el origen de la resistencia desde la disciplina del cuartel militar hacia una solidaridad ciudadana que no es previa ni idílica, sino que nace de la experiencia compartida de la catástrofe, la crudeza de la lucha y las lealtades inquebrantables que se forjan al enfrentar juntos un peligro absoluto, Asimismo, despoja a la tecnología de su rol de fetiche o salvación para mostrarla como una amenaza de exterminio o, en el bando humano, como una herramienta precaria de subsistencia.

La obra no abraza el pacifismo, ya que la respuesta armada es inmediata, pero se construye desde un antimilitarismo radical que desconfía de la obediencia ciega. Las fuerzas armadas convencionales colapsan en los primeros capítulos, y la verdadera oposición surge de un «ejército de retazos» compuesto por civiles que improvisan trajes de tela engomada con herramientas domésticas. En este universo, la supervivencia solo es posible bajo la premisa de que nadie se salva solo.

La sofisticación de El Eternauta radica en que la estructura de la agresión alienígena funciona como un tratado de geopolítica periférica perfectamente estratificado. En la cúspide de esta pirámide se encuentran los Ellos, el poder imperial invisible, distante e intocable que mueve los hilos desde las sombras. Justo por debajo operan los Manos, los administradores coloniales, seres sensibles y estetas que se ven obligados a ejecutar la crueldad ajena debido a un mecanismo de control extorsivo implícito en su propia biología: la glándula del terror. La fuerza de choque deshumanizada está compuesta por los Gurbos y los Cascarudos, meras armas biológicas utilizadas para el desgaste físico en el territorio, mientras que los seres humanos ocupan el eslabón más bajo como la población a subyugar, explotar o asimilar.

Esta división del trabajo bélico representa un sistema colonial completo, donde la invasión no busca la destrucción absoluta, sino la ocupación y el control. En un continente históricamente marcado por el intervencionismo extranjero y los golpes de Estado tutelados, esta metáfora dejó de ser una fantasía de anticipación para convertirse en un espejo hiperbólico de la realidad latinoamericana.

Para comprender el alcance de la obra es fundamental precisar que, si bien El Eternauta tuvo un impacto sísmico en el continente, su herencia no operó de manera lineal ni generó una escuela de ciencia ficción tradicional. En el ámbito de la historieta, su influencia fue total y marcó la edad de oro del cómic argentino. Autores fundamentales como Alberto Breccia, Carlos Trillo o Ricardo Barreiro heredaron este modelo de narrativa urbana, adulta, oscura y con marcado compromiso crítico que transformó la viñeta en un arte político.

Por otro lado, dentro de la cultura política, la figura del Eternauta cruzando la nevada con su traje de buzo se independizó por completo del papel. El personaje mutó en un icono de resistencia popular y memoria histórica, adoptado de forma recurrente por sindicatos, movimientos sociales y agrupaciones de derechos humanos.

Finalmente, en la ciencia ficción literaria de la región, el impacto fue mucho más difuso. Los escritores de las décadas posteriores prefirieron los caminos de la alegoría política sutil —como la de Angélica Gorodischer—, las distopías marcadas por la fragmentación social, la violencia institucional o la memoria del trauma, o el diálogo con el realismo mágico, esquivando las aventuras de invasiones espaciales. Sin embargo, la obra dejó un legado conceptual invisible basado en la estética de la precariedad y el desastre urbano. Esa atmósfera de una Buenos Aires sitiada, espectral y herida reverbera con fuerza en la narrativa contemporánea de autores como Ricardo Piglia en La ciudad ausente, Pedro Mairal en El año del desierto o Carlos Chernov en Anatomía humana o sus ficciones de la catástrofe biológica. Ninguno de ellos heredó los alienígenas de Oesterheld, pero sí la gramática del trauma colectivo.

La falta de continuadores directos en el terreno de la literatura de género responde a factores estructurales y políticos muy complejos. Por un lado, la enorme hegemonía editorial del Boom latinoamericano y el realismo mágico desplazó a la ciencia ficción a los márgenes críticos, catalogándola como un subgénero menor o puramente evasivo. A esto se sumó el sistemático desmantelamiento cultural perpetrado por las dictaduras militares, que persiguieron a los autores, censuraron obras y destruyeron las editoriales independientes y las revistas donde prosperaba esta literatura.

Además, a diferencia del mercado anglosajón sustentado por sólidas revistas pulp, la industria del cómic y el libro de género en Latinoamérica arrastraba una fragilidad estructural crónica que dependía de economías inestables y publicaciones efímeras. Por último, El Eternauta poseía una singularidad mítica tan ligada al trauma histórico argentino y a la posterior tragedia personal de Oesterheld que intentar replicar su fórmula corría el riesgo de convertirse en una copia pálida. Nació como una obra cumbre que, por su propio peso político y estético, terminó cerrándose sobre sí misma para convertirse en mito antes que en tradición.

En última instancia, El Eternauta permanece en la historia cultural como un hito solitario e inalcanzable. Es una anomalía fundacional, una obra que no inaugura una corriente de seguidores mecánicos, pero que funda una sensibilidad ética y estética insustituible para la región. En un rincón del planeta habituado a sufrir los avatares geopolíticos de los invasores de turno, la obra de Oesterheld y Solano López sobrevive no solo como una genialidad narrativa, sino como un recordatorio urgente. En las calles de esa Buenos Aires espectral quedó dibujado el mapa de la única resistencia posible, aquella que se sostiene sobre la premisa de que la supervivencia es, ante todo, un acto de amor y solidaridad colectiva.


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