Mujer, feminismo, ciencia ficción

Primera mujer en escribir un viaje planetario con estructura proto-científica

La historia de la ciencia ficción europea suele contarse como una sucesión de nombres masculinos: Cyrano, Swift, Restif, Mercier, Verne. Sin embargo, en 1765 —más de un siglo antes de De la Tierra a la Luna— una mujer francesa publicó una novela de viajes interplanetarios que anticipaba, con sorprendente claridad, los mecanismos narrativos y conceptuales del género. Su nombre era Marie-Anne de Roumier-Robert (Francia, 1705 – 1771), firmando inicialmente bajo el escurridizo pseudónimo de Madame de R.R., y su obra Voyages de Milord Céton dans les sept planètes constituye uno de los hitos más tempranos de la imaginación científica escrita por una mujer en Europa.

Marie-Anne de Roumier-Robert

Roumier-Robert no procedía del ámbito académico, pero sí del espacio ilustrado donde la divulgación astronómica, la filosofía natural y la sátira social circulaban con libertad. Su novela se inscribe en la tradición de los “viajes extraordinarios”, pero introduce una novedad decisiva: el desplazamiento entre planetas se presenta como posible, racionalizable y explicable dentro del marco científico de su época. No es un sueño, ni un rapto sobrenatural, ni una alegoría disfrazada. Es, en términos dieciochistas, un viaje “natural” a través del cosmos.

La estructura de la novela combina observaciones sobre gravedad, atmósferas, magnetismo y óptica con una imaginación social que anticipa la utopía científica del siglo XIX. Para justificar este despliegue de conocimientos, la autora rompió en su prefacio las rígidas normas de la modestia femenina de su tiempo, declarando abiertamente ser una mujer de razón «desde hace mucho tiempo ocupada en el estudio de las ciencias».

A través de varios volúmenes, la trama nos muestra a Milord Céton recorriendo siete planetas del sistema solar gracias a un vehículo volador y la guía de un genio alado. Cada parada es descrita como una sociedad alternativa que permite desplegar una crítica política y moral de la Europa contemporánea. La estructura recuerda a Swift, pero la operación intelectual es distinta: Roumier-Robert no se limita a la sátira, sino que extrapola conocimientos astronómicos y especula sobre la diversidad de mundos habitados.

Sin embargo, el gran secreto de la obra es que Céton no viaja solo: lo acompaña su hermana, la princesa Monime. A lo largo de la travesía por la Luna, el Sol, Marte o los anillos de Saturno, Monime se revela como el verdadero motor intelectual del relato. Es ella quien hace las preguntas científicas correctas, quien cuestiona el militarismo absurdo de los hombres en Marte y quien utiliza el viaje espacial como una escuela de pensamiento para convertirse, a su regreso, en una gobernante justa.

Aunque la obra no generó una tradición femenina inmediata, sí circuló en ediciones posteriores y fue leída en el siglo XIX, lo que explica su presencia en estudios sobre los orígenes de la ciencia ficción francesa. Su gesto —una mujer apropiándose del discurso científico para imaginar otros mundos— constituye un precedente de enorme importancia.

Como ocurre con tantas escritoras del XVIII, la biografía de Roumier-Robert es fragmentaria. Sabemos que pasó su vida en París en un retiro casi monacal, cultivando las letras en absoluto silencio y limitándose a un círculo muy pequeño de amigos. Su producción se movió en los márgenes de los grandes salones, un espacio donde las mujeres podían escribir sin ser expulsadas de inmediato del campo intelectual.

No fue una militante feminista en sentido moderno; no escribió manifiestos políticos. Pero su obra revela una sensibilidad crítica feroz hacia la desigualdad de género. En varios de los mundos que describe, denuncia la educación desigual, la dependencia económica de las mujeres o la rigidez del matrimonio como institución opresiva. En sus propias palabras, le resultaba intolerable que los hombres condenaran a las mujeres a la ignorancia y las consideraran «como autómatas que solo deben servir para el adorno de un salón».

Su feminismo es implícito, pero radical. En pleno siglo XVIII, apropiarse de la astronomía, la física y la cosmología era un acto profundamente transgresor. Roumier-Robert lo utilizó para imaginar sociedades alternativas (como la utopía igualitaria de Saturno) donde las jerarquías de género se alteran y donde la razón no es patrimonio masculino. Su obra anticipa, de forma embrionaria, la crítica feminista que desarrollarán autoras del XIX como Flora Tristan, George Sand o Louise Michel.

Roumier-Robert ocupa un lugar fundacional en la genealogía de la ciencia ficción escrita por mujeres. Es la primera autora europea que imagina un viaje planetario con estructura proto-científica y una de las pocas que, antes de 1800, utiliza la ciencia como herramienta de emancipación imaginativa. Su novela demuestra que la ciencia ficción no nace como un género exclusivamente masculino ni vinculado únicamente al progreso industrial: ya en el XVIII, las mujeres participaban en la cultura científica y proyectaban futuros posibles.

Recuperarla no es un gesto arqueológico, sino una forma de restituir la continuidad histórica de la imaginación científica femenina. Antes de Verne, antes de Flammarion, antes incluso de los utopistas del XIX, ya había una mujer imaginando otros mundos desde la ciencia


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