Mujer, feminismo, ciencia ficción

“Esto no puede pasar aquí”: Sinclair Lewis y la profecía que regresa

Hay libros que no envejecen: se reactivan. No porque anticipen un hecho concreto, sino porque capturan un mecanismo histórico que reaparece cuando las democracias se fracturan. “Esto no puede pasar aquí”(It Can’t Happen Here 1935), de Sinclair Lewis, pertenece a esa categoría.

La novela vuelve cada vez que el clima político se convierte en tóxico, y no es casual que muchos periódicos hayan comparado al senador Berzelius “Buzz” Windrip de la novela con la figura de Donald Trump. Y no porque sean idénticos —no lo son— sino porque Lewis construyó un arquetipo del demagogo populista autoritario que es inquietantemente funcional en muchas épocas y geografías.

La novela describe la elección del ficticio senador populista Berzelius «Buzz» Windrip como presidente que derrota a Franklin D. Roosevelt. Los parecidos con la actualidad parecen premonitorios: Buzz arrasa con la promesa de impulsar reformas tanto económicas como sociales drásticas y, al mismo tiempo, el retorno al patriotismo y valores tradicionales para así alcanzar la paz social. Sinclair Lewis ya prefiguró el American First y el MAGA (“Buzz will make America a proud land again”, dice un personaje en la novela). Después de su elección, Windrip toma el control total del gobierno, de la justicia y del Congreso e impone un régimen totalitario con la ayuda de una fuerza paramilitar implacable similar a las SS nazis o al ICE de Trump. Las resonancias de la novela, 90 años después, son verdaderamente turbadoras.

Cuando Lewis publica la novela, Europa está en pleno ascenso de los fascismos. Hitler y Mussolini ya gobiernan y la democracia liberal parece frágil. Francia y Gran Bretaña evitaron confrontar a la Alemania nazi y a la Italia fascista, permitiendo actos de agresión como la remilitarización de Renania (1936), el Anschluss o anexión de Austria (1938) y la entrega de los Sudetes checoslovacos tras los Acuerdos de Múnich (1938). El primer ministro británico, Neville Chamberlain, y el líder francés, Édouard Daladier, creyeron erróneamente que satisfaciendo las demandas expansionistas de Hitler evitarían un conflicto a gran escala. Fue una política suicida.

Estados Unidos, en cambio, se percibe a sí mismo como excepción en aquel mundo convulso. Se veían como una república sólida, vacunada contra los delirios totalitarios del Viejo Mundo. Se distanciaban del mismo hasta el punto de que EE.UU. no entró en guerra hasta diciembre de 1941, tras el ataque japonés a Pearl Harbour. Lewis escribe para dinamitar esa complacencia. El título —Esto no puede pasar aquí— es una ironía: precisamente porque todos creen que no puede pasar, pasa.

Poster para teatro 1936

La novela fue un éxito inmediato. En 1936, el Federal Theatre Project —una agencia del New Deal— produjo una adaptación teatral que se representó simultáneamente en más de veinte ciudades.

Ese dato hoy resulta casi inconcebible: una agencia federal financiando una obra abiertamente crítica con la deriva autoritaria de su propio país. Evidentemente era otra época: más confianza en la cultura como herramienta cívica, más permeabilidad entre arte y política, más fe en la democracia como proyecto colectivo.

Lewis no escribe una distopía tecnológica, ni la sitúa en un futuro más o menos remoto. Su distopía transcurre en la realidad del ahora mismo, de forma casi periodística. Como en el caso de Trump, el autoritarismo no llega con tanques, sino con promesas de orden y prosperidad, apelaciones al “pueblo auténtico”, desprecio por la prensa y una retórica emocional que convierte el resentimiento en programa político.

Windrip no es un monstruo: es un político eficaz en un país cansado. Lewis predice el ecosistema nal que hace posible a líderes de ese tipo: la nostalgia de una grandeza perdida, la teatralidad populista, la demonización del adversario, la promesa de soluciones simples a problemas complejos, la erosión lenta de las normas democráticas. El parecido con Trump no está en los detalles biográficos, sino en la gramática del poder que deriva en autoritarismo y dictadura.

De todas formas, hay que apreciar que la trama de la novela no se centra en Windrip sino en Doremus Jessup, un viejo periodista liberal de una pequeña localidad que observa cómo su país se desliza hacia la dictadura más depravada casi sin resistencia. El acaba encarnando la resistencia, pasa por un campo de concentración, huye a Canadá, se une al movimiento clandestino y vuelve como espía a la parte de EE.UU. dictatorial

El final es sombrío y al tiempo esperanzador. El libro no concluye con la victoria definitiva de la democracia, sino que se cierra con Doremus avanzando hacia el amanecer en su misión secreta. La novela termina con una de las frases más famosas de la literatura política: «…a Doremus Jessup can never die« (que se traduce como «un Doremus Jessup nunca puede morir»), simbolizando que la resistencia contra el autoritarismo siempre perdurará.

Lewis no escribe sobre héroes: escribe sobre la fatiga democrática, sobre la tentación de mirar hacia otro lado, sobre la normalización de lo intolerable.

Desde una lectura feminista llama la atención la posición de las mujeres en la novela. Lewis retrata una sociedad que se desmorona desde dentro, pero lo hace desde una mirada masculina que deja a las mujeres en un segundo plano, ocupadas en sostener la vida cotidiana mientras el Estado se vuelve autoritario. Esa ausencia de agencia femenina no es un simple descuido: revela otra dimensión de la fatiga democrática, la que recae sobre quienes cuidan, resisten en silencio o quedan fuera del relato público. Releer hoy la novela implica preguntarse qué habría ocurrido si la historia se contara desde ellas.

Ello no implica desde luego desmontar la fuerza del libro: nos muestra que las dictaduras no se imponen; se aceptan. Que las democracias no se rompen de golpe; se erosionan desde dentro, con la complicidad de quienes creen que “no puede pasar aquí”.

Sinclair Lewis (1885—1951) fue el primer escritor estadounidense en recibir el Premio Nobel de Literatura (1930). La Academia lo premió por su capacidad para retratar, con ironía y lucidez, la vida norteamericana de su época.
Lewis fue siempre un autor incómodo: atacó el conformismo, la hipocresía moral, el provincianismo satisfecho y la facilidad con la que la sociedad estadounidense podía autoengañarse.

Antes de Esto no puede pasar aquí, ya había publicado novelas que diseccionaban distintos mitos nacionales: Babbitt (1922) es una sátira del hombre de negocios medio, atrapado entre la ambición y la mediocridad. Calle Mayor (Main Street 1920) realiza una crítica feroz del provincianismo y la presión social en las pequeñas ciudades. Elmer Gantry (1927) por su parte es el retrato del fundamentalismo religioso y de la manipulación emocional desde los púlpitos.

En ese sentido, Esto no puede pasar aquí no es un giro extraño en su trayectoria, sino su culminación lógica: Lewis llevaba años explorando las grietas del sueño americano.
La novela aparece cuando el autor ya es una figura pública, respetada pero también polémica, y su recepción fue intensa: algunos la celebraron como advertencia necesaria; otros la tacharon de alarmista o antipatriótica.

Lo más llamativo es que, pese a su éxito inicial, la novela quedó durante décadas en un segundo plano, eclipsada por distopías posteriores. Sin embargo, su influencia ha sido persistente: inspiró debates sobre el autoritarismo en EE.UU. durante el macartismo, fue recuperada por movimientos cívicos en los años 60 y 70 y ha vuelto a circular con fuerza en el siglo XXI, especialmente tras el ascenso de Donald Trump.

Lewis no era un profeta, pero sí un diagnosticador: alguien capaz de ver cómo ciertos impulsos —resentimiento, miedo, nostalgia, simplificación— podían corroer una democracia desde dentro.

¿Por qué leerla hoy? Porque recuerda algo esencial: las democracias no se rompen de golpe, sino por erosión, por cansancio, por la tentación de creer que “aquí no puede pasar”. Lewis no ofrece soluciones, pero sí una advertencia que sigue resonando. La libertad no se defiende sola.


Deja un comentario