Mujer, feminismo, ciencia ficción

En el siglo XIX, mirándolo a trazos gruesos, todavía prevaleció una visión confiada en el futuro, una esperanza en el progreso de la humanidad, imparable con los avances de la ciencia y la técnica, considerados en sí mismo como positivos. El siglo XIX fue todavía el siglo de las utopías optimistas

Etienne Cabet publica su utopía «Viaje a Icaria» en 1840 entroncada en ese espíritu. Poco después -en 1852- Nathaniel Hawthorne escribe «Historia del valle feliz», basada en su propia viviencia en la comunidad utópica de Brook Farm en 1841.

Quizás la última gran utopía positivista sea la del ruso N. G. Chernichevski que en 1862 publica «¿Qué hacer?»En ella, el «Palacio de Cristal» es un símbolo utópico central que representa la visión socialista de un futuro racional, armónico y tecnológicamente avanzado.

Sin embargo, este ‘Palacio de Cristal’ era un recinto diseñado por y para el sujeto masculino. Mientras Chernichevski soñaba con una armonía técnica, la mujer seguía siendo en estas obras un sujeto pasivo o un ideal abstracto. Es aquí donde surge la primera grieta feminista disidente: ya en 1870, Annie Denton Cridge en «Man’s Rights» invertía los términos, sugiriendo que la verdadera utopía no era la técnica, sino la redistribución del poder doméstico.

Esta fisura temprana anuncia algo que la historia literaria tardaría en reconocer: que la utopía masculina y la utopía feminista no recorrerían el mismo camino. Mientras la primera avanzaba hacia el desencanto y la distopía, la segunda nacía ya en tensión, como herramienta de supervivencia frente a un presente que excluía a las mujeres de la ciudadanía plena.

En todo caso «¿Qué hacer?» es el último gran suspiro de la utopía constructiva y positivista antes de que el siglo XIX empezara a dudar de sí mismo.

A partir de entonces los paraísos idílicos empiezan a resquebrajarse: el final del siglo XIX muestra la realidad con toda su crudeza. El maquinismo comienza a mostrar su verdadera cara, la explotación de los obreros se descarna, la situación de la infancia estremece, los suburbios de las grandes ciudades convertidos en pozos de la miseria acumulada por los detritus de un capitalismo colonialista y voraz… Y la literatura utópica comienza a girar y a mostrar esos terrores.

A partir del “Palacio de Cristal” de 1862 hay una delgada línea que va pilotando la transformación distópica de la literatura especulativa, que augura la hecatombe de 1914 y eclosiona literariamente en un siglo XX ya francamente pesimista como reflejan las más famosas e influyentes distopías: «Nosotros» (1920) de Euvgeni Zamiatin, «Un mundo feliz»(1932) de Aldous Huxley, «1984»(1949) de George Orwell y «Farenheit 451»(1953) de Ray Bradbury.

La evolución de la utopía hacia la distopia en esta época finisecular es sutil: obras que se presentan aún como utopías, como ejemplos de la sociedad alternativa, que empiezan a mostrar las grietas, como un reverso tenebroso. La perfección social empieza a sentirse fría y asfixiante.

La era de cristal (1887) de W. H. Hudson imagina una sociedad formada únicamente por mujeres, fruto de un aislamiento biológico más que de un matriarcado organizado. Sin embargo, Hudson proyecta en este mundo femenino una armonía tan perfecta que resulta inquietante: una paz social que se sostiene suprimiendo la pasión, el conflicto y la individualidad. Es una utopía que, bajo su superficie idílica, funciona como advertencia.

El lado oscuro quizás sea más evidente en las dos obras clásicas del socialismo utópico. Edward Bellamy en «El año 2000» (1888) nos presenta una organización social tan perfecta y rígidamente planificada que, bajo su apariencia de bienestar, prefigura el control burocrático totalitario.

Por su parte William Morris en «Noticias de ninguna parte» (1890) escoge otro camino: el refugio en el pasado. Reacciona contra la fealdad industrial proponiendo una utopía agraria y artesanal que exige la destrucción total de la maquinaria moderna. Es el sueño de un pasado que nunca existió para evitar un futuro que ya empezaba a asustar.

En paralelo, autores como Albert Robida en «El siglo XX» (1883) empezaban a intuir otro tipo de amenaza: no la rigidez burocrática, sino la saturación tecnológica y el ruido mediático de una sociedad acelerada.

¿Es la utopía una jaula de oro nos vienen a plantear estas obras posiblemente sin la intención de sus autores? Planteadas tal cual el individuo empieza a estorbar en el sistema que se planteaba como perfecto.

No obstante, desde el margen feminista, si las utopías socialistas de Bellamy o Hudson se sentían como una ‘jaula de oro’ para el individuo masculino, para las autoras de la época la jaula era el presente. Mientras Hudson temía a un mundo femenino que erradicaba la pasión, autoras como Mary E. Bradley Lane en «Mizora» (1880) o Elizabeth Corbett en «Nueva Amazonia» (1889) abrazaban ese mismo orden autoritario y eugenésico. Para ellas, la ‘frialdad’ y el control absoluto del Estado no eran un terror distópico, sino el único andamiaje capaz de garantizar una existencia libre de la opresión patriarcal. La contradicción es fascinante: lo que el hombre empezaba a leer como distopía de control, la mujer lo escribía como utopía de supervivencia.

Esta divergencia revela algo fundamental: la utopía masculina y la utopía feminista no comparten la misma genealogía. Para los autores del XIX, la utopía es un proyecto racionalista que se degrada lentamente hacia la distopía. Para las autoras, en cambio, la utopía nace ya en tensión: no es un sueño que se derrumba, sino un refugio posible frente a un presente que las excluye de la ciudadanía plena. Esta asimetría explica por qué los hombres empiezan a temer al futuro justo cuando las mujeres aún intentan conquistarlo.

Si en las obras anteriores la grieta era política y social, también en esos momentos otros autores trasladan la sospecha al propio sujeto biológico. La utopía distópica ya no solo quiere organizar las ciudades, sino que aspira a rediseñar al ser humano. En este escenario, la tecnología deja de ser una herramienta de progreso para convertirse en un bisturí que disecciona la identidad de género.

El culmen de esta deriva es Auguste Villiers de L’Isle-Adam, quien en «La Eva futura» (1886) despliega una de las fantasías más oscuras y misóginas de la literatura finisecular. Ante la «imperfección» de la mujer real, el protagonista recurre a la ciencia para crear una androide perfecta, sumisa y artificial: Hadaly. Aquí, la mujer no es ya el «vientre parlante» de Bellamy, sino directamente un objeto técnico sustituible. La utopía masculina prefiere el simulacro de una máquina bajo control antes que la incertidumbre de una voluntad femenina libre.

Sin embargo, mirada es totalmente distinta cuando la técnica cae en manos de las autoras feministas. Mientras el Villiers usa la ciencia para «fabricar» la sumisión, autoras como la bengalí Rokeya Sakhawat Hussain en «El sueño de la sultana» (1905) la usan para la emancipación. En su «Ladyland», las mujeres no son objetos, sino ingenieras que han dominado la energía solar y los globos aerostáticos para erradicar el trabajo físico y la guerra. En una inversión satírica del purdah, son los hombres quienes quedan confinados por su supuesta «incapacidad biológica» para la paz. La tecnología aquí no deshumaniza, sino que otorga el poder de reordenar el mundo.

No obstante, esta “salvación técnica” no está exenta de las sombras que ya intuíamos en «Nueva Amazonia» . Aquellas pioneras, por radicales que fueran, seguían siendo hijas de su tiempo, y sus utopías reflejan también los límites contradictorios de aquel primer feminismo decimonónico.

En muchas de estas obras aparecen elementos que hoy resultan problemáticos: supremacismo blanco, ideas eugenésicas, defensa rígida de la familia tradicional, rechazo al aborto o un puritanismo sexual extremo. Para estas autoras, la utopía femenina se construye a menudo sobre una perfección excluyente, donde lo “diferente” o lo “débil” no tiene cabida.

Esta tensión es crucial: la libertad que imaginan solo puede sostenerse mediante estructuras de control muy similares a las que los autores masculinos describían —a veces con horror, a veces con fascinación— como distopías. La utopía feminista nace así atravesada por una paradoja: emancipa, pero también disciplina.

Mientras tanto, en la literatura masculina, la sospecha hacia el futuro adopta un tono cada vez más sombrío. La técnica deja de ser una promesa y empieza a percibirse como una amenaza que desestabiliza el orden social.

Ignatius Donnelly, en «La columna de César» (1890), lleva esta inquietud al extremo: imagina un futuro donde la tecnología no organiza la sociedad, sino que acelera su derrumbe en un estallido de violencia y lucha de clases. Es la distopía del colapso social como destino inevitable.

Es lo que retrata con acidez John Ames Mitchell en «El último americano» (1889): una sociedad tan obsesionada con el materialismo y la rapidez técnica que termina por volverse biológicamente estéril. Al final del camino, el Palacio de Cristal no alberga a una humanidad mejorada, sino los restos de una cultura que, en su afán por mecanizar la vida, acabó olvidando cómo vivirla.

Este agotamiento no afecta por igual a todas las voces de la época. La forma en que hombres y mujeres imaginan el derrumbe —o la salvación— responde a posiciones históricas muy distintas dentro del propio orden social.

En el fondo, esta divergencia entre autores y autoras revela algo más profundo: una asimetría radical de ciudadanía. Los hombres escriben desde la plenitud de derechos y desde la seguridad de ocupar el centro del orden social; por eso su utopía puede permitirse el lujo de derrumbarse en distopía. Las mujeres, en cambio, escriben desde la exclusión: para ellas la utopía no es un sueño que se degrada, sino un espacio aún por conquistar. Esta diferencia de punto de partida explica por qué, en vísperas del siglo XX, los hombres temen al futuro mientras las mujeres todavía intentan imaginarlo.

En la primera década del siglo XX, las dudas sobre el progreso imparable se transforman en una certeza de catástrofe. El Palacio de Cristal —aquel símbolo de la utopía de 1862— ya no es una jaula de oro, sino un auténtico mausoleo.

Este cambio de signo no es solo retórico: expresa la sensación de que la modernidad ha dejado de ser un proyecto emancipador para convertirse en una trampa histórica. La fe en la técnica, en la razón y en la organización social se agrieta desde dentro. La literatura deja de preguntarse cómo mejorar el mundo y empieza a preguntarse cómo será su final.

A partir de aquí, el pesimismo adopta un tono nuevo: ya no es moral ni político, sino biológico, existencial y, sobre todo, sistémico.

El golpe de gracia a la utopía tecnológica lo plasma E. M. Forster en «La máquina se detiene» (1909). En su visión, la humanidad no ha sido liberada por la técnica, sino domesticada por ella. Los seres humanos viven aislados en celdas individuales, conectados solo por pantallas y servidos por una «Máquina» omnipotente que satisface cada necesidad física mientras atrofia el espíritu. Es la distopía definitiva de la comodidad como muerte: cuando la Máquina finalmente falla, la humanidad, incapaz de valerse por sí misma, perece en el silencio de su propia sofisticación.

Este colapso no es solo técnico, sino también psíquico, como retrata Alfred Kubin en «La otra parte» (1909). La «Ciudad de los Sueños» de Kubin no es un refugio, sino un organismo en descomposición donde la utopía se pudre desde sus cimientos. Kubin nos muestra que el orden social es un barniz frágil que oculta la locura y la entropía. Es el fin de la razón: la civilización no cae por un ataque externo, sino por su propia insuficiencia moral y mental.

Sin embargo, incluso en esta antesala del abismo, la diferencia de perspectiva sigue siendo el eje que fractura el relato. Mientras el canon masculino se entrega al nihilismo de Forster o Kubin, las voces femeninas mantienen una resistencia política desesperada. Florence Dixie, en su obra «Gloriana» (1890), no escribe desde la derrota, sino desde la urgencia de una revolución inminente. Para ella, el colapso no es inevitable si se logra una transformación radical de las estructuras de poder patriarcal. Es la misma línea de pensamiento de Alice Ilgenfritz Jones y Ella Merchant en su «Unveilling a parallel» (1893).

Esta es la gran paradoja del fin de siglo: el pesimismo absoluto de autores masculinos frente al futuro que anticipan las distopías del siglo XX. Autores como Forster o Jack London en «El talón de hierro» (1908) —quien anticipa con escalofriante precisión el ascenso de un fascismo oligárquico— ven el futuro como una bota que pisa el rostro de la humanidad. Por el contrario, para las autoras que aún no han alcanzado la ciudadanía plena, la utopía sigue siendo una herramienta de combate: ya en plena guerra Charlotte Perkins Gillman publica su utopía de mujeres «Herland» (1915). Pero el horizonte de la Gran Guerra de 1914 esté a punto de engullir ambos mundos: el de los hombres que temían al futuro y el de las mujeres que intentaron conquistarlo.

V. Cronología narrada de la Utopía Crítica y la Resistencia (1862–1914)

1862 — N. G. Chernichevski, ¿Qué hacer?
El optimismo racionalista alcanza su cenit. El “Palacio de Cristal” brilla como emblema de un futuro socialista donde la técnica y la ciencia prometen armonía.

1870 — Annie Denton Cridge, Man’s Rights
La primera fisura. Cridge invierte los roles de género y revela que la utopía masculina se construye sobre la ceguera hacia la opresión doméstica de las mujeres.

1871 — Edward Bulwer-Lytton, La raza venidera
La perfección se vuelve inquietante. El Vril, energía infinita, convierte a una civilización ideal en un pueblo implacable, sin empatía ni límites morales.

1872 — Samuel Butler, Erewhon
La técnica como amenaza latente. Una sociedad que prohíbe las máquinas por miedo a que evolucionen y esclavicen a la humanidad.

1879 — Julio Verne, Los quinientos millones de la Begún
La ciudad-fábrica. Stahlstadt surge como un laboratorio totalitario donde la producción armamentística define la vida entera.

1880 — Mary E. Bradley Lane, Mizora
La utopía del aislamiento. Un mundo femenino, tecnificado y eugenésico que se protege del patriarcado mediante la pureza y la exclusión.

1883 — Albert Robida, El siglo XX
La modernidad saturada. Un futuro ruidoso, hipercomunicado, acelerado hasta el agotamiento nervioso.

1886 — Villiers de L’Isle-Adam, La Eva futura
La mujer sustituida. El deseo masculino fabrica una androide perfecta para evitar la imprevisibilidad del cuerpo femenino.

1887 — W. H. Hudson, La era de cristal
La paz congelada. Una sociedad exclusivamente femenina que logra la armonía suprimiendo la pasión y la individualidad.

1888 — Edward Bellamy, El año 2000
El estado-cuartel. Una utopía planificada hasta el último detalle que anticipa el control burocrático total bajo apariencia de bienestar.

1889 — Elizabeth Corbett, New Amazonia
La emancipación disciplinaria. Un estado femenino estricto, eugenésico y autoritario como respuesta desesperada al patriarcado.

1889 — John Ames Mitchell, El último americano
La arqueología del fracaso. Un futuro donde la civilización occidental aparece como un fósil nervioso, víctima de su propio materialismo.

1890 — William Morris, Noticias de ninguna parte
El refugio pastoral. Una utopía artesanal que destruye la maquinaria para recuperar un ideal medieval de belleza y comunidad.

1890 — Florence Dixie, Gloriana
La revolución inminente. Una utopía feminista que no espera al futuro: exige transformar el poder aquí y ahora.

1890 — Ignatius Donnelly, La columna de César
El apocalipsis social. La tecnología no organiza: precipita un estallido de violencia y lucha de clases que arrasa la civilización.

1893 — Alice Ilgenfritz Jones y Ella Merchant, Unveiling a Parallel
El laboratorio ético. Dos utopías paralelas que ponen a prueba la mirada masculina del siglo XIX y revelan sus límites morales.

1895 — H. G. Wells, La máquina del tiempo
La entropía del progreso. La humanidad se divide en dos especies degeneradas: los Eloi y los Morlocks, víctimas de su propio sistema.

1905 — Rokeya Sakhawat Hussain, Sultana’s Dream
La ciencia liberadora. Un mundo gobernado por mujeres donde la técnica —energía solar, aviación, ingeniería— sirve para abolir la guerra.

1908 — Jack London, El talón de hierro
La anatomía del fascismo. Una oligarquía aplasta cualquier intento de justicia social con una violencia metódica y moderna.

1909 — E. M. Forster, La máquina se detiene
La prisión digital. Una humanidad aislada, dependiente de una red tecnológica que, al fallar, condena a la especie.

1909 — Alfred Kubin, La otra parte
La utopía en descomposición. Un sueño que se pudre desde dentro, revelando que el orden social es apenas un barniz sobre el caos.

Mirado en conjunto, este tránsito entre 1862 y 1914 no es solo la historia de un género literario, sino el registro de una fractura cultural. Mientras la utopía masculina se desmorona ante el vértigo del progreso, la utopía feminista se aferra a la imaginación como única forma de supervivencia política. Entre ambas tensiones se abre el siglo XX: un mundo que ya no cree en el futuro, pero donde aún hay quienes necesitan inventarlo para poder existir.


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