Mujer, feminismo, ciencia ficción

Encontrar a un autor como John Wiswell, capaz de escribir desde una sensibilidad feminista y queer tan encarnada, es un soplo de aire fresco. Su obra está atravesada por su experiencia de vivir en un cuerpo que el mundo insiste en corregir. Esa vivencia —que él mismo ha explorado en su narrativa breve— le permite subvertir el tropo del monstruo desde dentro.
En Alguien en quien anidar, Wiswell demuestra que la dignidad no nace de la normalidad, sino de la aceptación radical de la propia forma. Y confirma que un hombre puede firmar una obra profundamente feminista cuando su punto de partida es la solidaridad entre todas las identidades que el sistema margina.

John Wiswell

La novela, ganadora del Nebula (2024) y del Locus (2025), se ha convertido en un referente de la cozy fantasy, ese subgénero que privilegia el cuidado frente al conflicto. Pero Wiswell no se limita a reproducir sus códigos: los subvierte al situar el “hogar” en una criatura que, a primera vista, parece incompatible con cualquier idea de ternura.

Shesheshen es un monstruo en toda regla: una masa cambiante de colmillos, huesos, tentáculos y ojos que adopta formas humanas solo para sobrevivir. No es una metáfora amable ni un monstruo “domesticado”; es una entidad radicalmente otra, viscosa, peligrosa, fascinante. Y, sin embargo, Wiswell consigue que su mundo interior —su curiosidad, su vulnerabilidad, su deseo de pertenecer— sea el corazón emocional de la novela.

Ahí reside la genialidad del libro: La sensación de refugio no se construye en una cabaña idílica ni en un pueblo encantador, sino en la intimidad improbable entre una humana y una criatura que desafía cualquier categoría. Wiswell nos susurra que incluso aquello que tememos puede ser hogar, y que la ternura puede brotar de las vísceras.

En la novela, Shesheshen funciona como una metáfora precisa de lo que en los estudios sobre neurodivergencia se conoce como masking. En castellano, este término se traduce a veces como “enmascaramiento”, pero la palabra no alcanza toda su carga: el masking es el esfuerzo constante —y agotador— de ocultar rasgos propios para parecer “normal” y evitar la violencia social. No es un deseo de encajar, sino una estrategia de supervivencia frente a un entorno que castiga la diferencia.

Wiswell captura esta dinámica con una claridad sorprendente. Los “disfraces humanos” de Shesheshen no son un juego ni una fantasía de metamorfosis: son una armadura. Cada gesto, cada postura, cada palabra que imita es un cálculo para no ser detectada, para no ser destruida. Su cuerpo monstruoso —colmillos, huesos, tentáculos, ojos— no es un símbolo de maldad, sino aquello que la sociedad no tolera ver.

Cuando aparece el amor, el disfraz cambia de función. Ya no se trata solo de pasar desapercibida, sino de intentar ser “querible” según los estándares humanos. Wiswell no romantiza este esfuerzo: muestra su desgaste, su tristeza, su violencia interior. El masking afectivo —ese intento de volverse aceptable para quien se desea— es tan corrosivo como el social.

El corazón queer de la novela late precisamente en el momento en que Shesheshen deja de actuar. Cuando se atreve a mostrarse en toda su diferencia, no como metáfora de nada, sino como un ser completo que merece ser amado sin filtros. Ese gesto —quitarse el disfraz, abandonar la performance de la normalidad— es un acto radical de vulnerabilidad y de resistencia. Y es ahí donde Wiswell sitúa la ternura: no en la adaptación, sino en la revelación.

El diálogo entre Alguien en quien anidar y Las mujeres Weyward (ver en este blog) revela un linaje ecofeminista que merece ser explicitado. Si la novela de Emilia Hart mostraba cómo la alianza con insectos, raíces y ciclos naturales funcionaba como un contra-relato al patriarcado, Wiswell lleva esa intuición a un territorio más radical: la posibilidad de un parentesco que desborda lo humano por completo.

Aquí la referencia a Donna Haraway no es un adorno teórico, sino una clave de lectura. En Seguir con el problema, Haraway propone abandonar la fantasía antropocéntrica de que los humanos somos el centro del planeta y abrazar, en su lugar, la idea de “hacer parentesco” con otras especies. No se trata de metáforas, sino de prácticas concretas de convivencia, vulnerabilidad compartida y responsabilidad mutua.

Shesheshen encarna esta propuesta de forma sorprendentemente literal. Su relación con la humana de la que se enamora no reproduce la lógica colonial del monstruo domesticado ni la del humano redentor. No hay jerarquía, no hay conquista, no hay asimilación. Lo que Wiswell imagina es una alianza multiespecie que se parece mucho a lo que Haraway llama “simbiosis situada”: un vínculo que no borra las diferencias, sino que las convierte en la base misma del cuidado.

Desde esta perspectiva, la novela dialoga también con la tradición ecofeminista que, desde los años 70, ha denunciado cómo la dominación de las mujeres y la explotación de la naturaleza comparten raíces estructurales. Autoras como Val Plumwood o Vandana Shiva han insistido en que la supervivencia pasa por reconfigurar nuestras relaciones con lo no humano, no como recurso, sino como compañeras de mundo. Wiswell recoge ese legado y lo reescribe desde la ficción especulativa: Shesheshen no parasita, no instrumentaliza, no se impone. Anida para cuidar, para sostener, para compartir un territorio afectivo.

En este sentido, la novela no solo dialoga con Haraway: la encarna. Su propuesta narrativa es una práctica de imaginación política que nos invita a pensar alianzas queer, monstruosas y multiespecie como formas de resistencia ante un planeta herido. Donde las Weyward encontraban fuerza en la continuidad con la tierra, Shesheshen propone una simbiosis absoluta, un parentesco que no teme a la diferencia, sino que la celebra.

Leídas juntas, Weyward y Alguien en quien anidar revelan una ecología del afecto: una forma de habitar el mundo donde las otras especies —lo salvaje y lo «monstruoso»— no son amenazas que erradicar o a las que simplemente explotar, sino aliados con los que construir comunidad. Al final, tanto las Weyward como Shesheshen nos enseñan que la verdadera supervivencia no depende de la fuerza, sino de nuestra capacidad para formar alianzas inesperadas. En este planeta que compartimos, la salvación no es un acto individual, sino un nido construido entre especies que se atreven a mirarse sin miedo.


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