Mujer, feminismo, ciencia ficción

El feminismo se ha convertido en parte nuclear de la ficción especulativa contemporánea, tanto en Europa como en el mundo anglosajón. Son muchísimas las obras escritas por autoras feministas que han situado el cuerpo, el género y la violencia patriarcal en el centro de la imaginación distópica. Esta centralidad ha sido ampliamente reconocida por la crítica, como muestra el monográfico “El futuro está aquí: las distopías ya no alertan” (Julio 2025), disponible en feminismo-cienciaficcion.org (https://l1nq.com/J8pF8).

En América Latina, el feminismo también constituye un fundamento clave de la distopía, aunque su forma en que se articula es diferente. La genealogía es clara: el realismo mágico, profundamente anclado en las realidades regionales y en las cosmovisiones locales, había sido reducido por determinadas etiquetas internacionales a una estética de lo maravilloso. En los años 90, el manifiesto de McOndo [[i]] cuestionó esa cristalización y propuso una literatura urbana, hiperconectada y violenta, más cercana a las realidades contemporáneas de la región. Esa transición crítica —del pueblo mágico a la ciudad fracturada— es la base sobre la que se construyen las distopías latinoamericanas. Novelas como Angosta de Héctor Abad Faciolince o El año del desierto de Pedro Mairal heredan el desencanto urbano de McOndo y lo radicalizan en clave distópica.

En este terreno abonado por McOndo, el feminismo se incrusta de manera transversal: no como un subgénero explícito, sino como una corriente persistente que dinamita el género desde dentro, atravesando las narrativas desde la memoria, el cuerpo o la crisis ambiental. Autoras como Samanta Schweblin (Distancia de rescate), Agustina Bazterrica (Cadáver exquisito), Dolores Reyes (Cometierra), Rita Indiana (La mucama de Omicunlé) o Fernanda Trías (Mugre Rosa) han situado la experiencia femenina en el centro de la distopía, mostrando que el colapso no es abstracto ni futuro, sino que se vive ya en los cuerpos y territorios vulnerables.

Temáticas clave que suelen ser abordadas por el feminismo en las distopías latinoamericanas

En la distopía latinoamericana feminista, cuerpo, ecología, memoria y tecnopaganismo se entrelazan como ejes inseparables de una resistencia que es, al mismo tiempo, íntima y colectiva.

1. El cuerpo como territorio político

En la distopía latinoamericana, el cuerpo femenino aparece como el primer territorio colonizado por el colapso. No es un espacio abstracto, sino el lugar donde se inscriben las violencias del patriarcado, del capitalismo y de la crisis ambiental. La narrativa feminista convierte al cuerpo en escenario de control y resistencia, mostrando que la distopía no es una advertencia sino una vivencia cotidiana.

Samanta Schweblin, en Distancia de rescate (2014), sitúa la maternidad en el centro de la angustia: el cuerpo de los hijos se vuelve frágil frente a la contaminación ambiental y la amenaza invisible de los agroquímicos. La maternidad, lejos de ser refugio, se convierte en un campo de batalla biopolítico.

Agustina Bazterrica, en Cadáver exquisito (2017), radicaliza esta lógica: en un mundo caníbal, los cuerpos humanos son mercantilizados como alimento, metáfora brutal de la explotación patriarcal y del capitalismo extremo. La violencia no es simbólica, sino literal, y el cuerpo femenino aparece como mercancía y como resistencia.

Silvia Moreno-García, en La hija del Dr. Moreau (2022), introduce la dimensión científica y tecnológica: el cuerpo femenino es manipulado genéticamente, convertido en objeto de experimentación y control. Aquí la distopía feminista se cruza con la ciencia ficción biopolítica, mostrando cómo la violencia sobre los cuerpos se legitima bajo el discurso del progreso científico.

Difícil de encajar en una cartografía temática es la obra de la argentina Gabriela Cabezón CámaraLas aventuras de la China Iron (2017) es una obra cumbre del feminismo especulativo latinoamericano. La novela ridiculiza y desmonta la figura del «macho» gaucho y el autoritarismo militar, proponiendo formas de organización basadas en el cuidado, el goce y la horizontalidad. Más que una distopía, es el relato de la construcción de una utopía de fuga en medio de un contexto histórico distópico.

El cuerpo como sujeto biopolítico es el tema central de Plaga (2022) de Juliana Javierre. No nos cuenta una catástrofe explosiva, sino una degradación lenta donde los cuerpos empiezan a supurar, a oler y a transformarse, obligando a los habitantes a una vigilancia extrema y a una pérdida de la intimidad. En las ficciones de plagas, históricamente el cuerpo de la mujer ha sido cargado con la responsabilidad de la higiene y el cuidado. Javierre subvierte esto mostrando una protagonista que habita su propio cuerpo en descomposición con una conciencia radical que desafía los mandatos de pureza y perfección estética impuesta a las mujeres.

En todas estas obras, el cuerpo no es solo víctima, sino también lugar de resistencia y reconstrucción: un espacio donde se denuncia y se imagina otra forma de vida.

2. Ecofeminismo y colapso ambiental

La distopía latinoamericana feminista encuentra en la crisis ambiental un espejo de la violencia ejercida sobre los cuerpos. El ecofeminismo se convierte aquí en clave narrativa: la degradación de la tierra y la explotación de los recursos se leen como prolongación de la dominación patriarcal.

Fernanda Trías, en Mugre Rosa (2020), describe una ciudad asfixiada por la contaminación y la enfermedad. La protagonista, encargada de cuidar a un niño enfermo, encarna la carga desproporcionada de a ética del cuidado en contextos de crisis ambiental. La distopía se convierte en relato íntimo de la fragilidad y del peso del cuidado.

Dolores Reyes, en Cometierra (2019), lleva esta lógica más allá: la protagonista devora tierra para encontrar cuerpos desaparecidos, metáfora radical de la conexión entre territorio y memoria. El cuerpo femenino se convierte en mediador entre la violencia social y la tierra, mostrando que la explotación ambiental y la violencia de género son inseparables.

Claudia Aboaf, con su Trilogía del agua (2014–2019), ofrece una de las propuestas más explícitamente ecofeministas de la región. El agua aparece como territorio político y vital, donde la degradación ambiental se cruza con la vulnerabilidad de los cuerpos. La trilogía plantea que la lucha por la supervivencia ecológica es también una lucha feminista, porque la crisis hídrica afecta de manera directa a las mujeres y a las comunidades que sostienen la vida cotidiana.

Tras una explosión nuclear, Liliana Colanzi, en Ustedes brillan en lo oscuro (2022), sigue el rastro del «brillo» asesino del cesio-137 a través de generaciones, mostrando cómo la radiación se integra en la vida cotidiana y el futuro de una comunidad que convive con la muerte invisible.

Existe otra forma de colapso, la del apocalipsis suave. Es lo que explora la brasileña Ana Paula Maia en su novela De cada quinientos un alma (2011) en la que no encontraremos una explosión final, sino una degradación lenta donde la humanidad ha perdido su nombre. El mundo de Maia es descarnadamente masculino y patriarcal, pero esta ausencia de mujeres funciona como una crítica por vía negativa: muestra un universo estéril y violento donde lo femenino ha sido expulsado o reducido a la mínima expresión.

En todas estas obras, la distopía feminista latinoamericana muestra que el colapso ambiental no es un escenario abstracto, sino una violencia concreta que se inscribe en los cuerpos y en los territorios. La defensa de la tierra y la defensa de la vida se funden en una misma narrativa de resistencia.

3. Memoria, duelo y resistencia

En la distopía latinoamericana feminista, la memoria y el duelo se convierten en ejes narrativos fundamentales. Las mujeres aparecen como portadoras de la memoria colectiva frente a dictaduras, desapariciones y traumas sociales. La distopía no solo denuncia el colapso, sino que insiste en recordar lo perdido, resistiendo al olvido impuesto por la violencia política y social.

Una de las autoras fundamentales es la chilena Nona Fernández que introduce un concepto clave: la distopía de la memoria. Para ella, la dictadura chilena es un sistema de ficción especulativa donde la realidad fue hackeada por el Estado. Utilizando la estética de la serie The Twilight Zone, en su La dimensión desconocida (2017) explica un país donde la gente desaparecía en un «agujero negro» burocrático y violento. Pone, en suma, los códigos de la ciencia ficción al servicio de la memoria para narrar el trauma histórico.

Giovanna Rivero, en Tierra fresca de su tumba (2020), construye relatos donde el duelo y la violencia histórica se entrelazan con lo fantástico y lo macabro. Sus personajes femeninos encarnan la persistencia de la memoria en un mundo que se desmorona.

Liliana Colanzi, en Nuestro mundo muerto (2016), mezcla lo ancestral con lo tecnológico, mostrando cómo las cicatrices del pasado se proyectan en futuros distópicos. La memoria aquí no es solo recuerdo, sino también herencia de lo irreal y lo mítico, que se convierte en resistencia frente al presente devastado.

Elisa de Gortari, en Todo lo que amamos y dejamos atrás (2024), aporta una mirada íntima y afectiva: la distopía se construye desde la pérdida personal y el duelo cotidiano, que se convierte en un acto político. Su obra muestra que la resistencia no siempre se articula en grandes gestos colectivos, sino también en la persistencia de los vínculos y en la defensa de lo que se ama frente al colapso, convirtiendo la memoria afectiva en un acto político y una estrategia de supervivencia.

En todas estas autoras, la memoria y el duelo no son solo temas, sino estrategias feministas para enfrentar la distopía: recordar es resistir, y narrar el dolor es impedir que el poder lo borre. La distopía feminista latinoamericana se obstina en mostrar que el futuro no puede construirse sin confrontar las cicatrices del pasado.

4. Tecnopaganismo y cibercultura

La distopía feminista latinoamericana no se limita al cuerpo, la ecología o la memoria: también explora los cruces entre tecnología, religiosidad y poder. En este terreno híbrido, las mujeres aparecen como mediadoras entre lo ancestral y lo moderno, cuestionando tanto el patriarcado como el capitalismo digital. El resultado es un imaginario donde lo sagrado y lo tecnológico se entrelazan, generando nuevas formas de resistencia y de control.

Quizás quien mejor lo haya reflejado ha sido Rita Indiana, en La mucama de Omicunlé (2015), ofreciendo una de las propuestas más singulares: mezcla afrofuturismo, religiosidad caribeña y biopolítica y sitúa el cuerpo femenino como interfaz entre lo divino y lo tecnológico. La protagonista se convierte en canal de fuerzas ancestrales y, al mismo tiempo, en objeto de manipulación científica, mostrando cómo la distopía feminista puede articularse desde la hibridez cultural.

A esta hibridez se suma Mónica Ojeda en Mandíbula (2018), donde explora como las nuevas mitologías digitales los creepypastas de internet (historias de horror nacidas en la red— se transforman en rituales de un culto adolescente oscuro. Aquí la cibercultura no es un espacio de progreso, sino un territorio donde lo femenino construye sus propios mitos de terror para resistir a la asfixia de las instituciones tradicionales.

En este bloque, la distopía feminista latinoamericana revela que el colapso no solo se inscribe en los cuerpos y territorios, sino también en los sistemas de creencias y en las redes tecnológicas. La hibridez entre lo ancestral y lo digital abre un espacio donde las mujeres cuestionan las formas de poder y reinventan las posibilidades de resistencia.

Conclusión

En conclusión, la distopía latinoamericana escrita por mujeres no busca simplemente retratar el desastre, sino habitarlo para encontrar sus fisuras. A través del cuerpo, la ecología, la memoria y el rito, estas autoras demuestran que el colapso es la oportunidad definitiva para desmantelar las lógicas que nos trajeron hasta aquí. No son profecías del fin, sino crónicas de una supervivencia que ya está ocurriendo: una donde el cuidado, el rito y el recuerdo son tecnologías capaces de sostener la vida en el archipiélago de la post catástrofe.

Nota: Portada sobre composición de Luis Carlos Barragán Castro


[i] El término McOndo fue acuñado para hacer juego de palabras con Macondo, la población ficticia que sirve de trasfondo en la novela mágico-realista Cien años de soledad. La palabra McOndo, creada por el escritor chileno Alberto Fuguet, intenta describir al mismo tiempo el ambiente cotidiano en América del Sur, que en vez de mujeres que vuelan o alquimistas legendarios, es mucho más mundano y se ve envuelto cada vez más entre «McDonald’s, Macintoshes y condominios» gracias a la globalización y a la influencia cultural de Estados Unidos.

Se considera comúnmente que 1996 es el año de nacimiento del movimiento como corriente literaria, al publicarse en Santiago de Chile la compilación de historias cortas titulada McOndo editada por Sergio Gómez y Alberto Fuguet. La fiesta de lanzamiento fue precisamente en un restaurante McDonald’s. (Wikipedia)


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