Mujer, feminismo, ciencia ficción

Nota metodológica

Para evitar redundancias y facilitar la lectura, este capítulo se centra en diez obras que funcionan como brújulas conceptuales para entender las distopías latinoamericanas del siglo XXI. La selección se limita deliberadamente a autores varones porque el capítulo 5 está dedicado íntegramente a analizar la revolución estética, política y epistemológica que las autoras han introducido en el género durante las últimas dos décadas. Ambos capítulos deben leerse en diálogo: este ofrece un mapa general de los ejes temáticos del colapso; el siguiente muestra cómo el feminismo los reescribe, los tensiona y los desplaza.

Presentación

La distopía latinoamericana del siglo XXI nace en un continente donde el futuro dejó de ser promesa y pasó a ser amenaza. A diferencia de la tradición anglosajona —que aún imagina grietas de resistencia, fugas posibles o comunidades insurgentes—, la narrativa latinoamericana parte de un diagnóstico más crudo: el colapso no es una hipótesis, sino una experiencia histórica. Las dictaduras, el extractivismo, la desigualdad estructural, la violencia criminal y la precariedad urbana no son escenarios imaginados, sino heridas abiertas que atraviesan la vida cotidiana.

A ello se suma un hecho decisivo: el siglo XXI hereda el ocaso de los grandes proyectos emancipatorios que marcaron la segunda mitad del siglo XX. El sueño de transformación radical —desde el Chile de Allende hasta la revolución sandinista, pasando por las guerrillas dispersas que intentaron cambiarlo todo— se ha convertido en memoria, trauma o desencanto. La utopía ya no funciona como horizonte político, y la literatura lo sabe: en estas obras, la revolución no es derrotada, sino inimaginable. El neoliberalismo, convertido en atmósfera, reorganizó no solo la economía, sino también la imaginación convirtiendo en ley el “There is no alternative”.

Por eso la distopía latinoamericana del siglo XXI es más sombría, más desesperanzada, más consciente de la repetición histórica de la violencia. No ofrece salidas épicas ni victorias morales. La esperanza, cuando aparece, es microscópica: un gesto de cuidado, un vínculo frágil, una ética mínima del cuerpo. No cambia el mundo, pero sostiene la vida en medio de la ruina.

En este contexto, las distopías ya no advierten sobre un futuro que podría torcerse: administran las ruinas del presente. Cada obra ilumina un punto ciego del colapso contemporáneo: la eternidad como privilegio, la soberanía narco, el extractivismo neocolonial, el apartheid climático, la disolución de la cultura, la regresión institucional, la espiritualidad tecnificada, la identidad digital, la ciudad inundada o la mutación biológica como forma de adaptación. Son brújulas que no orientan hacia la salvación, sino hacia la comprensión del desorden.

Este capítulo propone, por tanto, una selección deliberadamente acotada: diez obras que condensan los grandes ejes del siglo XXI y que deben leerse en diálogo con el Capítulo 5, donde el feminismo reescribe, desplaza y complejiza estas mismas coordenadas. Juntos, ambos capítulos ofrecen un mapa para entender cómo la imaginación distópica latinoamericana piensa —y padece— el colapso contemporáneo.


Bloque 1: cuando se derrumba la ciudad y la civilización. La distopía latinoamericana del siglo XXI comienza allí donde la civilización se desmorona. Antes de imaginar nuevas formas de poder o mutaciones del cuerpo, estas narrativas exploran el grado cero del mundo: territorios devastados, ciudades fracturadas, instituciones que se deshacen y comunidades que apenas sobreviven. Este primer bloque reúne obras que piensan el colapso en su dimensión más material: la desaparición de la cultura, la regresión histórica, la violencia estructural inscrita en el espacio urbano. Aquí, la distopía no proyecta futuros: administra ruinas.

1. Rafael Pinedo – Trilogía del desastre Plop, Subte, Frío (2002–2006, Argentina)

La Trilogía del desastre de Rafael Pinedo —Plop, Subte y Frío— imagina un mundo posterior al colapso total, donde la cultura, la memoria y la organización social han sido reducidas a su mínima expresión. En Plop, la vida se sostiene en un barro perpetuo donde el poder se ejerce mediante tabúes y violencia ritual. Subte desciende a un inframundo de túneles y supersticiones, mientras que Frío explora la supervivencia en un paisaje helado donde la comunidad es apenas un espejismo. En las tres novelas, el lenguaje es austero, casi mineral, como si la propia narración hubiera sido erosionada por la catástrofe.

En el mapa del siglo XXI, la trilogía de Pinedo es la brújula que señala el eje del colapso postcivilizatorio: un territorio donde ya no existe Estado, ni historia, ni proyecto colectivo. Su visión extrema revela que, en América Latina, la distopía puede imaginar no solo el derrumbe del orden, sino la desaparición misma de lo que define ser humano.

2. Héctor Abad Faciolince – Angosta (2003, Colombia)

En Angosta, Abad Faciolince imagina una ciudad dividida en tres franjas verticales —Alta, Media y Baja— separadas por muros climáticos, controles biométricos y castas genéticas. La segregación no es solo espacial: es ontológica. Cada franja determina la temperatura, la seguridad, la esperanza de vida y el valor de los cuerpos. La novela despliega un sistema de apartheid urbano donde la violencia es estructural y la movilidad social, imposible. En este paisaje de desigualdad extrema, la resistencia no logra articularse: apenas sobrevive como gesto individual, frágil y condenado.

En el mapa del siglo XXI, Angosta es la brújula que señala el eje del apartheid urbano, climático y social: un modelo de ciudad donde la arquitectura reproduce la injusticia y donde el colapso no es un evento, sino una forma de organización. La novela revela que, en América Latina, la distopía no necesita imaginar futuros: basta con llevar al límite las fracturas que ya existen.

3. Pedro Mairal – El año del desierto (2005, Argentina)

En El año del desierto, Mairal imagina una Buenos Aires que retrocede en el tiempo a una velocidad imposible: los barrios se desmoronan, las instituciones se disuelven y la ciudad moderna se deshace hasta quedar reducida a un páramo preindustrial. La protagonista, María, atraviesa este proceso de involución histórica como si fuera una testigo desplazada en el tiempo, obligada a sobrevivir en un mundo que pierde, día tras día, sus estructuras más básicas. La “intemperie” —esa fuerza abstracta que devora el orden— funciona como metáfora del derrumbe institucional y del desamparo social que atraviesa la región.

En el mapa del siglo XXI, El año del desierto es la brújula que señala el eje del colapso institucional: un recordatorio de que la modernidad latinoamericana nunca estuvo garantizada y que su descomposición puede ser tan rápida como su construcción. La novela muestra que el colapso no siempre llega como explosión, sino como un lento deshilacharse del tejido social.

> Interludio: La ciudadmonstruo como aleph distópico del siglo XXI

Leída en diálogo con El año del desierto, Angosta revela un motivo central de la distopía latinoamericana del siglo XXI: la ciudad‑monstruo, ese organismo desbordado que concentra todas las violencias del neoliberalismo contemporáneo. Ambas novelas imaginan urbes que ya no funcionan como espacios de ciudadanía, sino como máquinas de exclusión. En Angosta, la ciudad se organiza verticalmente en castas climáticas y genéticas; en El año del desierto, la urbe retrocede en el tiempo hasta deshacerse en un páramo premoderno. Una disecciona la segregación como arquitectura del poder; la otra muestra la fragilidad extrema de las instituciones que sostenían la vida urbana.

En este espejo doble, la ciudad aparece como un aleph distópico: un punto donde convergen la desigualdad estructural, la privatización del espacio público, la precarización de la vida, la captura mafiosa del urbanismo y la erosión del Estado. La ciudad latinoamericana del siglo XXI no es un escenario: es un sujeto político, un monstruo que devora a quienes no pueden pagar su protección. La distopía urbana deja así de advertir sobre un futuro posible y se convierte en un diagnóstico del presente, una lectura crítica de cómo el urbanismo neoliberal ha convertido el territorio en un dispositivo de control y expulsión. En este sentido, Angosta y El año del desierto dialogan como dos variaciones de un mismo miedo: que la ciudad, lejos de ser el espacio de la modernidad, sea el lugar donde la modernidad se derrumba.


Bloque 2: Nuevos sistemas de privatización del poder. Cuando la ciudad se fragmenta y las instituciones colapsan, el poder no desaparece: muta. En amplias zonas de América Latina, la retirada o corrupción del Estado abre espacio a soberanías alternativas que reorganizan la vida cotidiana desde la violencia, el mercado o la ocupación territorial. Este bloque reúne obras que imaginan esos regímenes emergentes: cortes narco, enclaves extractivistas, burocracias del agua. Son distopías donde el colapso no destruye el orden, sino que lo privatiza.

4. Yuri Herrera – Trabajos del reino (2004, México)

En Trabajos del reino, Herrera convierte al narco en una forma de soberanía absoluta. El “Rey” no es un criminal, sino un monarca que organiza su corte con músicos, sicarios y servidores que orbitan alrededor de su poder carismático. La novela muestra cómo, allí donde el Estado se retira o se corrompe, surge un orden feudal sostenido por la violencia, la lealtad y la estética del corrido. Con una prosa afilada y minimalista, Herrera revela que el narco no es solo economía ilegal, sino régimen político: un sistema de afectos, símbolos y obediencias que captura cuerpos y voluntades.

En el mapa del siglo XXI, Trabajos del reino es la brújula que señala el eje de la soberanía narco: un modelo de poder que sustituye al Estado y redefine la vida cotidiana en amplias zonas de América Latina. La distopía aquí no imagina un futuro, sino que describe un presente donde la autoridad se privatiza y la violencia se vuelve forma de gobierno.

5. Edmundo Paz Soldán – Iris (2014, Bolivia)

En Iris, Paz Soldán construye una distopía de extractivismo salvaje donde la guerra, la minería tóxica y la ocupación militar forman un ecosistema inseparable. La isla de Iris —territorio colonizado, explotado y devastado— funciona como laboratorio de mutaciones biológicas, adicciones químicas y lenguajes fracturados. La novela despliega una “neolengua” propia, hecha de jerga militar, tecnociencia y misticismo, que revela cómo el poder penetra incluso en la percepción y en el cuerpo. En este paisaje alucinógeno, los soldados son desechables, los dioses son máquinas y la violencia es un estado permanente.

En el mapa del siglo XXI, Iris es la brújula que señala el eje del extractivismo bélico-colonial: un modelo donde la explotación de recursos y de cuerpos se vuelve indistinguible. La novela muestra que, en América Latina, el colapso no es un accidente futuro, sino la consecuencia lógica de un sistema que convierte territorios y vidas en materia prima.

6. Juan Álvarez – Aún el agua (2016, Colombia)

En Aún el agua, Juan Álvarez imagina un futuro donde la escasez hídrica se convierte en el eje absoluto de la vida social. El agua —antes paisaje, recurso, metáfora— se transforma en moneda, frontera y dispositivo de control. La novela sigue a una comunidad que sobrevive en un territorio devastado por la sequía, donde cada gota es vigilada, contabilizada y disputada. En este mundo de sed estructural, la violencia no proviene solo de la naturaleza, sino de las instituciones que administran el acceso al agua como si fuera un privilegio político. La supervivencia se vuelve una negociación constante entre cuerpos deshidratados, burocracias opacas y mercados clandestinos.

En el mapa del siglo XXI, Aún el agua es la brújula que señala el eje de la hidropolítica del colapso: un futuro donde el colapso climático se expresa en la gestión desigual del agua y donde la escasez se convierte en herramienta de dominación. La novela revela que, en América Latina, la crisis ambiental no es un horizonte lejano, sino un presente que reconfigura territorios, subjetividades y formas de poder.


Bloque 3: La mutación de la especie. Más allá de las ciudades y de los poderes, la distopía latinoamericana también imagina el colapso como una transformación biológica. Cuando el mundo se vuelve tóxico, inestable o inhabitable, la supervivencia ya no depende de instituciones ni tecnologías, sino de la capacidad del cuerpo para mutar. Este bloque aborda futuros donde la humanidad se reconfigura para adaptarse a un planeta hostil, y donde la identidad deja de ser esencia para convertirse en proceso.

7. Luis Negrón Nieva – La infancia del mundo (2019, México)

En La infancia del mundo, Nieva imagina un futuro donde la humanidad ha sido forzada a mutar para sobrevivir a un planeta devastado. Los cuerpos ya no son estables ni reconocibles: se adaptan, se deforman, se reconfiguran para soportar toxinas, radiación, sequías y atmósferas alteradas. La novela despliega un paisaje biológico inquietante, donde la frontera entre humano, animal y máquina se vuelve porosa, y donde la identidad es un proceso más que una esencia. No hay nostalgia por lo perdido ni promesa de retorno: la mutación es la única forma de vida posible.

En el mapa del siglo XXI, La infancia del mundo es la brújula que señala el eje de la mutación biológica forzada: un futuro donde la supervivencia ya no depende de instituciones o tecnologías, sino de la capacidad del cuerpo para transformarse. La novela revela que, en América Latina, la distopía no imagina la evolución como progreso, sino como síntoma de un mundo tóxico que obliga a reinventar lo humano desde la precariedad y la intemperie.


Bloque 4: El colapso de la condición humana. En el tramo final del mapa, la distopía desplaza su foco del cuerpo a la conciencia. Si el mundo colapsa, también lo hace la subjetividad. Las obras de este bloque exploran cómo la tecnología, la espiritualidad y el capitalismo reconfiguran lo humano en sus dimensiones más íntimas: memoria, identidad, deseo, tiempo. Aquí, la distopía imagina futuros donde la conciencia migra, los cuerpos se intercambian y la inmortalidad se convierte en mercancía. No es el mundo lo que se derrumba: es la condición humana.

8. Jorge Baradit – Ygdrasil (2005, Chile)

En Ygdrasil, Baradit imagina un futuro donde la tecnología, la espiritualidad y la violencia se fusionan en un ecosistema alucinatorio. La protagonista, Mariana, navega un mundo de redes neuronales, biotecnologías chamánicas y corporaciones que manipulan cuerpos y conciencias como si fueran materia programable. La novela despliega un cyberpunk mestizo, profundamente latinoamericano, donde la frontera entre lo humano y lo maquínico se diluye en rituales, posesiones y mutaciones. Aquí la tecnología no libera: posee, devora, absorbe. Y la espiritualidad no salva: se convierte en interfaz de control.

En el mapa del siglo XXI, Ygdrasil es la brújula que señala el eje del tecnopaganismo distópico: un futuro donde la hiperconectividad y la biotecnología no producen emancipación, sino nuevas formas de dominación espiritual y corporal. La novela revela que, en América Latina, incluso la imaginación tecnológica está atravesada por la violencia histórica y por la persistencia de cosmologías que sobreviven en los márgenes del capitalismo global.

9. Martín Felipe Castagnet – Los cuerpos del verano (2012, Argentina)

En Los cuerpos del verano, Castagnet imagina un mundo donde las conciencias pueden migrar entre cuerpos como si fueran archivos digitales. El protagonista, que ha pasado décadas flotando en la red, regresa a la vida encarnado en un cuerpo prestado, frágil y ajeno. La novela explora la dislocación entre identidad y materialidad, entre memoria y carne, entre deseo y soporte biológico. En este universo, los cuerpos se vuelven bienes intercambiables, objetos de consumo, extensiones temporales de una subjetividad que ya no depende de la biología sino de la conectividad. La muerte, como en Sinfín, deja de ser un límite ontológico para convertirse en un problema técnico.

En el mapa del siglo XXI, Los cuerpos del verano es la brújula que señala el eje de la identidad digital encarnada: un futuro donde la subjetividad se desmaterializa, pero sigue necesitando cuerpos para existir en el mundo. La novela revela que, en América Latina, incluso las fantasías de inmortalidad y transferencia de conciencia están atravesadas por desigualdades: no todos los cuerpos valen lo mismo, no todas las vidas pueden migrar, no todas las conciencias encuentran un lugar donde alojarse.

10. Martín Caparrós – Sinfín (2020, Argentina)

En Sinfín, Caparrós imagina un 2070 donde la muerte se ha convertido en un privilegio opcional para quienes pueden pagarla. La inmortalidad, administrada por corporaciones globales, funciona como el producto de lujo definitivo: una mercancía que prolonga la vida pero vacía la experiencia. En este mundo de cuerpos reciclables y conciencias transferibles, la desigualdad ya no se mide en riqueza, sino en tiempo. Caparrós despliega así una distopía transhumanista que revela la lógica extrema del capitalismo tardío: la vida como propiedad privada y la eternidad como forma de exclusión.

En el mapa del siglo XXI, Sinfín es la brújula que señala el eje del biocapitalismo de la inmortalidad: un futuro donde la tecnología no emancipa, sino que amplifica las asimetrías del presente. La novela muestra que, en América Latina, incluso la inmortalidad reproduce la desigualdad estructural.


Párrafo final

En conjunto, estas diez brújulas dibujan un mapa del colapso latinoamericano en el siglo XXI: un territorio donde la distopía ya no funciona como advertencia, sino como lectura crítica del presente. Cada obra ilumina un pliegue distinto de la ruina —la ciudad que se fractura, el Estado que se disuelve, las soberanías que se privatizan, los cuerpos que mutan, las identidades que se desmaterializan— y, al hacerlo, revela que el futuro dejó de ser un horizonte para convertirse en una presión sobre la vida cotidiana. Sin embargo, este mapa está incompleto: falta la revolución estética, política y epistemológica que las autoras han introducido en el género durante las últimas dos décadas. El capítulo siguiente retoma estas mismas coordenadas para mostrar cómo la imaginación feminista no solo reescribe la distopía, sino que la desplaza hacia otros cuerpos, otras violencias y otras formas de resistencia. Solo al leer ambos capítulos en diálogo es posible comprender la complejidad de la distopía latinoamericana contemporánea y su capacidad para pensar —y padecer— el mundo que habitamos.


Lista de autores y autoras latinoamericanas significativas en la narrativa distópica y/o post catástrofe ordenadas por país

Autor/aObra destacadaAñoPaís
Agustina BazterricaCadáver exquisito2017Argentina
Claudia AboafTrilogía del agua2014-2019Argentina
Dolores ReyesCometierra2019Argentina
Gabriela Cabezón CámaraLas aventuras de la China Iron2017Argentina
Germán MaggioriCría terminal2014Argentina
Martin CaparrósSinfín2020Argentina
Martin Felipe CastagnetLos cuerpos del verano2016Argentina
Michel NievaLa infancia del mundo2023Argentina
Pedro MairalEl año del desierto2005Argentina
Rafael PinedoTrilogía del desastre2002-2006Argentina
Samanta SchweblinDistancia de rescate2014Argentina
Edmundo Paz SoldánIris2014Bolivia
Giovanna RiveroTierra fresca de su tumba2020Bolivia
Liliana ColanziUstedes brillan en lo oscuro2022Bolivia
Ana Paula MaiaDe cada quinientos un alma2011Brasil
Jorge LourençoRio 2054: Os filhos da revolução2013Brasil
Francisco RivasEl insoportable paso del tiempo2016Chile
Jorge BaraditYgdrasil2005Chile
Nona FernándezLa dimensión desconocida2017Chile
Hector Abad FaciolinceAngosta2003Colombia
Juan AlvarezAún el agua2019Colombia
Juliana JavierrePlaga2022Colombia
Luis Carlos BarragánEl gusano2018Colombia
Fernando Contreras CastroFragmentos de la tierra prometida2012Costa Rica
Mónica OjedaMandíbula2018Ecuador
Brenda LozanoBrujas2020México
Carlos González MuñizTodo era oscuro bajo el cielo iluminado2014México
David MiklosNo tendrás rostro2013México
Elisa de GortariTodo lo que amamos y dejamos atrás2024México
Emiliano MonjeTejer la oscuridad2020México
Fernanda MelchorTemporada de Huracanes2017México
Silvia Moreno GarcíaLa hija del Dr. Mureau2023México
Yuri HerreraTrabajos del reino2004México
Daniel SalvoEl primer peruano en el espacio2014Perú
Alexis IparraguirrePalo y astilla2015Perú
Rita IndianaLa mucama de Omicunlé2015Rep. Dominicana
Fernanda TríasMugre Rosa2020Uruguay

Foto de portada: sobre pintura de Vicente Hernández


Deja un comentario