A diferencia de las distopías clásicas, la vertiente latinoamericana se enraíza en las grietas regionales que recorren sus venas abiertas —como señaló Galeano—. Sus rasgos distintivos podrían organizarse en los siguientes núcleos temáticos:
1. Totalitarismo y violencia: El control a través de la herida

A diferencia del Gran Hermano orwelliano, el totalitarismo en la distopía latinoamericana no se manifiesta únicamente a través de la vigilancia hipertecnológica o la represión sistémica, sino también mediante la violencia de la desaparición y el silencio. La herida de las dictaduras militares del Cono Sur ha dejado una impronta en todo el continente donde el orden social se sostiene sobre el trauma colectivo y la impunidad. Obras como La dimensión desconocida de Nona Fernández o El año del desierto de Pedro Mairal muestran que el control estatal es una maquinaria que despoja al individuo de su rostro y su historia. Aquí, el totalitarismo es un sistema funcional de la crueldad que utiliza el miedo no para integrar a los ciudadanos, sino para gestionarlos como cuerpos prescindibles.
2. Crisis social y política: La distopía neoliberal

La crisis en estas narrativas no es un accidente, sino el resultado lógico de un capitalismo llevado al paroxismo. La literatura especulativa expone las fracturas de sociedades donde la democracia es una cáscara vacía y el mercado la única ley. En novelas como Sinfín de Martín Caparrós o Los cuerpos del verano de Martín Felipe Castagnet, observamos que incluso la muerte y la eternidad han sido privatizadas. La distopía es aquí un orden social mercantilizado donde la exclusión no es una falla del sistema, sino su principal herramienta de funcionamiento. El ciudadano ya no es un sujeto de derechos, sino un consumidor de una supervivencia precaria.
3. Colapso ambiental: La naturaleza como agente de justicia y muerte

A diferencia de las narrativas globales de ficción climática, donde el entorno suele funcionar como un escenario pasivo, en Latinoamérica la naturaleza emerge como un sujeto reactivo y, a menudo, vengativo. El colapso ambiental no se presenta como un futuro lejano, sino como una ecología de la ruina donde el desecho industrial y el cuerpo humano se funden. Como han señalado investigadoras como Maristella Svampa y Astrid Ulloa, en la región la crisis ecológica es inseparable de la historia del extractivismo y de la desigualdad estructural: el veneno siempre llega primero a los cuerpos de los desposeídos. En obras como Mugre rosa de Fernanda Trías o Distancia de rescate de Samanta Schweblin, el entorno —el viento, el agua, la soja— se transforma en un agente tóxico que reclama el territorio. Siguiendo a Gisela Heffes, estas narrativas articulan una “poética de la preservación” frente a una “política de la destrucción”, mostrando que en Latinoamérica la devastación ambiental es también devastación social: una catástrofe que se filtra en la respiración, en la piel y en la memoria colectiva.
4. Tecnopaganismo y cibercultura: El Cyberpunk de barro y rito

La distopía latinoamericana propone una hibridación única: el tecnopaganismo. Aquí, la alta tecnología (IA, biotecnología, redes neuronales) no borra el mito ancestral, sino que lo habita y lo potencia. No estamos ante el ciberpunk pulcro de neón japonés o anglosajón, sino ante un ciberpunk periférico y sincrético, que no es solo mezcla, sino resistencia a la hegemonía tecnocientífica del Norte Global. En la narrativa de Jorge Baradit (Ygdrasil) o Rita Indiana (La mucama de Omicunlé), los algoritmos dialogan con la santería y los edificios son órganos vivos que requieren sacrificios. Esta cibercultura de reciclaje y misticismo desafía la idea de progreso lineal: el futuro no llega para modernizarnos, sino para otorgar nuevas y aterradoras herramientas a las antiguas fuerzas de la fe y el rito.
5. La ciudad Aleph: La megalópolis como monstruo segregador

Heredera de la tradición borgeana pero despojada de su mística metafísica, la ciudad-Aleph de la distopía contemporánea latinoamericana es un punto donde convergen todas las crisis del capitalismo depredador. Son megalópolis deshumanizadas, laberintos de cemento donde la segregación no es solo social, sino física y climática. En obras como Angosta de Héctor Abad Faciolince o Aún el agua de Juan Álvarez, la ciudad funciona como una máquina de estratificación que separa a los ciudadanos en castas mediante muros, peajes y barreras tecnológicas. La urbe ya no es un refugio, sino un organismo monstruoso que devora la individualidad y normaliza la exclusión estructural
6. Biopolítica y el cuerpo en disputa: La última frontera del despojo

Si el Estado y el mercado han fallado en proveer bienestar, han tenido éxito en convertir al cuerpo en la última frontera del extractivismo. En la distopía regional, el cuerpo no es un templo de identidad, sino una mercancía, un envase intercambiable o un recurso biológico. A través de lo que autores como Martín Felipe Castagnet o Agustina Bazterrica plantean, observamos una biopolítica del desecho: desde la cría de humanos para el consumo cárnico hasta el volcado de conciencias en redes digitales para liberar el espacio físico. El cuerpo es el lugar de la mutación, el contagio y la explotación total; una ‘cría terminal’ que sobrevive en los márgenes de un sistema que lo ha despojado de su condición humana.
7. Narco-distopía: El Capitalismo Gore como orden social

En regiones donde el Estado ha sido asimilado por economías ilícitas, surge la narco-distopía. Aquí se aplica el concepto de Capitalismo Gore de Sayak Valencia: la violencia se transforma en la principal herramienta de acumulación y en el lenguaje que organiza la sociedad [[i]]. En Trabajos del reino de Yuri Herrera o en Temporada de Huracanes de Fernanda Melchor, el poder criminal construye un Estado paralelo con sus propios rituales, ejércitos y legitimidad. No es un escenario de anarquía, sino de un orden perverso y funcional donde la muerte es el producto más rentable y el miedo es la infraestructura que sostiene la vida cotidiana.
[i] Sayak Valencia, Capitalismo Gore, Melusina, 2010.
8. Colonialismo: La persistencia del despojo y el extractivismo depredador

La narrativa especulativa de la región no olvida su origen: la persistencia de estructuras coloniales que ahora se manifiestan como dependencia tecnológica y extractivismo depredador. El futuro es algo que siempre se diseña en el ‘Norte Global’, mientras que al Sur solo llegan sus desechos, sus virus o sus experimentos biológicos. Autores como Daniel Salvo (El primer peruano en el espacio) o Edmundo Paz Soldán (Iris) denuncian cómo la historia de explotación se prolonga en el futuro: la conquista del espacio o la minería de otros mundos no es más que una extensión de la ‘herida abierta’ de América Latina. La distopía es aquí un recordatorio de que, sin soberanía tecnológica y cultural, el futuro será solo una nueva forma de colonia.
