Mujer, feminismo, ciencia ficción

Hoy os traigo una pequeña, pero preciosa novela de Meg Rosoff. Trata de una adolescente neoyorquina —Daisy— marcada por la incomodidad familiar: un padre distante, una madrastra hostil y un trastorno alimentario que la hace sentirse fuera de lugar. Su traslado a Inglaterra para vivir con sus primos parece abrirle un horizonte distinto. En el campo inglés encuentra un espacio de libertad, de descubrimiento personal y de afectos genuinos, un mundo que contrasta con la rigidez y el desarraigo de su vida anterior.

Ese verano se convierte en un tiempo de iniciación: Daisy se integra en la vida rural, establece lazos profundos con sus primos Piper y Edmond, y experimenta por primera vez un amor que la transforma. La narración se construye en primera persona, íntima y subjetiva, como si Daisy confesara directamente sus pensamientos y emociones a quien la lee.

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No podemos hablar en sentido propio de una novela de ciencia ficción tradicional, pero algunos detalles nos muestran matices especulativos. Por ejemplo, la relación entre Daisy y Edmond gracias a la extraña conexión que se sugiere entre ellos. Rosoff evita la fantasía explícita. En lugar de telepatía o poderes mágicos, la conexión se manifiesta a través de una profunda e inexplicable sintonía intuitiva. Daisy menciona que Edmond parece ser capaz de leerle la mente o comprender sus pensamientos y sentimientos sin necesidad de palabras. No se explica ni se racionaliza, pero intensifica la intimidad y funciona como metáfora de un vínculo inexplicable, capaz de trascender las palabras. En medio del caos, esa comunicación silenciosa se convierte en refugio y en recordatorio de que el amor puede ser misterioso y absoluto.

Sin embargo, la paz se rompe abruptamente con la irrupción de una guerra inexplicada, sin rostro, sin narración oficial y sin sentido aparente, que convierte la vida cotidiana en una lucha por la supervivencia. Este es el otro matiz especulativo de la novela: La guerra nunca se define ni se explica. No sabemos qué país invade Inglaterra ni quiénes son “los otros”. A veces parecen partisanos, otras fuerzas clandestinas, pero nunca un ejército regular.

Esta ambigüedad convierte la experiencia bélica en uno de los aspectos más destacados y desconcertantes de la novela. Inglaterra es invadida y ocupada, pero Rosoff nunca especifica quién es el agresor ni por qué está ocurriendo la guerra. Se mencionan «bombas» en Londres y cortes de energía, pero el conflicto real se mantiene en el ámbito rural como un rumor lejano, filtrado a través de radios y chismes de pueblo.

Se trata más de un estado de excepción que de un conflicto geopolítico: Rosoff desplaza el foco de la geopolítica a la experiencia universal de la guerra sobre las vidas individuales, y obliga al lector o lectora a vivir la misma confusión que Daisy. La novela trata sobre la pérdida de la inocencia, la supervivencia y la resiliencia, no sobre la victoria militar. La falta de un enemigo claro hace que el horror de la guerra sea más abstracto y omnipresente, un caos sin sentido que irrumpe en la vida de personas inocentes.

La novela no ofrece una resolución política ni un «final feliz» convencional donde la paz se restaura y los agresores son derrotados. La guerra simplemente se atenúa o cambia de fase. La guerra termina para Daisy, Edmond y Piper, cuando logran reunirse y formar su propia unidad familiar, pero el mundo exterior sigue siendo un lugar dañado e incierto. Rosoff sugiere que la vida continúa a pesar del caos, pero la inocencia se ha perdido para siempre. La confusión entre «los otros» y «nosotros» persiste como una herida, y la vuelta a una supuesta normalidad se siente frágil y teñida por el trauma vivido.

La novela de Rosoff dialoga con otras sagas juveniles distópicas, pero se aparta de sus convenciones. En Los juegos del hambre de Suzanne Collins, el enemigo es un sistema totalitario claramente identificado y la trama se construye en clave épica y combativa. En La quinta ola de Rick Yancey, la invasión alienígena se describe con fases definidas y un tono de suspense y acción. En El corredor del laberinto de James Dashner, los adolescentes son sometidos a un experimento científico en un entorno cerrado, con misterio y acción grupal como motores narrativos.

Rosoff, en cambio, opta por la ambigüedad y la intimidad. Su guerra carece de rostro y explicación, lo que convierte la experiencia en una alegoría universal de la violencia. El elemento telepático refuerza la dimensión especulativa, pero no como recurso de acción, sino como símbolo de conexión afectiva. El tono es subjetivo y atmosférico, más cercano a la literatura de lo ominoso que a la distopía comercial.

Mi vida ahora es una distopía íntima y atmosférica que se distingue por su apuesta por la ambigüedad y la subjetividad, y que ofrece un contrapunto filosófico y emocional frente a las sagas juveniles más conocidas.

Rosoff no busca respuestas ni épicas combativas, sino transmitir la experiencia íntima de crecer en medio del caos. Es una novela breve, intensa y atmosférica que, más allá de etiquetas, invita a pensar en cómo la guerra y el amor transforman la mirada adolescente. Es una novela breve que se lee de un tirón, pero deja una huella duradera.

En cuanto a los aspectos directamente feministas, tendría que decir que más que militante, en Mi vida ahora hay un feminismo implícito: se manifiesta en la libertad que la autora da a su protagonista para ser imperfecta, para desear, para sobrevivir y para definir su propia normalidad en un mundo roto, sin estar limitada por las expectativas patriarcales tradicionales sobre cómo debe comportarse una «heroína» o una «mujer».

Meg Rosoff nació en Boston en 1956, pero vive en Londres desde hace más de veinte años. Estudió en Harvard y en la Saint Martin’s School of Art de Londres, y trabajó durante años en publicidad antes de dedicarse a la literatura.

Rosoff, dice la solapa de la novela, “huye de las sagas basadas en temas de moda, busca escenarios contemporáneos o cercanos y propone héroes y heroínas llenas de dudas, casi siempre adolescentes, con voces inquisitivas y honestas”.

Su debut fue precisamente Mi vida ahora en 2004, obra que le valió premios como el Guardian Children’s Fiction Prize y el Michael L. Printz Award. Posteriormente publicó títulos como Just in Case (2006, Medalla Carnegie), What I Was (2007), There Is No Dog (2011), Picture Me Gone (2013), Jonathan Unleashed (2016) y The Great Godden (2020). En 2016 recibió el prestigioso Astrid Lindgren Memorial Award. Es miembro de la Royal Society of Literature. Su obra se caracteriza por explorar la adolescencia desde un ángulo existencial y especulativo, con un estilo íntimo y subjetivo.

Un apunte final: Mi vida ahora ha sido llevada al cine por Kevin Macdonald.


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