❶ El fin del mundo en cómodos plazos
Y de repente todo cambió. Un enorme cataclismo que combinó incendios incontrolables, corte repentino de la electricidad y cambios drásticos y súbitos de las temperaturas transformó la Tierra en un planeta inhabitable. Solo un grupo reducido de personas logró sobrevivir a este apocalipsis, y ahora se esfuerzan por reconstruir la civilización, entre la falta de recursos, el caos y la violencia. Este escenario suele ser el eje narrativo de múltiples producciones cinematográficas, series televisivas y novelas sobre cambio climático que advierten sobre posibles futuros catastróficos para la humanidad.
Sin embargo, es poco probable que los acontecimientos se presenten de esa manera. Por el contrario, lo más probable es que el horror del cambio climático se vaya sirviendo en pequeñas dosis, poco a poco, sin que nos percatemos de ello. Jean Hegland lo retrata con precisión en su novela de 1996 «En el corazón del bosque», mencionada anteriormente.

En «En el corazón del bosque» las transformaciones se produjeron de manera paulatina, integrándose gradualmente en la rutina de molestias cotidianas. Los cortes eléctricos, inicialmente esporádicos y breves, no generaron preocupación significativa. No obstante, con el tiempo comenzaron a afectar la planificación de actividades habituales, como el uso de electrodomésticos o la lectura.
Si bien la prolongación de estos cortes no llegaba a inquietar mucho a la mayoría, un día la electricidad dejó de restablecerse. Simultáneamente, se observó la escasez de gasolina y la ausencia de tránsito aéreo. Nadie quería admitirlo ni asumirlo, pero la civilización basada en los combustibles fósiles y el torbellino de consumo se derrumbaba. En realidad, hacía décadas que la Tierra lo gritaba.
Es lo que conocemos como “Apocalipsis suave” —en inglés, «Soft Apocalypse«—. Se trata de la idea de que una sociedad se va deteriorando de forma lenta y gradual, en lugar de hacerlo por una catástrofe repentina y violenta. Se refiere a una decadencia progresiva que apenas es perceptible en el día a día, pero que a largo plazo conduce al colapso de la civilización.
La gente se adapta a esa nueva normalidad progresivamente disruptiva y acepta el declive progresivo, reajustando sus expectativas de vida. Se vive una caída constante del nivel de vida sin que la mayoría de la población la reconozca como el fin del mundo, sino como una serie de problemas manejables. Conforme los sistemas tecnológicos dejan de funcionar, quienes sobreviven priorizan necesidades esenciales —como la alimentación, el resguardo o la convivencia comunitaria— en vez de entregarse a la violencia y provocar el caos.
❷ Origen del término

El concepto fue popularizado por la novela de ciencia ficción «Apocalipsis suave»(2011), del escritor estadounidense Will McIntosh. En ella, el autor narra un colapso económico y energético que ocurre en un período de diez años, a través de la perspectiva de un universitario que se enfrenta a la lenta descomposición de la sociedad.
En el año 2023, Estados Unidos se enfrenta a crisis económica, medioambiental y energética de alcance global. En este contexto, individuos como Jasper, protagonista de esta historia ven imposibilitada su participación productiva en la sociedad, pasando a convertirse en meros vagabundos que se autodenominan «nómadas», que intentan sobrevivir a la espera de que las cosas mejoren.
Aunque la situación empeora, los cambios ocurren de manera tan gradual que terminan pareciendo normales; lo que a los lectores nos resulta inquietante, para los personajes se convierte en parte de su día a día. Jasper ilustra perfectamente esta adaptación: su mayor deseo es tener una pareja estable y compartir la vida con ella, actuando como si nada grave estuviera sucediendo alrededor.
La ambigüedad del título de la novela, que combina una palabra catastrófica («apocalipsis») con un adjetivo tranquilizador («suave»), es lo que popularizó el concepto, convirtiéndolo en una etiqueta útil para pensar narrativas de declive sin explosión. En lugar de meteoritos o pandemias fulminantes, se trata de un deslizamiento lento hacia la precariedad, la deshumanización y la pérdida de sentido colectivo
❸ El apocalipsis suave en la ficción especulativa

La idea de “apocalipsis suave” forma parte del escenario de numerosas narrativas de ciencia ficción, además de las citadas. Estas obras ofrecen diferentes miradas sobre cómo la sociedad afronta el deterioro lento, resaltando la importancia de la resiliencia y la adaptación ante cambios que, aunque no sean abruptos, pueden tener consecuencias fatales.
Es el caso de la novela «Clima» (2020) de Jenny Offill, que explora temas de crisis climática y política a través de una estructura fragmentaria y un tono que mezcla el humor, la ansiedad y la esperanza. Se describe como una novela radicalmente contemporánea que aborda el «apocalipsis suave», el malestar existencial y la culpa climática que sentimos, a pesar de que el mundo «enfermo» del siglo XXI parece acercarse a su fin.
Mucho antes, en «La parábola del sembrador» (1993) de Octavia Butler presenta un retrato escalofriante de una sociedad que se desintegra lentamente en un futuro cercano en California. A medida que el clima cambia, el orden social se desmorona y las comunidades se vuelven peligrosamente aisladas. El libro se centra en la protagonista, una adolescente con hipersensibilidad, que intenta sobrevivir y establecer una nueva filosofía para un mundo roto.
También la «Trilogía de MaddAddam» —compuesta por «Oryx and Crak»e (2003), «El año del diluvio» (2009) y «Maddaddam» (2013)— de Margaret Atwood es una lúcida exploración del “apocalipsis suave”. Margaret Atwood construye en estos tres libros un universo distópico en el que el colapso ecológico y biotecnológico no llega de golpe, sino que se insinúa y avanza poco a poco, hasta convertirse en la nueva normalidad.

Uno de los mayores logros de la trilogía es su capacidad para anticipar problemas actuales —biotecnología sin control, crisis ambiental, desigualdad social— y mostrar cómo los cambios graduales pueden resultar más inquietantes que los cataclismos instantáneos. Atwood no dibuja un apocalipsis explosivo, sino un deslizamiento lento hacia la precariedad y la deshumanización, en el que los personajes se ven obligados a redefinir sus valores y formas de supervivencia, incidiendo en la necesidad de la memoria, el relato y la cooperación para dar sentido a un mundo transformado.
Finalmente, entre otras narrativas especulativas destacadas, podríamos citar «La chica mecánica» (2015), una obra maestra de la ciencia ficción de Paolo Bacigalupi. Ambientada en un futuro post-petróleo dominado por la biotecnología y la ingeniería genética, la historia se desarrolla en Tailandia, un país que lucha contra las inundaciones y la escasez de recursos, y sigue a varios personajes entrelazados, incluida una sirvienta androide llamada Emiko.

La novela es un buen ejemplo del concepto de “apocalipsis suave”: no presenta un derrumbe repentino y explosivo, sino un mundo que ha llegado al colapso a través de una serie de crisis graduales: agotamiento de los recursos naturales, desplome ecológico, crisis energética y dominio de las corporaciones biotecnológicas. Todo esto ocurre de manera progresiva, hasta que la precariedad y la adaptación forzada se convierten en la nueva normalidad para la sociedad.
Bacigalupi pone el foco en la resiliencia, la adaptación y la lucha cotidiana por sobrevivir en un entorno hostil, más que en la violencia o el caos absoluto. En resumen, “La chica mecánica” es un buen ejemplo de ficción especulativa que explora el “apocalipsis suave”: un declive lento y casi imperceptible hacia la precariedad, donde la humanidad sobrevive adaptándose a una realidad cada vez más dura, sin que la mayoría reconozca el momento exacto en que todo cambió.
❹ Conclusiones: resiliencia ante el fin sin estallido
El “apocalipsis suave” no es solo una categoría narrativa: es una hipótesis inquietante sobre el presente. Cada vez más voces advierten que no estamos ante un futuro colapsado, sino ante un presente que se deshilacha sin que lo reconozcamos como tal. Las señales están ahí: la crisis climática que avanza sin pausa, las luchas por el agua cada vez más escasa, la desarticulación social y la sustitución de los hechos por bulos y mentiras, la precarización laboral que normaliza la inestabilidad, la conversión del “otro” en el enemigo y la profunda erosión democrática que convierte lo excepcional en cotidiano. No hay explosión, pero sí desgaste. No hay ruina súbita, pero sí deterioro persistente.
En este contexto, la narrativa especulativa cumple una doble función. Por un lado, nos alerta: nos permite imaginar escenarios de colapso lento y reconocer patrones que, en la vida real, podrían pasar desapercibidos. Pero es posible que, por otro lado, nos adormezca: al convertir el declive en ficción, corremos el riesgo de relegarlo al terreno de la fantasía improbable o lejana. ¿Estamos leyendo sobre el apocalipsis suave como si no lo estuviéramos viviendo?
La ética de la adaptación se vuelve entonces una cuestión central. ¿Hasta qué punto adaptarse es una forma de resistencia, y cuándo se convierte en resignación? Las ficciones que exploran el apocalipsis suave nos muestran personajes que sobreviven sin violencia, que reconstruyen desde lo común, que reinventan formas de cuidado. Pero también nos interpelan: ¿Qué estamos dispuestos a aceptar como “normalidad”? ¿Qué pérdidas asumimos sin duelo? Y sobre todo ¿Qué estamos dispuestos a hacer para enfrentarlo?
La resiliencia, en este marco, no es solo resistencia: es memoria, es relato, es imaginación activa, es cuidado sostenido. Es la capacidad de nombrar el deterioro antes de que se vuelva invisible. Es el gesto de seguir narrando incluso cuando parece que ya no hay historia que contar.
Y entonces, la pregunta final se impone: ¿Qué relatos necesitamos para no dormirnos en medio del derrumbe?
