Mujer, feminismo, ciencia ficción

Ya hemos visto aquí una novela de la norteamericana Sandra Newman: «1984: Julia» en la que recrea la distopía de Orwell desde el punto de vista de la que era su compañera, Julia.

Newman escribe básicamente sobre utopías. Dice en “publishersweekly” que “Sigo intentando escribir sobre utopías y termino escribiendo sobre distopías…Supongo que esto es algo que hacen la mayoría de los soñadores políticos: intentan crear utopías y encuentran todos los problemas que conllevan. Pero sigo siendo tercamente optimista sobre la sociedad y la capacidad humana”.

Sandra Newman

¿Por qué sigue escribiendo novelas utópico/distópicas? “¿La verdadera respuesta? -responde en The Guardian- ¡El mundo contemporáneo me resulta insoportable! Es moralmente inaceptable en todos los sentidos [cita por ejemplo el ascenso del fascismo], así que siempre estoy imaginando utopías… y luego se me ocurren las razones por las que no funcionarían”.

Creo que con esta son ya 5 las entradas dedicadas a la ficción utópico/distópicas que especulan sobre mundos en los que los hombres han desaparecido

Sandra Newman en «Un mundo sin hombres» (2022) da una nueva vuelta a este tema: justo el 26 de agosto a las 7:14 de la mañana, sin saberse porqué todos los hombres desaparecen, dejando un mundo habitado por mujeres y hombres trans.

Son dos presentes posibles, uno donde hay hombres y otro donde repente ya no los hay. Uno real, otro imaginado.

El presente real es duro y al mismo tiempo anodino y lleno de contradicciones. Todas las protagonistas buscan una forma de vivir que no les aturda. Una intenta salvarse de las consecuencias penales de una relación tóxica en la que el cebo es la sexualidad puesta al servicio del otro, con la consecuencia del castigo penal y social. Buscar una apariencia de felicidad formando una familia normalizada, con resultado de insatisfacción y culpa. Buscar la individualidad partiendo de vivir en una especie de comuna para encontrarse con la violencia aliada entre el racismo y la violencia policial. Una joven con la mente enloquecida por una vida familiar de abusos que intenta provocar que pase algo extraordinario, una catástrofe, para poder salir de su infierno.

Todas intentan salir de ese bucle, cada una a su manera; van desfilando todo tipo de relaciones, amores, formas de vida y existencias que necesitan una ruptura radical.

Y a las 7,14 del 26 de agosto, todo cambia. Los hombres desaparecen, pero el mundo sigue funcionado sin ellos. Sorprende (o tal vez no), la relativa normalidad con la que se asume la repentina desaparición de los hombres tanto en lo afectivo como en lo material. Es verdad que durante un tiempo buscan a sus maridos y a sus hijos, amantes, amigos o compañeros, pero la vida sigue sin ellos.  Es cierto que se producen accidentes, carencias, desabastecimientos o limitaciones, en todos aquellos aspectos en los que son los hombres los que manejan. Pero, no obstante, se pone de relieve ese adaptarse a lo que hay, tan frecuente en las mujeres que gestionan las penurias y los desastres de la guerra.

La vida sin hombres es otra vida. Para muchas mujeres supone una liberación concreta, una salida del infierno, para otras tantas implica simplemente una molestia menos, pero, en cualquier caso, no aparece como una panacea frente a la soledad o la responsabilidad sobre los propios actos porque surgen problemas diferentes que requieren respuestas diferentes. En este sentido me parece que con esto da una especie de respuesta a la cuestión de la posible misoginia de la novela, de si una utopía de un mundo sin hombres funciona precisamente “porque” ellos no estaban o “pese” a que ellos no estaban.

Es notable la ausencia de algaradas y enfrentamientos violentos más allá de episodios concretos y limitados. En una entrevista en The Guardian ella dice que “una vez que empiezas a escribir un libro así, notas detalles curiosos, como que todo aquel que causa molestias por ruido es un hombre. Es algo que nunca antes había notado. Es una queja insignificante, pero constante. En Nueva York, hay una plaga de gente que anda en bicicleta eléctrica por la acera, ¡y todos son hombres!”.

Ha habido críticas de esencialismo de género y transfobia en esta obra; en el escenario de Newman, la desaparición de cualquier persona con un cromosoma Y significa que las mujeres trans, intersexuales y no binarias serán barridas. Ella niega en redondo que sea una esencialista de género. Simplemente como autora escogió un criterio para la desaparición de las personas: que tuvieran cromosoma Y.

Pronto en ese mundo alternativo sin hombres, un video viral atraviesa la vida individual y colectiva: “los hombres”

Los videos solo contienen hombres descarnados, sin reacciones particulares, sobre fondos planos, sus movimientos están uniformados, son como los movimientos de las marionetas. Hay animales monstruosos, pero no necesariamente amenazantes. Son imágenes que tienen la misma lógica de un mal sueño, de una pesadilla o el relato que nos imaginaríamos como una mente enferma. Son una extraña forma de vida en algún no lugar.

Al principio cada mujer los mira individualmente a ver si reconoce al hombre que le falta o a algún conocido. Mas adelante se forman grupos y turnos de visionado de los videos para optimizar la información que se pudiera obtener.

Mas adelante los videos van cambiando, los hombres forman círculos en torno a niños a los que van destrozando sistemáticamente de manera mecánica, sin emoción alguna.

Y si pudiera volver a mi presente anterior tal como lo dejé, ¿Qué es lo que elegiría? Yo creo que la autora nos plantea que en realidad son las mujeres (espero que también los hombres) quienes tienen que cambiar el mundo para vivir en él, que no hay atajos para cambiar de vida como si nos bajáramos de un autobús para subir a otro. Que otro mundo es posible, pero tenemos que asumir su construcción. Que otra forma de vivir es posible, pero nada ni nadie nos va a evitar las propias contradicciones.


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